En el museo de guerra, Yushukan, anexo al controvertido santuario de Yasukuni (donde se rinde culto a los combatientes de la Segunda Guerra Mundial) en Tokio, se exhibe un magnífico ejemplar del A6M, el Modelo Cero, avión caza empleado por la Armada Imperial entre 1940 y 1945; uno de los pocos que existen porque, según concluye la cinta de animación de Hayao Miyazaki Se levanta el viento (Kaze tachinu; Japón, 2013), ninguno de los A6M regresó de su misión.
El director de El viaje de Chihiro rinde homenaje al creador del Modelo Cero, Jiro Horikoshi, ingeniero en aeronáutica, frustrado piloto debido a un problema de miopía. Diseñador genial, humanista y visionario, Jiro encarna las virtudes del hombre japonés de su época: honestidad, entrega total al trabajo y obediencia, tanta que siendo pacifista es incapaz de revelarse a la maquinaria de muerte de los militares.
Miyazaki anunció su retiro como director con esta película; en todo caso, no le será fácil sobreponerse a la polémica que desató en Japón por remover las heridas de guerra, o peor, limpiarse de los kilos de cochambre de la críticas en otros países en que se le acusa de idealizar el tema. Nada más injusto: Se levanta el viento es un himno a la imaginación y a la creatividad humana; y por encima, un ataque radical a la guerra y al totalitarismo.
El título de Se levanta el viento proviene de una cita del Cementerio Marino, la épica sobre el horror, la belleza y la muerte que compuso Paul Valéry en el contexto de la Primera Guerra Mundial. La cinta no rehúye mirar a la muerte de frente; cuando el joven Jiro, todo entusiasmo y hormonas, viaja en tren a la universidad, ocurre el gran terremoto de Kanto, el más devastador de la historia del Japón. Las leyes físicas de tierra y fuego de las imágenes, magníficas, presagian el desastre de guerra y recuerdan el terremoto de Fukushima, con todo y amenaza nuclear; en lo social, el militarismo y la proximidad de la guerra van tetanizando el ambiente; la vida de Jiro se oscurece también con la tuberculosis de la esposa. La muerte está presente a nivel cósmico, histórico y personal.
Pero lo que cuenta es la vida y lo que puede hacerse y aprovecharse con ella; más claro que en cualquiera de sus cintas anteriores (El castillo vagabundo de Howl; El castillo en el aire), el aire es el elemento que anima la poesía de Miyazaki. Desde la brisa hasta los vendavales, el viento es la sustancia de la imaginación y de la inteligencia; la capacidad de visión de Jiro es puro aire, activo tanto en los sueños como en los momentos de pensamiento concreto. Al realismo de las escenas de guerra y destrucción, de caídas y choques de artefactos por experimentos fallidos, Miyazaki opone el vuelo como antídoto.
En Se levanta el viento el aire es intelecto creativo, y fuerza amatoria; en todas las secuencias de flirteo y deseo sexual entre Jiro y su prometida, el viento es puro flujo erótico; un sombrero, un paraguas, un avión de papel, escapan y vuelan, el juego que resulta por atrapar estos objetos se convierte en rito de fertilidad. Hayao Miyazaki compone el paisaje de la sique de un creador como emblema de la capacidad humana para superar la adversidad.
“El viento se eleva, hay que intentar vivir”, concluye el cineasta junto a Valéry.








