El camino de la desintegración

En Ucrania, una parte de la población ansía ser admitida en el club europeo; otra no despega la mirada de Moscú. Incluso hay quienes buscan la independencia regional, como los mineros de Donetsk. La nación que concitó el interés de las grandes potencias ha ido perdiendo puntos en el debate diplomático, con el ejemplo fresco de la crisis griega: ni a Europa, Rusia o Estados Unidos les importa ahora hacerse cargo de una república quebrada y dividida.

 

Ucrania sigue su ruta a la desin­tegración. Sus fuerzas de seguridad han fracasado en sus intentos de controlar las protestas sociales en el sureste del país, donde la mayoría de los policías locales se pasaron al lado de los manifestantes prorrusos y la población confiscó los tanques enviados por Kiev. Al mismo tiempo continuaban ocupadas las sedes gubernamentales de pueblos y ciudades, donde las barricadas y mítines se reproducen por doquier.

El miércoles 16 los medios mostraron con lujo de detalles a la población de Kramatorsk, en la región de Donetsk, frenando los tanques, con los soldados ucranianos desertando, reemplazando la bandera celeste con el tridente dorado por la bandera blanca, roja y azul de Rusia. Los tanques, que siguieron el viaje hacia la localidad de Slaviansk, se estacionaron en el centro, convirtiéndose en objeto de curiosidad turística, con las mujeres y los niños tomando fotos o dejando osos de peluche.

El hundimiento de las instituciones estatales que responden a Kiev es evidente. El envío de soldados del ejército ucraniano –el cual según el ministro de Defensa sólo tiene 6 mil efectivos listos para el combate, de sus 41 mil integrantes– se hizo sólo después de que los policías locales dejaron de responder al gobierno central y se negaron a reprimir las protestas.

Un partidario del gobierno de Kiev escribió en su blog: “En Lugansk renunció 50% de la policía, la sede de los servicios de seguridad fue asaltada y capturada por los separatistas”, y en Donetsk “la situación es extremadamente adversa: casi toda la policía traicionó a Ucrania. Todos los puestos de control son controlados por hostiles”.

La pérdida de poder es tal que el alcalde de Kramatorsk se dirigió suplicante a los ciudadanos: “A pesar de la difícil situación en la ciudad, de manera encarecida les pido que no impidan el movimiento de los vehículos militares; estén atentos, tranquilos, no tomen parte en mítines y cuiden a sus niños”.

 

La rebelión del carbón

 

Irina, de 56 años, es enfermera y no se pudo jubilar a los 55, como antes correspondía a las trabajadoras de su especialidad, porque el gobierno aumentó la edad para retirarse. Todos los días camina de su casa al trabajo, cerca de la sede del gobierno regional, ocupada por manifestantes que proclamaron la República Independiente de Donetsk e izaron una bandera negra, blanca y azul, reemplazando el blanco de la bandera rusa por el negro del color del carbón, el principal recurso natural de la región.

Irina cobra mil 500 grivnas por mes, equivalentes a 100 dólares. Su hijo de 27 años trabaja en la fábrica metalúrgica con un salario de 2 mil 500 grivnas, pero la situación está muy mal, por los despidos y suspensiones, al punto que sólo funciona la sección donde él trabaja. Por eso, al terminar su turno él y sus amigos se dirigen todos los días a la sede del gobierno regional para realizar tareas de apoyo.

“Casi toda la gente del Donetsk está contra el gobierno de Kiev y por eso hoy todos protestan”, dice Irina por teléfono, con una voz baja que expresa su dura situación. Al preguntarle si se quieren unir con Rusia, confiesa tímidamente que mucho de política no entiende, y después de pensarlo responde que no, que lo mejor sería una federalización, pero repite que todos sus compañeros, su familia y sus amigos, apoyan el levantamiento contra Kiev.

“Todos entendemos ucraniano pero hablamos ruso y ahora la Rada (Parlamento) quiso prohibirlo”, dice Irina. “¿Eso es democracia?”, pregunta. Explica que el conflicto va más allá de las líneas políticas. Aunque el expresidente Víctor Yanukovich sea de Donetsk, “aquí nadie lo quiere, ni a él ni a los oligarcas”.

Como Irina lo muestra con sus palabras sencillas y apolíticas, lo que hasta ahora parecía un conflicto mundial entre la OTAN y Moscú con Ucrania como rehén se ha transformado en una rebelión popular del sureste empobrecido, una suerte de “anti-Maidan” o de revolución en sentido contrario.

La población rusoparlante de las regiones surorientales, gran ausente de los dramáticos acontecimientos en Kiev, saltó al centro del escenario con sus propias exigencias y reivindicaciones de tipo social y económico, producto de la depresión que se adueñó de la región desde hace 23 años, cuando se disolvió la Unión Soviética y Ucrania proclamó su independencia.

Donetsk y Lugansk fueron importantes centros carboníferos durante la era soviética y sus habitantes tienen una historia de lucha. Fueron protagonistas de las grandes huelgas mineras decisivas para la disolución de la Unión Soviética y para la independencia de Ucrania a finales de los ochenta. Pero desde entonces la zona empezó a caer por un agujero sin fondo. En la actualidad, la región del Donbass genera un cuarto de los ingresos en divisas del país, aunque de las 230 minas de hace 20 años sólo quedan 95 activas.

