¿Homenaje de Bellas Artes a Cristina Ortega?

Cristina Ortega es, sin posibilidad de discusión, una de las más importantes figuras del teatro lírico y de la ópera en la segunda mitad del siglo XX mexicano. En los años venideros, cuando algún historiador o investigador se refiera a esta etapa de nuestro quehacer operístico tendrá necesariamente que citarla y referirse a su impronta.

Su carrera como cantante está registrada en Bellas Artes, desde luego; pero también en todos los otros más importantes teatros del país como los de Guadalajara, Monterrey (en donde debutó en 1957 en la compañía de Pepita Embil, madre de Placido Domingo); Guanajuato, Mérida, Querétaro, en fin…

Empero, con todo su prestigio a cuestas, la Ortega no se limitó a su brillante carrera como intérprete, sino que se dedicó a auténticamente impulsar el teatro lírico por toda la nación para lo cual formó su propia compañía y con ella, a la usanza de los antiguos cómicos de la legua, se dedicó a recorrer el país con producciones realmente dignas y con elencos en los que participaban las principales figuras nacionales de su tiempo y, cuando se dejaban, alguna que otra extranjera.

Las giras de la Compañía Lírica de Cristina Ortega incluían tres géneros: ópera, opereta y zarzuela, cosa que no ha hecho ninguna otra compañía que recuerde, sea oficial o privada. Así, en una estancia de dos o tres días en cualquier plaza, esta compañía realizaba jornadas matadoras para sus artistas –la propia Cristina en primer lugar–, pero de gran atractivo para el público ya que, por ejemplo, en un día podía ver una función de ópera y otra de zarzuela y al día siguiente, una de opereta y otra zarzuelera u operística. Los sábados y domingos podían verse hasta las tres variedades a partir del medio día y hasta la noche. Esto, por supuesto, dejaba exhaustos a los artistas; pero feliz a la gente de la localidad.

Estas maratónicas jornadas las realizaba –igualmente cuando se dejaban– también en nuestra ciudad, y teatros en principio destinados a otros menesteres como el Insurgentes o el Hidalgo (hoy merecidamente Hidalgo-Ignacio Retes) vieron sobre sus tablas Traviatas, Luisas Fernandas, Viudas alegres y muchos otros títulos. La última de estas temporadas, si la memoria no me falla, la realizó Cristina en el hermoso y de prosapia Teatro de la Ciudad. Ya sólo eso, el haber mantenido vivos géneros como la zarzuela y la opereta merecerían (merecen) el total reconocimiento y hasta agradecimiento de las autoridades; pero no se quedó tampoco allí doña Cristina, sino que generosamente se dedicó a enseñar a las nuevas generaciones, y en su Compañía debutaron jóvenes valores como los hoy reconocidos Jorge Lagunes hijo, y Alfredo Portilla con cuyos respectivos padres, Jorge Lagunes y David Portilla, doña Cristina compartió laureles en funciones memorables.

Pues bien, afortunadamente viva y plena, la maestra Cristina Ortega cumple dentro de un par de meses, exactamente el 7 de junio, 50 años de su debut en Bellas Artes, lo cual ocurrió ese día de 1964, y nada menos que con el nada fácil personaje de Violeta de La Traviata, papel del que, a través de los años, hizo una verdadera creación.

Estos 50 años, ahora que se cumplen los ochenta de la inauguración de Bellas Artes, son la oportunidad ideal para rendir el homenaje oficial que la maestra tiene más que merecido. Sé que el presidente del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, y la directora general del INBA, María Cristina García Cepeda, manifestaron simpatía por esa posibilidad. Lo único que resta ahora es que deje de ser posibilidad y se convierta en realidad.

Estoy seguro que esto se logrará con los buenos oficios de ambos funcionarios.