Luis Villoro recorrió un largo camino, todo el camino. Se destacó en el ejercicio del pensamiento, en la pasión de la cátedra, en el análisis crítico, en la independencia intelectual y en la defensa de la justicia social, al lado de obreros e indígenas. El martes 4 se despidió tranquilamente a los 91 años. Su última aparición pública fue el 25 de febrero en El Colegio Nacional, del cual era miembro desde 1978 (su discurso de entrada versó sobre “Filosofía y dominación”). Estuvo allí para acompañar a su hijo Juan, narrador y cronista, su nuevo colega. Durante dos días parientes, amigos, compañeros y discípulos, así como integrantes de la comunidad cultural, se congregaron para saludarlo postreramente. La capilla se llenó de flores. “El jardín del filósofo”, dijo Juan Villoro. A las 21 horas del jueves 6 sus íntimos le dijeron adiós con un largo aplauso. Entre las coronas, un cartel puesto por el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra: “La fuerza de la palabra contribuyó e hizo realidad la libertad de los presos políticos de Atenco. Luis Villoro: ¡Gracias por siempre, hermano! (FPDT-Atenco)”.
Primer retrato: La Hacienda
San Luis Potosí, México. Un niño alto y delgado cruza junto con su madre el patio central de una hacienda. El crío apenas empieza a acostumbrarse a la geografía y a la gente del lugar. Nacido en Barcelona, hijo de una familia que había emigrado por la Revolución, había vivido en Europa la mayor parte de su vida. La madre y el niño se aproximan a un grupo de peones que los esperan con el sombrero en la mano y la cabeza agachada. Cuenta entonces Villoro:
Todos me saludaban con una gran devoción porque yo era el patroncito, era yo el niño de la patrona. Uno de estos indígenas se acercó a mí con gran reverencia, me tomó la mano y me la besó, esto fue para mí una impresión verdaderamente terrible, que un viejo calentado por el sol que está haciendo las faenas del campo más duras viniera a mí, un pobre chamaco que no tenía nada que ver con él, y viniera a mí, y con un rasgo de respeto me besara la mano. Para mí fue una cosa a la vez terrible, insultante en el interior de mí mismo y de un respeto último, grandísimo para este individuo, para este viejo. Éste fue un rasgo que se me quedó grabado en toda mi vida y (yo creo que mi libro) Los grandes momentos del indigenismo en México (…) obedece a este rasgo que yo tuve en ese momento.
Villoro se refiere a su primer libro, que publicó en 1950, a los 28 años. Pero el tema de los indios mexicanos ha sido uno que le ha preocupado durante toda su vida. Y digo que trata de un problema que toca las fibras más profundas de su persona. A Villoro no le quita el sueño el indio como un concepto abstracto, sino como un ser humano concreto. Esta inquietud la ha extendido a todos aquellos que sufren algún tipo de exclusión, es decir, de injusticia. El ejercicio de la razón y, en especial, de la razón filosófica, siempre ha sido, para Villoro, el ejercicio de una razón vital. Incluso sus obras más teóricas y abstractas han tenido, en el fondo, una preocupación existencial, moral y política, en el mejor sentido de esta palabra tan manchada. Podemos decir que Villoro siempre ha creído en el poder liberador de la razón y que por eso ha buscado ofrecernos una visión filosófica de ésta que, sin caer en el escepticismo o el nihilismo, sea la de una razón a la altura del hombre. Así hemos de entender, creo yo, la original teoría del conocimiento que ofreció en Creer, saber y conocer. Cuando propuso allí su definición revisionista del conocimiento, en la que elimina la cláusula de verdad, lo que él pretendía era formular una concepción del conocer que nos permitiera comprender mejor la práctica epistémica en su dimensión histórica, pero sobre todo en su compleja relación con la práctica política. Es por eso que entre Creer, saber y conocer, impreso en 1982, y El poder y el valor, publicado en 1997, existen relaciones tan estrechas. La ética epistémica del primer libro desemboca en la ética política del segundo; el comunitarismo epistémico del primero en el comunitarismo político del segundo; la defensa de la objetividad de la verdad del primero en la de la objetividad de los valores del segundo.
