Argentina ha visto crecer recientemente un fenómeno alarmante: el linchamiento de ladrones, de rateros que viajan en motocicleta, los llamados motochorros. Pero ese castigo –inhumano, excesivo– refleja una crispación social derivada de un problema que no es privativo de la nación sudamericana: la impunidad de la delincuencia.
BUENOS AIRES.- David Moreira tenía 18 años. Vivía en la ciudad de Rosario. Era albañil. A las 16:45 del pasado 22 de marzo iba en el asiento trasero de una motocicleta. Isaías Gastón D., de 22 años, manejaba.
En una calle del barrio Azcuénaga, a unas 30 cuadras del centro, los jóvenes frenaron junto a una muchacha que caminaba con su pequeña hija. Moreira bajó de la moto y le arrebató el bolso. Ella gritó pidiendo auxilio. Los jóvenes huyeron a bordo de la motocicleta y en sentido contrario.
La escena –con diferencia de matices– se ha vuelto usual en las grandes ciudades de Argentina. La protagonizan los llamados motochorros.
Pero esta vez la fuga de los dos jóvenes tuvo un fin abrupto. Al llegar a la esquina la moto chocó con una furgoneta Fiat Fiorino blanca. No está claro si se trató de un accidente o si hubo la intención expresa del conductor del Fiat de abortar la huida.
El joven que conducía la moto se levantó y salió corriendo. Aturdido, acaso lesionado, Moreira eligió para escapar la dirección opuesta. Y ahí se encontró de frente con fanáticos de Rosario Central. Dos horas más tarde ese equipo de futbol jugaría en su estadio. Los muchachos del barrio esperaban el comienzo del partido tomando cerveza en la calle. Los gritos de la asaltada los pusieron en alerta.
Moreira fue linchado. “Estuvo tirado más de una hora en el pavimento antes de que llegara la policía y muchos que pasaban le pegaban, lo pateaban, uno de un auto le pegó un portazo, otro lo pateó con unos botines con punteras y hasta un flaco le pasó con su moto por arriba”, reconstruyó el diario Página 12 el 30 de marzo. El joven murió tres días más tarde por un severo traumatismo de cráneo con pérdida de masa encefálica.
El fiscal de Homicidios Dolosos, Florentino Malaponte, está a cargo de la investigación. El 30 de marzo recibió un video anónimo que muy pronto se viralizó en YouTube. La grabación parece provenir de un celular. Dura apenas nueve segundos. David Moreira está en el piso. Apenas se mueve. Dos muchachos le patean la cabeza y el cuerpo. Una mujer les grita que paren.
Su linchamiento fue el más cruento de las últimas semanas, aunque no el único. Otros nueve casos se produjeron en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, General Roca, La Rioja, Concordia y Rosario. En cada oportunidad un grupo de vecinos atacó a delincuentes o sospechosos de serlo. La masividad del fenómeno es algo nuevo en Argentina.
La presidenta Cristina Kirchner llamó a poner fin a los linchamientos. Los políticos de la oposición sostuvieron que los hechos se debían a la “ausencia del Estado” para hacer frente al delito y a la “impunidad” que tienen algunos miembros del gobierno frente a supuestos casos de corrupción.
Los grandes medios relativizaron el tenor de los linchamientos al presentarlos como “justicia por mano propia” o “golpizas a delincuentes”. La fiscalía de Rosario, por su parte, tipificó el delito contra Moreira como homicidio, restando probar aún si cabe el agravante de la alevosía. El Papa Francisco dijo que las patadas contra el joven le habían dolido en el alma.
Según una encuesta de Ipsos Mora y Araujo-Livra, publicada el domingo 6 por el diario Perfil, 63% de los consultados avala la acción de los linchadores; 67% de ellos se muestra en contra de que reciban una condena. En las redes sociales y en los foros de los diarios muchos participantes festejaron los linchamientos e insultaron a la presidenta y a otros políticos.
Causas
Los encuestados creen que los linchamientos se producen por “la falta de justicia” en el país, “el aumento de la delincuencia en los últimos meses” y el hecho de que “los delincuentes son liberados fácilmente y siguen cometiendo crímenes”. Los participantes de otra encuesta, aparecida en La Nación el jueves 3, privilegiaron dos motivos para explicar el fenómeno: “La gente está cansada de que le roben” y “los delincuentes no tienen condena”.
