La tarde del sábado 12 se declaró un incendio en la boscosa zona alta de la ciudad de Valparaíso. El choque de dos cables de alta tensión dio origen al fuego, alimentado luego por el viento, el pasto seco y los basureros que atiborran la zona. El desastre fue mayor debido a la falta de agua en los hidrantes. Causas naturales y fallas humanas hicieron arder más de 3 mil casas en una urbe que recurrentemente es víctima de siniestros similares. Y aun cuando los gobiernos nacional y local sabían de los riesgos en la zona, no actuaron como debieron.
VALPARAÍSO, CHILE.- El sábado 12 era un día hermoso en Valparaíso: el cielo completamente azul y el fuerte calor invitaban a recorrer el borde costero. Y así lo hicieron miles de familias que acudieron al muelle de la Armada donde recalaban los buques-escuela de seis países sudamericanos que participaban en la regata Velas Latinoamérica 2014.
Pero lo que prometía ser un gran día terminó siendo el peor de todos para la ciudad. Pocos minutos después de las 16:00 horas se declaró el incendio. Fue en el Fundo Perales –en la boscosa parte alta de Valparaíso– donde se inició el fuego. Según la versión oficial, difundida por el Ministerio Público y avalada por los dueños de aquel terreno, las llamas surgieron por el choque de dos cables de alta tensión que se mecían con el viento que aquella tarde alcanzó 70 kilómetros por hora.
A las 19:00 horas las llamas dominaban ampliamente ocho cerros de esta ciudad, a la cual en 2003 la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad. Parecía cumplirse una profecía relacionada con el nombre que le dieron los pueblos originarios mapuche y chango: Alimapu, “tierra arrasada por el fuego”.
Bomberos sin agua
Guillermo Rivas, de 60 años y vecino del cerro La Cruz, cuenta a este semanario cómo vivió el incendio: “Ese día andaba en El Quisco (balneario ubicado a poco más de 100 kilómetros de Valparaíso). Una hija que quedó en casa nos llamó y nos avisó que había un incendio muy grande. Dejamos todo botado y volvimos (…) eran como las seis de la tarde cuando llegamos a Valparaíso. Subimos el cerro a pie (tres kilómetros con pendiente pronunciada). Cuando llegamos a casa, exhaustos, el fuego ya había quemado cientos de casas”.
Dice que su barrio estaba casi desierto pues los carabineros habían desalojado a los vecinos. “El fuego estaba cerquita y yo estaba solo en la casa. Mojé el pasto porque caía una lluvia de brasas que eran como meteoritos”.
Su esposa, quien se quedó más abajo, en una canchita, lo llamaba pidiéndole que bajara, pero él se negaba. Pensaba que todavía podía hacer algo. “En las casas que ardían explotaban los tubos de gas. Vi casas volar”.
Rivas dice que los bomberos, “con la poquita agua que había, no era mucho lo que podían hacer”.
El mal estado de las tomas de agua –cuyo mantenimiento es responsabilidad de la privatizada Empresa Sanitaria de Valparaíso (Esval)– era ampliamente conocido por las autoridades de la ciudad, encabezadas por su alcalde Jorge Castro. En febrero de 2013 un incendio que afectó el cerro Rodelillo destruyó 235 casas y dejó más de mil 200 damnificados. La queja principal fue la falta de agua en las tomas. Ni la Esval ni la autoridad política han sido sancionados hasta ahora por este hecho.
El técnico de artes escénicas Mario Núñez recibe a este corresponsal en su casa –casi al fondo de una pequeña quebrada que divide el cerro Las Cañas del cerro El Litre– y allí rememora cómo, junto a vecinos y amigos, combatió el fuego. “Eran como las 8:00 (pm). Aún no se veía la lengua de fuego pero se veía su luz. A las 9:00 las llamas consumían todas esas casas que se logran ver en la punta (se refiere a un promontorio ubicado a 100 metros). Esto estaba lleno de humo. Mucha gente se fue de sus casas al ser desalojadas por carabineros”.
Cuenta que las brasas que caían “empezaban de a poquito a prender” y, como había muchas casas sin moradores que apagaran el fuego, “éstas se quemaban en cosa de minutos”.
“En un momento –agrega Núñez– llegaron los bomberos, mojaron un poco y siguieron con dirección al cerro pero quedaron muchos focos encendidos. No teníamos agua. Con los vecinos cortamos una matriz y nos pusimos a apagar el fuego a punta de baldazos.”
Dice que el calor no se soportaba. Y cerca del amanecer, cuando ya estaban agotados, el viento cesó su embestida haciendo posible el control de las llamas. El hogar de la familia de Núñez y otros cuatro que se ubican más abajo son de los pocos del cerro Las Cañas que se salvaron.
En recorrido cerro arriba que el reportero hizo, pudo ver un paisaje desolador: miles de casas quemadas, históricos cerros porteños arrasados.
En contraste había miles de jóvenes que en kilométricas cadenas humanas retiraban los escombros y llevaban alimento, abrigo y esperanza. Un letrero sobre la fachada de un hogar destruido decía: “Sólo el pueblo ayuda al pueblo”.
Según las estadísticas oficiales hubo 15 muertos, 3 mil casas destruidas y 12 mil damnificados. Pero según versiones que se recogen en terreno, el daño es mayor.