En la obra filosófica de Villoro, que se extiende a lo largo de seis décadas, se observa una extraordinaria continuidad en las preocupaciones que la han motivado. Se puede decir que los principales temas de su filosofar han sido los siguientes: la comprensión metafísica de la alteridad, los límites y alcances de la razón, el vínculo entre el conocimiento y el poder, la búsqueda de la comunión con los otros, la reflexión ética sobre la injusticia, la defensa del respeto a las diferencias culturales, y la dimensión crítica del pensamiento filosófico. Para desarrollar estos temas, Villoro ha recorrido un enorme territorio filosófico. Es larga la lista de autores sobre los que él ha escrito con autoridad: Maquiavelo, Descartes, Rousseau, Marx, Dilthey, Husserl, Marcel, Wittgenstein, Rawls, etcétera. Villoro transitó puntualmente por las principales corrientes filosóficas del siglo XX: el existencialismo, la fenomenología, el marxismo, la analítica. Cruzó por todas ellas sin detenerse demasiado tiempo en ninguna, sin caer en ese fervor sucursalero de tantos de nuestros colegas. Podríamos decir que en todos estos años Villoro ha cultivado un equilibrado pluralismo filosófico. Para él, ninguna filosofía debe tomarse como la verdadera, ninguna debe convertirse en dogma. Sin embargo, él siempre ha insistido en que no cualquier cosa puede pasar por filosofía y mucho menos por buena filosofía. La filosofía genuina, según él, debe ser el ejercicio riguroso de una razón autónoma y, sobre todo, de una razón al servicio de la vida.
Segundo retrato: Mascarones
La fotografía tomada por un artista callejero lo captura caminando por la Ribera de San Cosme en compañía de Emilio Uganda y Ricardo Guerra. Los tres son muy jóvenes, visten con traje y corbata y llevan libros bajo el brazo. Sonríen, es evidente que disfrutan de la conversación que sostienen entre sí. Imagino a los tres cruzar el alto portón de la casa del siglo XVIII, conocida como Mascarones, y entrar en el patio de la Facultad de Filosofía.
Allí se detienen a saludar a otros condiscípulos, pero sin mayor tardanza entran al salón de clase. Los alumnos toman sus lugares y esperan la llegada del maestro; José Gaos hace su entrada, pone los libros sobre el escritorio, toma aire y comienza a hablar. Los alumnos guardan un concentrado silencio. No es ésta una clase cualquiera ni éste un profesor como cualquier otro. Villoro ha dicho que el único de sus maestros que reconoce como tal es Gaos. Imposible entender la filosofía mexicana del siglo XX sin el magisterio del filósofo transterrado. Discípulos suyos fueron además de Villoro, Leopoldo Zea, Emilio Uranga, Fernando Salmerón, Alejandro Rossi, para mencionar sólo a algunos de los más destacados. Villoro perteneció a la generación de alumnos de Gaos que se autodenominó El Hiperión y que tuvo su momento de mayor actividad entre 1948 y 1952. Este grupo se propuso dos metas ambiciosas: por una parte, filosofar de manera estrictamente profesional, con el nivel más alto de originalidad y rigor; y, por otra parte, filosofar desde y sobre su realidad circundante, filosofar sobre México, sobre América Latina, no sólo como un interés académico más, sino con el fin de transformar esa realidad, de sacudirla, de liberarla. La larga obra filosófica de Villoro es un testimonio del cumplimiento estricto de ambos ideales, que han sido los criterios con los que se ha juzgado a la filosofía mexicana del siglo XX. Lo que distingue a Villoro del resto de los filósofos mexicanos de ese periodo es que él ha mostrado mejor que nadie que ambos ideales no sólo son compatibles, sino complementarios. Desgraciadamente, esa lección no ha sido suficientemente aprendida y tiene que seguir siendo repetida. A los latinoamericanistas, Villoro les ha dicho que una filosofía comprometida y liberadora también tiene que ser profesional y rigurosa, y a los analíticos les ha dicho que una filosofía clara y rigurosa que no trate de reflexionar de manera autónoma, ni busque ser congruente con su realidad, no será sino una filosofía de traspatio. Así lo puso él mismo en un debate con Leopoldo Zea:
