Aniversario 55 de Canal Once

Por estos días, Canal Once celebra su aniversario número 55. El Instituto Politécnico Nacional obtuvo el primer permiso para operar una señal televisiva educativa y cultural en el país. Sus inicios fueron balbuceantes a lo que le siguió a partir de los años ochenta un desarrollo paulatino en infraestructura, un avance significativo en contenidos hasta alcanzar 60% de programación propia, premios y reconocimientos a sus series. 

Una cierta independencia editorial dio por momentos lustre al canal, para regresarlo en las siguientes etapas a su dependencia del oficialismo en curso. En el sexenio 2006-2012 le fue aumentado su presupuesto de manera notable y alcanzó mayor cobertura; pero a la vez viró hacia el modelo mercantil estadunidense al producir ficción, comprar material en abundancia y colocar anuncios comerciales; poner énfasis en mesas redondas cuyos conductores se dedicaron a lanzar justificaciones a la política del gobierno federal, y sus noticiarios llegaron al límite mayor de propaganda.

La nueva administración recibió una pesada herencia que en términos generales ha mantenido vigente, aunque insertando algunos cambios, entre los cuales se encuentran programas sobre historia de México, musicales como Añoranza conducido por Jorge Saldaña, o un largo fragmento noticioso en las mañanas conducido por Javier Solórzano. En la continuidad se encuentra la línea noticiosa oficialista, las mesas redondas acríticas y sin público; asimismo siguen programas tradicionales, como Aquí nos tocó vivir o La ruta del sabor.

También vienen nuevas series de episodios novelados, es el caso de Crónica de Castas. La emisión dirigida por Daniel Giménez Cacho fue grabada en Tepito y está coproducida por Canal Once y la empresa Ojo de Hacha. Los personajes principales pertenecen a la clase media baja urbana, la mayoría son mestizos y se contrastan con lo que llaman criollos, es decir, personajes con rasgos europeos y tez blanca que chocan con la plebe en juegos de futbol.

Uno de los personajes es el caricaturizado junior que maneja el auto de su padre, con la pistola y la placa oficial de su padre para conducir alcoholizado a exceso de velocidad, sin que la autoridad lo sancione pues su chapa lo protege y con ella se da el lujo de insultar a policías en un tono racista. Sin embargo, encuentra su límite en la zona brava de Tepito, en donde no se le permite entrar a los antros y hacer de las suyas. La serie es desigual en la construcción de sus personajes, los hay verosímiles y otros sobreactúan, exageran, gritan de más.

Crónica de castas recrea la estética popular de una parte de la Ciudad de México, son parte del paisaje los grafitis, las antenas, los cables de luz, las fachadas descascaradas, sucias, agrietadas, azoteas con vista a otras azoteas, el letrero en neón blanco de “Hotel”. Y personajes secundarios, un taxi, una camioneta, un gimnasio, un mercado callejero en donde se llevan a cabo las escenas.