“Gratitud”: Carta a mi padre

Innumerables son las flores que te llegan al velorio. No sabemos dónde poner tanta corona, ramos y arreglos de todos los tamaños. Incontables las historias que platican tus amigos, tus alumnos, colegas y parientes. Alguno recuerda que estando en la Comedie Francaise en una puesta en escena de El enfermo imaginario, oyó tu carcajada batiente y vio cómo tuviste que meterte un pañuelo en la boca para controlar la risa; otro cuenta de la primera clase que tomó contigo en la facultad, de cómo con fuerza expresaste que el filósofo no tiene certezas, que su tarea es hacerse preguntas. Alguno más contaba cómo contemplabas por la ventana del aula los jardines de la UNAM y decías: “Qué hay ahí afuera? Nada, sólo la nada”. El interés por el indigenismo, el conocimiento, la justicia, la democracia, de varias generaciones de intelectuales ha sido el fruto de tu voz y tu palabra. Llegan y llegan las personas que te quieren y que recuerdan la lucidez de tu discurso, cómo comenzabas con alguna frase, hacías esa parábola brillante, y regresabas al punto de inicio sin perderte, sin consultar una nota, sin trastabillas, con una dicción excelsa. Te gustaban las flores, Martha te ponía siempre un par de ellas en la mesa de tu pequeño comedor y celebrabas siempre sus formas, su tamaño, sus colores. Si vieras todas las flores que te rodean regalarías una a cada una de las mujeres presentes en el velorio, porque fuiste galante y caballeroso y todas nos sentíamos, junto a ti, una mujer hermosa. Hay arreglos provenientes del Conaculta, del periódico Reforma, de los Pérez Gay, de Pablo González Casanova, de Sandra Félix y sus compañeras del teatro, del Gobierno del Distrito Federal, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de Proceso,­ por sólo mencionar algunas de la primera fila. También llegó una de El Hostal de los Quesos. Nos preguntábamos curiosos si está sería una equivocación, pero todo cuadró cuando recordamos la taquería revolucionaria con ese nombre que apoyó la construcción del PMT. Pero bien podría haber sido un establecimiento de gourmet frecuentado por ti, te encantaban los quesos. También te gustaban los dulces y un antiguo colega recordaba que, después de comer con los maestros y empleados de la UAM, de postre te comías un “Gansito”. Han venido tantas personas que hemos tenido que ir ampliando el contrato con Gayosso, para que la sala en que te velamos sea más grande. Por buenos clientes nos regalaron una caja de chocolates. Juan propone ponerlos junto a ti como los tesoros que ponían nuestros ancestros en las tumbas de sus muertos para que los acompañaran al más allá. Colocar un chocolate sobre tu pecho a un lado de la hoja del árbol donde se iluminó el Buda que Mariana te trajo de la India y acomodó sobre tu corazón. El dolor nos embarga, pero el velorio transcurre casi con alegría. La dicha de una larga y plena vida donde todo pacta porque ha prevalecido la bondad. Conversamos o lloramos suavemente bajo la sombra del árbol generoso que fuiste para todos. Pensaste, proveíste, disfrutaste, conociste, amaste, ayudaste, cuidaste, construiste, creíste, ofrendaste. Gracias, papi, porque nos diste todo. 

———————————

* Psicoanalista y poeta, la hija de Luis Villoro entregó este texto especialmente escrito para su publicación ahora.