Por “filosofía rigurosa” no debe entenderse filosofía académica, informada de las últimas publicaciones en lengua inglesa o alemana, tampoco significa filosofía aséptica frente a las motivaciones de la realidad en que vive el filósofo. Filosofía rigurosa quiere decir simplemente filosofía que intenta llevar hasta el final, con el ejercicio de la propia razón, el examen de los fundamentos de las opiniones y doctrinas recibidas, filosofía que no se detiene en razonamientos vagos o figuras retóricas, que no toma prestadas, sin ponerlas en cuestión, opiniones manejadas por otros. Filosofía rigurosa es reflexión que aspira a ser clara, precisa, radical. En ese sentido, toda filosofía rigurosa es liberadora, pero su labor liberadora no consiste en prédicas de acción o adoctrinamientos políticos, sino en poner en cuestión los sistemas de creencias recibidos…
Villoro ha sido uno de los principales impulsores de la filosofía profesional y comprometida en nuestros países. Junto con Alejandro Rossi y Fernando Salmerón fundó en 1967 la revista Crítica, que buscaba ser un espacio para las nuevas orientaciones de la filosofía iberoamericana. La filosofía preconizada desde la revista era una filosofía clara, rigurosa, de buena factura técnica, cercana a las ciencias, y sin inclinaciones folcloristas ni pretensiones de Weltanshaung. En 1974 Villoro funda la División de Humanidades y Ciencias Sociales de la sede Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana. Éste fue un experimento académico en el que se integró en un mismo compartimento a la filosofía con otras disciplinas. Para la conformación del profesorado del nuevo departamento, Villoro contrató filósofos analíticos y marxistas por igual. Esto nos habla una vez más de su pluralismo filosófico; aunque no de los otros, ya que muy pronto los analíticos y los marxistas acabaron peleándose. En todo caso, es revelador que muchos filósofos mexicanos de todas las corrientes se declaren orgullosamente sus discípulos. Y como Villoro ha cultivado con la misma calidad otros campos de estudio, como la historia intelectual, la teoría de la cultura y la crítica política, su impacto ha desbordado las estrechas lindes de la filosofía académica. No son pocos los historiadores, sociólogos y antropólogos mexicanos que consideran que la obra de Villoro les ha sido inspiradora y esclarecedora. Aquellos que han tenido la fortuna de asistir a sus clases coinciden en que es un maestro que combina las dotes del filósofo riguroso con las del orador consumado. Villoro ha desbordado dentro y fuera del aula los problemas filosóficos más difíciles con esa combinación tan suya de claridad, inteligencia y pasión. Estas cualidades se manifiestan también en sus escritos. La prosa filosófica de Villoro es –digámoslo con todas sus letras– un modelo de cómo escribir filosofía en español.
Tercer retrato: el Colegio Nacional
El Colegio Nacional ocupa el edificio del antiguo Convento y Colegio de la Enseñanza, en el centro de la Ciudad de México. Desde su fundación en 1943, el Colegio había tenido lugar sólo para 20 miembros, pero en 1972 el presidente Luis Echeverría duplicó sus integrantes. Según las malas lenguas, la ampliación del Colegio respondía a la estrategia de Echeverría para cooptar a los intelectuales que después de la matanza de estudiantes de 1968 se habían distanciado del régimen. Pero nadie hubiera podido sugerir semejante explicación cuando Villoro entró al Colegio el 14 de noviembre de 1978. Su discurso de ingreso, intitulado “Filosofía y dominación”, es una de las defensas más firmes del rol crítico que debe adoptar el filósofo frente al poder. Cito las palabras finales de ese discurso magnífico. Dice Villoro:
La filosofía es la actividad disruptiva de la razón y ésta se encuentra en el límite de todo pensamiento científico. La filosofía no es una profesión, es una forma de pensamiento, el pensamiento que trabajosamente, una y otra vez, intenta concebir, sin lograrlo nunca plenamente, lo distinto, lo alejado de toda sociedad en que la razón esté sujeta. Lo distinto, nunca alcanzado, buscado de siempre en la perplejidad y en la duda, es veracidad frente al prejuicio, ilusión o engaño, autenticidad frente a la enajenación, libertad frente a la opresión.
