El martes 4 se apagó la llama de un poeta jalisciense cuya obra aún no es suficientemente valorada por quienes no lo conocieron. Sirva este homenaje para que, ausente el hombre, su obra se haga presente.
La madrugada del pasado martes 4 de marzo murió, a los 83 años, el poeta Ernesto Flores, quien a la par de su propia obra literaria realizó una encomiable labor en beneficio de la vida cultural de Jalisco y, por extensión, del resto del país. Como correspondía a un generoso profesional de las humanidades, su desempeño no se limitó a un solo campo, sino que se prodigó en distintas arenas: las aulas universitarias, la edición de meritorias revistas de artes y letras, la investigación literaria, la práctica del periodismo cultural (escrito y radiofónico) y en alguna etapa de su vida hasta la administración pública, en el área de cultura, como no podía ser de otra manera.
Originario de Santiago Ixcuintla, Nayarit, cerca de la desembocadura precisamente del río Santiago en el océano Pacífico, hacia mediados de los años cuarenta llegó a Guadalajara, ciudad en la que fincaría para siempre su residencia con el propósito de hacer el bachillerato y posteriormente seguir la carrera de odontología, que nunca ejerció, pues apareció en su vida un universo muy distinto al de las caries y demás padecimientos dentales: la literatura, la música y las artes en general.
A ese universo, que fue su pasión y su verdadera vocación, se dedicaría por entero desde principios de los tempranos años cincuenta, justo cuando acababa de llegar al gobierno de Jalisco uno de los grandes de la literatura mexicana: Agustín Yáñez, a cuya iniciativa, por cierto, la Universidad de Guadalajara abrió, en 1957, la Facultad de Filosofía y Letras, a la que Flores asistió primero como alumno y luego como profesor.
En esta última faceta fue un maestro muy querido por generaciones y generaciones que pasaron por las aulas de la Escuela Vocacional y también de la antigua Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG, donde compartió sus conocimientos y también su entusiasmo por grandes maestros de la literatura universal y de las letras mexicanas, incluidos algunos autores que hace medio siglo eran poco o mal conocidos, por no decir que marginales y casi clandestinos. Tal fue el caso del laguense Francisco González de León y también del gran Alfredo R. Placencia, poetas de los que Ernesto Flores se convirtió en la principal autoridad, hasta el punto de recibir la encomienda de la más importante editorial mexicana, el Fondo de Cultura Económica, para hacer la compilación de su obra poética en ediciones ampliamente documentadas.
También dirigió varias revistas literarias, como Cóatl, Esfera y la Revista de la Universidad, publicaciones en las que era muy común que compartieran páginas escritores de su generación con autores novicios, al lado de renombrados maestros de las letras mexicanas, como el poeta Carlos Pellicer (quien en una de esas revistas publicó por primera vez un memorable soneto: “Eres lo junto al agua que amanece,/ puntual a la belleza…”), la narradora y dramaturga Elena Garro o el novelista José Revueltas, a quien por cierto dedicó un número monográfico de Esfera. Tampoco era raro que se incluyeran escritores de otras lenguas que por entonces eran poco conocidos en México. Tal fue el caso, por ejemplo, de Isaac Bashevis Singer, de quien Flores publicó una traducción del excepcional cuento Taible y su demonio años antes de que al gran narrador judío se le concediera el Premio Nobel de Literatura. Pero en cada número de esas revistas también se incluía una buena sección de artes plásticas y otra de música, con la frecuente publicación de partituras de compositores mexicanos y particularmente jaliscienses.