El sociólogo Volodimir Ishenko, profesor de la Universidad Nacional de Kiev, dice a Proceso, vía telefónica, que hubo provocación con participación rusa, con gente armada para forzar al gobierno a cumplir las exigencias regionales, pero “en el contexto de un movimiento masivo después de la caída de Yanukovich, que exige un referéndum de autodeterminación y la federalización de Ucrania. Algunos quieren unirse a Rusia y otros no, pero ahora el movimiento se centra en cuestiones económicas por el agravamiento de la situación, exigiendo, por ejemplo, la nacionalización de las empresas”.

Lluvia, el canal ruso opositor que fue censurado por el Kremlin y no puede ser calificado de oficialista, transmitió el jueves 16 el informe del periodista Maksim Shevchenko después de un viaje por Lugansk: “Ni una sola de las personas con las que hablé, representantes de las fuerzas de seguridad ucranianas, quiere luchar contra su propio pueblo. En las protestas vi ucranianos, gente mayor, exmilitares soviéticos, veteranos de Afganistán con sus boinas celestes y medallas. Ninguno quiere al expresidente Yanukovich ni al gobierno de Kiev ni a los oligarcas que, según ellos, se bebieron toda la sangre del pueblo, la razón verdadera de este levantamiento.

“Basta con andar por la región de Lugansk para entender la justicia de sus palabras: una región asolada, con sus aldeas abandonadas, donde los ojos de la gente tienen esa expresión de situación sin salida. No vi un deseo ardiente de ser parte de Rusia, sino de que Rusia los ayude. No quieren a ninguno de los viejos diputados ni políticos, ni del Partido de las Regiones de Yanukovich ni de Patria de Yulia Timochenko ni del Partido Comunista, porque creen que todos traicionaron al pueblo”.

Para Ishenko hay un paralelismo entre los hechos de Kiev y del sureste: “Las protestas anti-Maidan en el este no son más irracionales que las de Maidan, que soñaban con Europa pero consiguieron, como era de esperar, un gobierno neoliberal. En el este, los que protestan ven a Rusia, con sus salarios y pensiones más altos, con las mismas ilusiones que los del occidente ven a Europa.

“Los que festejaban la auto-organización en la plaza Maidan encontrarán que las protestas anti-Maidan en el este son todavía más de base, descentralizadas y sin líderes”, agregó. “Ningún partido político participa de esas protestas, que tienen mucho en común con Maidan: la toma de edificios, barricadas, carpas permanentes, comida, apoyo de la gente”.

En Kiev “la gente empieza a entender que el nuevo gobierno no es mejor que el anterior y que hubiera sido mejor unirse con los anti-Maidan del sureste. Desde mi punto de vista, es lo que hay que hacer, unir Maidan y anti-Maidan, que tienen exigencias parecidas, para evitar la división de Ucrania y obligar al nuevo gobierno a responder a las necesidades sociales”, dice.

Sobre cómo mantener la unidad nacional, Ishenko cree que se podría “realizar un referéndum nacional y regional, ya que, según las últimas encuestas, sólo una minoría quiere unirse a Rusia, pero apoyan la federalización de Ucrania, y una Constitución recogiendo las demandas de todo el país, en una asamblea constituyente. Eso es muy difícil, porque hay mucha polarización y para muchos el enemigo central es Rusia”.

 

Negociaciones

 

El hundimiento de la economía ucraniana es un factor más decisivo en la población que los discursos de los presidentes ruso o estadunidense, Vladimir Putin y Barack Obama. En la semana que pasó el grivna acumuló una pérdida de 60% de su valor desde febrero.

Ucrania no sólo está muy atrás de Europa, sino también de Rusia, con salarios y pensiones dos y tres veces menores que los de las regiones vecinas. Ni para Rusia ni para Europa un país empobrecido y desin­tegrado es una buena noticia. A pesar de sus promesas de apoyo, para Moscú el sur de Ucrania, desolado, quebrado, con sus habitantes desesperados, es un problema. Para Europa, que no puede con Grecia y tampoco puede ayudar a los nuevos países miembros del este de Europa, Ucrania es una carga muy dura de sobrellevar.

En este fondo, las negociaciones en Ginebra entre Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y Ucrania, iniciadas el jueves 17 en busca de una salida a la crisis, produjeron un primer resultado: los participantes acordaron que todas las partes deberán abstenerse de la violencia; condenaron todas las expresiones de racismo, intolerancia religiosa y antisemitismo; exigieron el desarme de todos los grupos ilegales; la entrega de todos los edificios ocupados, de todas las calles y plazas, y garantías de amnistía a quienes realizaron esas acciones, al tiempo que se propone revisar la Constitución en un proceso “inclusivo”, con el inicio de un diálogo nacional en el cual participen todas las regiones.

Pero mientras no se resuelvan los problemas de fondo será muy difícil que todos vuelvan a sus casas.