El domingo 20, a los 84 años, murió en la Ciudad de México el escritor tapatío Emmanuel Carballo, quien al lado del también jalisciense José Luis Martínez puede ser considerado el estudioso más importante de la literatura mexicana del siglo XX. Y ello porque fue muchas cosas a la vez: interlocutor privilegiado de las principales generaciones literarias de ese siglo, el erudito que con nuevos ojos pasó revista a nuestros hombres y mujeres de letras del XIX; el editor que promovió a varios de los autores más connotados de los sesenta y los setenta; el profesor que ejerció un provechoso magisterio dentro y fuera del territorio mexicano; el periodista cultural que no se anduvo por las ramas; el memorialista que, como Pablo Neruda y José Vasconcelos, confesó que había vivido, y entre otras cosas, uno de los críticos más dotados y certeros no sólo de nuestra literatura, sino de la vida nacional.
En su Guadalajara nativa hizo sus primeras armas literarias. Aquí publicó poesía, cuento y ensayo; se dedicó a la enseñanza e hizo investigación literaria; editó entre 1949 y 1953 ariel, una revista literaria que no se resignó a ser una publicación aldeana, de esas que tratan de hacer virtud de la necesidad. Hecha por un grupo de veinteañeros, encabezados por Carballo, ariel promovió una autoría local, pero supo ampliar su horizonte con autores jóvenes y consagrados de distintas regiones del país y aun del extranjero. En sus páginas aparecieron lo mismo los escritores jovencísimos de la Guadalajara de entonces (Ernesto Flores y Carlos Valdés, entre ellos) que autores de mayor madurez afincados en la Ciudad de México como Alfonso Reyes, Alí Chumacero, Enriqueta Ochoa, Ricardo Garibay, o autores de otros ámbitos como el arquitecto y escultor alemán Mathias Goeritz (con poco tiempo de haberse afincado en la capital jalisciense), el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob (que también tuvo una novelesca estancia tapatía) y dos de las cimas de la generación española del 27: Pedro Salinas y Vicente Aleixandre, a quien en 1977 le sería conferido el Premio Nobel de Literatura.
En 1953, con escasos 24 años, esposa y una hija pequeña, se trasladó a la Ciudad de México, a cuya vida literaria y académica se integró de inmediato. Entre 1953 y 1955, fue becario del Centro Mexicano de Escritores, y entre 1955 y 1957, de El Colegio de México. Al mismo tiempo, fue secretario de redacción de la Revista de la Universidad; fundador, junto con Carlos Fuentes, de la Revista Mexicana de Literatura en 1955 y colaborador asiduo de los que tal vez sean los suplementos culturales más importantes en la historia del periodismo mexicano: México en la Cultura, del ya finado diario Novedades, y La Cultura en México, del semanario Siempre!
Para dichos suplementos comenzó a hacer la extraordinaria serie de entrevistas con escritores del Ateneo de la Juventud, de Contemporáneos y de otras generaciones, material con el que en 1965 terminó dándole forma a un libro que es un clásico en su género, que en su primera edición se llamó 19 protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX y en ediciones posteriores fue rebautizado Protagonistas de la literatura mexicana. En este volumen Carballo no sólo aparece como un magnífico inquisidor, sino que muestra y demuestra cómo la entrevista puede llegar a ser otro género literario, cuando se hace a conciencia, con esmero y rigor. (Años después repetiría esta fórmula en universo más amplio y cuyo resultado fue Protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX, publicado en 1986.)
A fines de los cincuenta y a lo largo de los sesenta realiza una actividad febril: escribe reseñas críticas de novedades literarias, trabaja para el Fondo de Cultura Económica y para Empresas Editoriales (en 1968 funda la suya: Diógenes, en la que dio a conocer a autores de la talla de Parménides García Saldaña y Reynaldo Arenas), publica antologías de cuentistas mexicanos, dirige el suplemento cultural del diario Ovaciones, da clases en la UNAM, preside el Instituto Mexicano-Cubano de Relaciones Culturales José Martí, forma parte de la mesa de redacción de la revista Casa de las Américas, es el responsable de que escritores novísimos de entonces (Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, José Agustín, Juan Vicente Melo, Gustavo Sainz, Homero Aridjis, entre otros) hagan autobiografías precoces, publicadas en una serie que ahora es de colección: Nuevos Escritores Mexicanos del Siglo XX Presentados por sí Mismos.