La ola de linchamientos fue analizada en todos los medios. “Son la derivación aberrante de una sensación de vulnerabilidad que se combina con la sospecha de que las instituciones no ofrecen solución”, sostuvo La Nación el jueves 3. “Los Kirchner se cansaron de fogonear linchamientos desde el Estado. Ametrallaron desde sus medios con estigmatizaciones a diestra y siniestra”, pudo leerse en Perfil el sábado 5.
En otra columna de ese diario el mismo día se plantean como posibles causas: el capitalismo salvaje, el fracaso de las políticas de inclusión social de este gobierno, la sociedad entre la policía y el narcotráfico, la herencia de la dictadura o la ensordecedora prédica con la que la televisión presenta los casos. “La respuesta”, es decir, el linchamiento en sí, “tiene la matriz simplificadora y alucinatoria que patentó el nazismo: la solución final”, se sostiene.
En su texto Linchamientos en América Latina: hipótesis de explicación, Carlos M. Vilas, politólogo y docente de la Universidad Nacional de Lanús, comprueba el incremento del fenómeno en los países de América Latina que han sufrido prolongados conflictos armados, ajustes neoliberales que cercenaron la capacidad de regulación y contención social del Estado, desintegración de sus mercados de trabajo.
“La incertidumbre exacerba el temor a lo desconocido y la desconfianza hacia lo nuevo o lo diferente; la inseguridad incrementa la propensión a respuestas agresivas en situaciones reales o presuntamente adversas. La desconfianza hacia los extraños es la contrapartida, en este contexto de incertidumbres, del reforzamiento de las conexiones y lealtades primarias”, escribe el autor.
Los medios también bucearon en el subconsciente de los “justicieros”. “El linchador dice, piensa o cree estar convencido de que el ejemplo debe venir de arriba y que al no haber justicia necesaria y razonable, se ha visto obligado, lamentablemente, a proceder por mano propia”, publicó Perfil el viernes 4. “El linchador sostiene que destruye al atacante porque, de lo contrario, el delito quedaría impune”.
“Y probablemente esos mismos que, desde hace años, sostienen que ‘acá salís a la calle y te matan’ han salido por fin a la calle para convertir en realidad su diagnóstico”, apuntó Perfil el sábado 5.
Otra frase muy escuchada ante el crecimiento de la criminalidad es que “acá te matan por dos pesos”. Algunos casos de delitos contra las personas en los últimos años confirman este pronóstico. Pero también puede decirse lo mismo de Moreira: la bolsa que le arrebató a la mujer tenía sólo unos pañales.
El sociólogo ecuatoriano Alfredo Santillán explica esta desproporción entre afrenta y castigo al afirmar que el linchamiento funciona como una suerte de “pena acumulativa” contra todos los delitos y las ofensas sufridas de manera real o imaginaria.
El portero
“Nosotros no llamamos a la policía”, reza el cartel que un comerciante de la ciudad de Santa Fe colgó en la puerta de su negocio y que presenta, en primer plano, la imagen intimidante de una pistola. “Vecinos organizados. Ratero, si te agarramos no vas a ir a la comisaría ¡¡Te vamos a linchar!!”, dice otro cartel, clavado en un poste a la entrada del barrio de Los Hornos, de la misma ciudad. Allí los vecinos se quejan de los robos reiterados y del insatisfactorio accionar de la policía y de la justicia.
En el barrio bonaerense de Palermo, la tarde del 29 de marzo se vivió otro caso de gran repercusión mediática. Alfredo, portero de un edificio, inmovilizó y retuvo contra el piso a un adolescente de unos 17 años que acababa de robarle la bolsa a una mujer.
Alrededor se juntó gran cantidad de gente. “De repente, una de las personas del tumulto se acerca corriendo y le mete una patada en la cara al pibe”, escribió en Twitter el periodista Diego Grillo Trubba, testigo del suceso. Varios de los presentes se turnaban para probar puntería con todas sus fuerzas. La cara del chico cambió de aspecto. “De la boca le salía un río de sangre que primero formaba un charco en las baldosas y luego un reguero hacia la calle”, escribió el periodista.