Hay muertes no reportadas. Es el caso de una pareja que, después de años de tratamiento contra la infertilidad, lograron tener un hijo que al momento del incendio tenía cuatro meses. Aquel día un madero encendido cayó sobre su cuna. Después de dos días de agonía el bebé murió. Sus padres han preferido conservar en silencio su dolor para evitar que la farándula televisiva haga de su drama un espectáculo.
Tensión en el gobierno
Ricardo Bravo, intendente de la región de Valparaíso, no aquilató debidamente la gravedad de la situación. Demoró en decretar la alerta roja y disponer de la movilización de fuerzas que la situación requería. El ataque aéreo al fuego demoraría 15 horas en iniciarse.
“Fue un momento de mucha tensión y de mucha improvisación en el que no se tomaron las medidas necesarias, como pedir ayuda nacional o a otras ciudades, más aviones, más personal”, señala una fuente del gobierno que prefiere el anonimato.
Ante la falta de control de la crisis el ministro de Interior, Rodrigo Peñailillo, decidió tomar el control y trasladarse a Valparaíso –a 110 kilómetros de Santiago–. Al llegara la intendencia regional, a las 21:00 horas, tomó el control de la reunión del Comité de Emergencia.
Ahí estaban el gobernador provincial Omar Jara; el jefe de la dirección regional de la Oficina Nacional de Emergencia, Guillermo de la Maza, y altos mandos de las cuatro ramas de las fuerzas armadas y del orden.
Peñailillo decidió recomendar a la presidenta Michelle Bachelet decretar el estado de excepción. Esta medida –que supone entregar el control de la seguridad a las fuerzas armadas– se concretó en la primera hora del domingo 13. La presidenta nombró jefe de plaza al contralmirante Julio Leiva, quien se mantiene a cargo de la seguridad en Valparaíso.
Según expresa a Proceso un funcionario estatal que pide el anonimato, el gobierno regional mostró “no estar preparado para emergencias como ésta”. Como ejemplo habla de que al verse amagada por el fuego la cárcel de Valparaíso, se hizo inminente la necesidad de desalojarla, pero no había un plan para hacerlo.
De madrugada altos funcionarios de la gendarmería y de la Armada hicieron desesperadas llamadas y recorrieron distintos lugares intentando conseguir uno que pudiera albergar a 2 mil 700 reclusos. Finalmente no fue necesario trasladarlos: el fuego se detuvo fortuitamente a un kilómetro de la prisión.
La anónima fuente afirma que con este incendio se evidenciaron también las deficiencias del alcalde Castro: “Acá hay un hecho que en su momento va a tener que encontrar responsables políticos, porque es un incendio que si bien se produjo en un contexto de naturaleza especial, no se debe descuidar que en Valparaíso existían todas las condiciones para que este incendio ocurriera, y Castro lo sabía”.
En efecto, un estudio de la Corporación Nacional Forestal (Conaf) de agosto de 2012 alertó sobre el hecho de que en la parte alta de Valparaíso había un gran número de desechos que, junto a otros factores –sequedad de la vegetación, fuerte viento–, hacían inminente un gran incendio.
El informe sugería construir cortafuegos y limpiar acuciosamente los microbasurales. Pero ni el municipio ni el gobierno central tomaron las medidas pertinentes.
Otras fuentes ya habían advertido este peligro. Según se cita en el artículo del Centro de Investigaciones Periodísticas (Ciper) El historial de negligencia y corrupción que hizo arder a Valparaíso (publicado en su página web el miércoles 16), el académico de la Universidad de Chile Miguel Castillo publicó en abril de 2012 un artículo en la revista Territorium en el cual informaba de la alta cantidad de carga combustible acumulada en los cerros de Valparaíso y Viña del Mar, y de los peligros que ello encerraba.
Para empeorar la situación, en febrero de 2011 el gobierno del presidente Sebastián Piñera suspendió el Plan de Control de Microbasurales en la parte alta de Valparaíso, que consideraba fases de educación ambiental además de la limpieza de las quebradas.
Este programa se había aplicado en septiembre de 2009 tras un convenio celebrado entre la Conaf y el Programa de Recuperación y Desarrollo Urbano de Valparaíso, dependiente de la Subsecretaría de Desarrollo Regional. Inicialmente este plan contó con mil 179 millones de pesos (2 millones de dólares) de financiamiento, pero sólo la mitad de estos fondos –según informa el Ciper– fueron ejecutados.
Rodrigo Valenzuela Zur, del cuerpo de Bomberos de Valparaíso –institución que también ha sido cuestionada–, explicó en carta al diario El Mostrador (el lunes 14) su reflexión:
“(Nos critican) sin haber visto nunca el fuego bajando por las quebradas con un viento sur de 30 nudos sobre cientos de casas de material ligero, sin saber de la irresponsabilidad de las forestales que han reemplazado todo el bosque nativo por pino y eucaliptus (madera de mala calidad que no soporta la temperatura y que se prende prácticamente sola), sin conocer lo que es estar sin agua por culpa de grifos secos, esto, sumado a enormes atochamientos vehiculares en las pequeñas y angostas calles de los cerros (…) estar en todas partes nos era imposible y en esos momentos sólo nos quedaba aguantar el fuego en algunos sectores mientras llegaba la ayuda proveniente de otros lugares.”
Esa ayuda fue poca y nula, por lo que una vez más Valparaíso fue arrasado por el fuego.








