Una máxima simple, a veces el tren equivocado puede conducir a la estación correcta, funciona como refrán y premisa de Amor a la carta (Dabba; India-Francia-Alemania, 2013), primer largometraje de Ritesh Batra; un error en el servicio de entrega de portaviandas, y un intercambio epistolar, sin internet ni teléfono celular, maquinan una historia de amor que cautiva por su sencillez y realismo.
Ila (Nimrat Kaur), una joven y desatendida esposa intenta reconquistar a su marido por medio de recetas culinarias; Fernandes (Irrfan Khan), un burócrata, viudo y a punto de jubilarse, queda encantado por los deliciosos y coloridos curris que recibe cada día. El Dabbawalas de Mumbai, servicio de transporte por tren y bicicleta de reparto de lunch, supuestamente el más eficiente del mundo, se está equivocando; no hay manera de convencer al repartidor que se jacta de que la compañía ha sido motivo de estudio de la Universidad de Harvard.
Entre millones de personas apresuradas, embotellamientos de tráfico y medios de transporte donde cada vez es más difícil encontrar asiento, un sistema que funciona como mecanismo de relojería parece cosa de magia; en esta dinámica de orden y caos, un equívoco podría convertirse en azar feliz. Amor a la carta parte de fórmulas fáciles que aprovecha para evidenciar temas como la soledad en medio del hacinamiento o la sujeción de la mujer al marido.
Ritesh Batra revela cualidades de cineasta que sabe contar una historia con personajes dueños de sí mismos; la causalidad interviene sin eximir a nadie de su responsabilidad propia. Personajes secundarios, como Shaikh (el estupendo Nawazuddin Siddiqui) colega y amigo de Fernandes, o la tía vecina de Ila, se constelan para revelar cualidades de los protagonistas, pero brillan con luz propia. Siluetas como el padre moribundo de Ila, el tío postrado en cama, o el marido que nunca la ve, reverberan con el tema del patriarca inoperante en una sociedad que ahora compite con las más modernas.
Sorprende la precisión del cuadro; en medio de aglomeraciones, la cámara abre el espacio interno en el que habitan Fernandes o Shaikh, novedosa técnica que narra y retrata al mismo tiempo.
Este joven realizador supo montarse sobre los hombros de Satyayit Ray, gigante del cine indio; con mucho ingenio, escapa de los esquemas de Bollywood, vistosos sí, pero tan gastados como los equivalentes de Hollywood. En vez de armar el imprescindible número musical, se vale de caséts con canciones y videos de viejos éxitos musicales de películas que ven los personajes; así, la música se hace parte de la historia (música intradiegética). Más importante aún, se arriesga a jugar con el tema del adulterio en una sociedad donde la censura prohíbe hasta un simple beso en la pantalla.