“Quienes patearon hasta el cansancio al delincuente atrapado en Palermo seguramente vieron allí una manera de descargar la tensión de vivir arrinconados, temerosos de que una entradera o una salidera o un empujón en un andén los confine a ver hasta el fin de sus días una película de terror, la de su propia vida”, sostuvo La Nación el viernes 4.
En lo que se conoce como “entradera”, el asaltante armado sorprende a quien ingresa a su casa; en la “salidera”, a quien acaba de retirar dinero del banco.
“En definitiva –continúa el texto–, vieron en ese delincuente a un enemigo al que debían sacar del medio ellos mismos porque las autoridades no son capaces de hacerlo.”
“La gran mayoría gritaba ‘mátenlo’. La amplísima mayoría. ‘Mátenlo, así no jode más’”, continúa Grillo Trubba en Twitter. “Habiendo estado ahí, diría que no lo mataron de casualidad, o en verdad gracias a la valentía de Alfredo, ese portero que se subió a su cuerpo y en un acto simultáneo lo detuvo e inmovilizó al tiempo que lo protegía de las patadas”.
El periodista dice que “la violencia se dirigía hacia ese carterista, pero también contra quienes intentaban detener la golpiza: ‘Para vos también hay, hija de puta’, le dijeron a una mujer mayor antes de desperdigarse porque acababa de llegar –tarde, una eternidad– la policía”.
El trance justiciero vivió un percance en Rosario. Allí dos jóvenes que se dirigían al trabajo fueron confundidos con ladrones y uno de ellos recibió una paliza brutal. El 30 de marzo, por la tarde, Óscar Bonaldi, de 22 años, y Leonardo Medina, de 24, iban en una moto.
Varios choferes de una agencia de taxis que acababa de sufrir un asalto a mano armada confundieron a los jóvenes con los asaltantes. Se produjo una persecución. En un semáforo los taxistas comenzaron a disparar. Los jóvenes pensaron que se trataba de un asalto. Saltaron de la moto y comenzaron a correr. “Corrimos hasta la estación de servicio de Perú y Montevideo, pero lamentablemente mi amigo no llegó y le dieron una golpiza terrible”, relató Medina a Cadena 3 el 31 de marzo.
Es muy difícil, sin embargo, que el hecho sea investigado y se haga justicia. El premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, analizó el espíritu que impulsa al gentío: “Los linchamientos no son individuales, sino colectivos, y tienen mucho que ver con conductas y presiones sociales que llevan a lo que denomino la suspensión de la conciencia, donde, si los demás hacen lo mismo, la culpabilidad se diluye en lo colectivo y queda en el anonimato”, dijo a la agencia oficial de noticias Télam el jueves 3.
El fenómeno de los linchamientos que hoy asoma con fuerza es parte de una tendencia más profunda.
Así lo creen Leandro Ignacio González, Juan Iván Ladeuix y Gabriela Ferreyra, autores del artículo Acciones colectivas de violencia punitiva en la Argentina reciente, aparecido en 2011 en la revista Bajo el Volcán de la Universidad Autónoma de Puebla.
Los autores contaron 98 casos de “violencia punitiva” entre 1997 y 2008, con un aumento notable a partir de la crisis de 2001. Los linchamientos argentinos son en general urbanos, espontáneos y escasamente organizados, se concentran casi siempre en los barrios más pobres y tienden a tener desenlaces menos cruentos que los de otros países latinoamericanos, como México, Bolivia, Guatemala, Ecuador, Brasil o Venezuela.
En el caso de México los linchamientos muestran “cierta ritualización”, sostiene el sociólogo Leandro Gamallo en entrevista con Tiempo Argentino el lunes 7. “Agarran a supuestos ladrones, los llevan a las plazas principales –a un lugar preestablecido– y, cerca de las iglesias y de la intendencia, los golpean”, dice Gamallo, quien escribió su tesis de maestría sobre este tema en la sede de la Flacso en México. “La idea es mostrarle a todos lo que puede pasarle a un delincuente”, concluye.