Observo la fotografía de Villoro leyendo su discurso. Es la imagen de un hombre maduro, sólido, en la plenitud de sus facultades, dueño de un enorme prestigio intelectual y moral. Éste es un hombre que de haberlo querido pudo haber ocupado la Secretaría de Educación Pública o cualquier otro cargo de esa altura. Si no lo hizo fue por la lealtad a la filosofía, entendida no como la plácida vida pequeño burguesa del profesor o del investigador universitario, sino como una crítica permanente del poder. No sólo del poder del gobierno en funciones y de los grupos económicos aliados a él, sino también de ese poder pequeño, pero no por eso menos vicioso, que se ejerce dentro de los partidos opositores y las capillas intelectuales. A pesar de ser un hombre de izquierda declarada, Villoro jamás ha defendido ninguna ortodoxia, ningún caudillaje, como lo han hecho tantos otros de sus compañeros de lucha. Y es que para Luis Villoro, ser de izquierda no es adoptar una ideología en particular, sino asumir una postura moral, que consiste en adoptar una actitud disruptiva frente al poder opresor. Esta actitud está ligada a una posición epistémica que puede calificarse de falibilismo antidogmático y a una concepción sobre la razón como plural y dialógica. Por eso, Villoro se ha rebelado en contra de las ideologías y de las utopías de izquierda que se han usado como bandera para tiranizar a los pueblos y para exterminar a los disidentes. Nunca ha sido Villoro un hombre de partido, en el sentido que Ortega daba el término, pero siempre ha sido un hombre comprometido con lo que él ha creído que son las mejores causas. Villoro formó parte de un destacado grupo de intelectuales que en las décadas de los cincuenta y los sesenta buscó renovar el sistema político mexicano desde sus bordes. Participó de manera central en el ya mencionado movimiento estudiantil de 1968 y ha apoyado las campañas políticas de varios de los partidos de oposición de izquierda. Fuera del país, su importante labor en la UNESCO también debe ser recordada. Pero la relación que él ha tenido con el movimiento político que surgió en 1994 con la rebelión indígena de Chiapas no tiene parangón. Villoro considera que los neozapatistas han trazado una ruta esperanzadora para reformar la política sin caer en los errores de los movimientos de izquierda tradicionales. La democracia que imagina Villoro es una democracia directa, deliberativa, ejercida dentro de pequeñas comunidades –pueblos, gremios, barrios–, en las cuales la asamblea toma decisiones por consenso, y en las que se han desmantelado las estructuras de dominio y exclusión o, como dicen los indios mexicanos, se manda obedeciendo. A mí me parece que en el pensamiento de Villoro confluyen dos corrientes políticas que responden, a fin de cuentas, a dos rasgos muy hondos de su personalidad. Por un lado, hallamos un libertarismo que se enfrenta a todo tipo de autoridad opresora y, por otro, un comunitarismo que pretende disolver el egoísmo del individuo. Las posibles tensiones entre estas dos corrientes son bien conocidas: por un lado, la hegemonía de la comunidad puede aplastar a la persona, y por el otro, la defensa de los derechos individuales pone un límite al predominio de lo común. La filosofía política de Villoro ha intentado de qué tanto lo haya logrado. En todo caso, habría que subrayar que lo que él ha buscado es realizar síntesis en las que las tensiones entre estas vías queden superadas.