A invitación de Juan Francisco González, Ernesto Flores fue el primer director de Literatura que a principios de los setenta tuvo el recién creado Departamento de Bellas Artes, en la que sin duda ha sido la etapa más provechosa de la promoción cultural en Jalisco. Desde ese cargo concibió una valiosa colección editorial conformada por escritores jaliscienses que iban desde clásicos de las letras nacionales, como Mariano Azuela, hasta autores jovencísimos de ese momento, como Ricardo Yáñez, pasando por Enrique González Martínez, el padre Placencia, Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Augusto Orea Marín, Raúl Navarrete…
Ernesto Flores perteneció a una valiosa generación de intelectuales y artistas tapatíos, formados en Guadalajara, como el compositor y organista Hermilio Hernández, el pintor Gustavo Aranguren, el gran chelista y director de orquesta Arturo Xavier González, las pianista Leonor Montijo y Carmen Peredo (quien fue su esposa) y una nutrida nómina de escritores, entre los que sobresalen los nombres de Emmanuel Carballo, Hugo Gutiérrez Vega, Guillermo García Oropeza, Luis Sandoval Godoy, Alfredo Leal Cortés y los ya fallecidos Ignacio Arriola Haro, Amalia Guerra, Víctor Hugo Lomelí y Guillermo Fernández.
A diferencia de algunos de sus compañeros de viaje, Flores fue uno de los que desoyeron el canto de las sirenas del centralismo capitalino y se decidieron a dar la batalla desde Guadalajara, en pro de los valores artísticos e intelectuales de la región, pero sin cerrarse ni renunciar –todo lo contrario– a lo que sucedía en el resto del país y del orbe. Nada que ver con la acomplejada perspectiva “provinciana” o de aldea, que se regodea en sí misma, sino con una visión moderna y universal. Y de ello, como no podía ser de otra manera, mucho se benefició la vida cultural tapatía.
El recién fallecido no sólo fue un maestro muy querido, que tuvo legiones de alumnos y discípulos agradecidos, sino un fino hombre de letras, un gran animador de la vida musical de Guadalajara e incluso un buen funcionario cultural, algo que en nuestro medio casi siempre ha sido, por desgracia, la excepción y no la regla. Si la Universidad de Guadalajara ha alcanzado la condición de “benemérita” se debe al destacado trabajo docente realizado por maestros de la talla de Ernesto Flores, y no por funcionarios que han manejado a la institución a su antojo, como feudo propio e incluso como botín.
No deja de ser significativo que, a pesar de su sapiencia literaria y su competencia intelectual, Ernesto Flores haya sido arrumbado –incluso antes de su jubilación, a principios de los años noventa– por las personas que han venido manejando a la UdeG desde hace varias décadas y quienes se han dedicado a promover, con los recursos de la institución e incluso en el extranjero, a no pocos académicos e intelectuales de pacotilla, cuyo mérito mayor es ser adictos al cacicazgo que encabeza el exrector Raúl Padilla. Pero a diferencia de esas “lumbreras” oficialistas, Flores tuvo –y seguramente seguirá teniendo– el reconocimiento que en verdad importa: el de quienes han sabido apreciar y valorar su trabajo.
Como poeta, Ernesto Flores es autor de una obra breve pero meritoria, en la que es posible reconocer una voz propia; una obra poética en la que el autor se echó a cuestas la ingente tarea de tratar de decir lo indecible, y de acercarse al misterio irresoluble de ser y estar en el mundo. Y ello sin estridencias, convencido como estaba de que lo más importante de la vida no siempre se dice en voz alta. Por sus cuatro pequeños libros (A vuelo de pájaro, El pasado es un país desconocido, El viaje y Todos somos ángeles oscuros), compilados en 1998 por el Fondo de Cultura Económica con el título de Mensaje del olvido, desfilan lo mismo las evocaciones de la infancia que las obsesiones del adulto, las horas del amor, algunas estampas de la vida cotidiana, el regusto por cierta música o cierto cuadro, así como los estragos que el paso del tiempo va dejando en los seres y las cosas.
El legado que deja Ernesto Flores, cuyo alcance y dimensiones aún no terminamos de calibrar, impedirán que el maestro muera del todo, como dice con mucha sabiduría y gran precisión poética el memorable verso de Horacio: Non omnis moriar.