Pero tantas ocupaciones, cargos y encargos no lo llevaron a la dispersión. A mediados de los sesenta, Octavio Paz colocaba a Carballo al lado del argentino Enrique Anderson Imbert, del uruguayo Emir Rodríguez Monegal y el venezolano Guillermo Sucre, entre los principales críticos literarios de Hispanoamérica. Y es precisamente en la crítica literaria donde Carballo había descubierto, a una edad temprana, que poseía un peculiar talento para advertir el talento de los otros. Una magnífica prueba de ello la había dado en 1954, cuando a los pocos meses de haberse instalado en la Ciudad de México publicó en la Revista de la Universidad “Arreola y Rulfo, cuentistas”, el primer ensayo verdaderamente inteligente sobre ambos escritores jaliscienses, quienes recién habían dado a la imprenta sendos libros que con el tiempo devendrían clásicos de la narrativa de habla hispana. De Juan José Arreola había aparecido, en 1952, Confabulario y, un año después, Rulfo publicó El Llano en llamas. En su valoración sobre ambos, el jovencísimo Carballo ponderaba lo que ya desde ese momento significaban un autor y otro, diferenciado con acierto su estilo, su temática, su originalidad e incluso su trascendencia en la literatura mexicana y aun en la de toda Hispanoamérica.
A quererlo o no, desde ese momento Carballo, con apenas 24 años va a convertirse en uno de los árbitros –y en no pocos casos también en el “partero” como él mismo diría– de la nueva literatura mexicana. Un árbitro que acertó también con sus juicios sobre la gran mayoría de escritores de su generación o cercanos a ella, y de manera particular con los narradores (Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Rosario Castellanos, Elena Garro, Juan García Ponce, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Fernando del Paso, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco…); acertó también con la promoción siguiente, la de los representantes de la llamada Literatura de la Onda, a varios de los cuales publicó personalmente.
Pero, en honor a la verdad, no todos fueron aciertos. Como integrante del Consejo Editorial del Fondo de Cultura Económica desaconsejó la publicación de un libro de poemas de Gabriel Zaid e hizo otro tanto con la novela Los albañiles, de Vicente Leñero, obra que al poco tiempo, en 1963, ganaría el prestigiado Premio Biblioteca Breve de la editorial barcelonesa Seix Barral. Sobre este último caso, Carballo comentaba, con cierta sorna, que si André Gide se había equivocado al desestimar nada menos que En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, por qué él no podría hacer lo mismo con la novela de Leñero. Moraleja: nadie es infalible, y menos en materia literaria.
A este respecto, lo menos que se le puede reconocer a Carballo es que nunca buscó la posición cómoda de demorar sus juicios para adecuarlos a la opinión generalizada de los otros, sino que siempre tuvo el valor de arriesgarse, de defender con conocimiento sus puntos de vista y poder constatar, una vez pasado el tiempo, que en la inmensa mayoría de los casos su parecer era el correcto. Y como en este sentido nunca aceptó el papel de comparsa, al autoimponerse desde un principio el deber personal (intelectual y moral) de decir siempre lo que pensaba –y de pensar lo que decía y hacerlo sin medias tintas–, no fueron pocos los egos heridos y los desafectos que con los años fue cosechando. Fue el caso de Carlos Fuentes, de cuyas últimas novelas dijo que eran “muy malas”, lo que ahora, sotto voce, reconocen hasta los fans más recalcitrantes del autor de La región más transparente.
Espíritu soberanamente libre, Carballo hizo de la crítica un estilo de vida. Más allá de ésta, llegó a declarar cómo le gustaría que dijera su epitafio: “Aquí reposa un hombre que siempre dijo lo que creía correcto”.