Cuarto retrato: La mezquita azul
La mezquita azul tiene seis esbeltos alminares y una cascada de cúpulas y semicúpulas que la hacen parecer aún más alta de lo que es. Luis Villoro recorre con su mirada el amplio interior iluminado por decenas de ventanas con vitrales de color azul y por cientos de pequeñas lámparas que cuelgan del techo. A su alrededor, una multitud de hombres postrados rezan sus plegarias. Villoro admira el edificio como cualquier otro turista y, sin embargo, una emoción profunda empieza a invadir su cuerpo. Algo más fuerte que él lo hace arrodillarse. La experiencia que tuvo en ese momento la contó así:
Sé que soy uno de tantos, pequeño, insignificante en el mar de la humanidad en alabanza (…) Mi voz se confunde con las voces de todos los hombres. Es la humanidad entera que una y otra vez atraviesa otro espacio hacia la plenitud otra. Pero mi vanidad está aún presente, Me miro a mí mismo y registro mis palabras. Me percato que pienso en lo que iré, tal vez, a escribir sobre este momento. Entonces ruego: “Permite que se aleje mi orgullo, que se destruya mi inmensa vanidad, que se borre por fin mi egoísmo”. Y sólo en ese momento siento, sólo entonces veo en verdad. Todo se vuelve para siempre transparente, todo es puro (…), todo está a salvo. El yo se ha perdido, pequeño, trivial, olvidado. ¡Qué magnífico que así sea! ¡Que todo sea en el todo, que todo sea uno!
Pero cuando la experiencia acabó, cuando el yo de Villoro volvió para ocupar su lugar en el mundo, sucedió lo que él temía cuando se disolvía entre el coro de alabanzas. Villoro no sólo narró su experiencia sino que la desmenuzó en un análisis brillante y despiadado. El ensayo, que lleva el título de “La mezquita azul”, fue publicado en 1985. En este y otros escritos, Villoro se ha planteado las preguntas de qué es lo divino, de cómo podemos conocerlo y hablar de él, y de qué consecuencias para nuestras vidas tiene nuestra experiencia de ello. Villoro no cree en un Dios personal, pero sí cree que el ser humano vive enfrentado a lo absolutamente Otro. De esta Otredad no se puede hablar, pero se puede guardar un silencio significativo. En este punto la filosofía de Villoro se nutre de fuentes tan diversas como las de los Upanishads, Buda, Eckhart, Otto y Wittgenstein. Para Villoro, el encuentro con lo radicalmente Otro nos muestra que, a fin de cuentas, el yo es un espejismo y que es bueno que lo sea. Pero me parece que aquí hay otra tensión en el pensamiento de Villoro. Por una parte, él reniega del yo, del suyo y del de los otros, pero por la otra, él considera que el encuentro vital con las demás personas, que también son yoes, no sólo es la fuente de la moral, sino del sentido de nuestras vidas. De alguna manera, Villoro ya había vislumbrado esta antinomia en uno de sus primeros escritos, “Soledad y comunión”, publicado en 1949. Allí nos decía Villoro:
El amor lleva a apropiarse del otro, pero, al propio tiempo, exige que el otro permanezca independiente; pues si por un momento dejara de ser irreductible, la participación amorosa desaparecería; ya no serían dos alteridades frente a frente sino uno en soledad. Asimismo, el sujeto desea entregarse plenamente y, sin embargo, sólo sostiene su amor lo que en él queda de originalidad frente al otro, de resguardo inviolado, de intimidad: que sólo mantiene la comunión lo que aún permanece en soledad. Y así, la más plena comunión lleva larvada en su seno la más profunda soledad.
Si el yo es una ilusión, también lo es el amor, pero tal parece que el corazón de Villoro se resiste a aceptar esta escalofriante conclusión. En este punto, la comparación con Octavio Paz puede ser reveladora. Paz, influido también por el pensamiento oriental, afirmaba que el yo es una sombra del pronombre personal, pero también se negaba a aceptar que el amor fuese una mera ilusión. La comparación con Paz –más allá de todas las diferencias que hay entre ellos– puede servirnos para resaltar una característica común de algunos pensadores de aquella generación, y es la de que aunque quedaron desencantados para siempre de las utopías de la modernidad, siguieron pensando que una razón más modesta y más sensible a las fibras íntimas de la vida podía aún marcar un camino para la humanidad en estos tiempos nublados.
Quinto retrato: Escuelas Pías
Madrid, 1 de octubre de 2007. En el solar que antes ocuparon las Escuelas Pías de San Fernando y ahora son un moderno centro universitario, Villoro escucha un panegírico sobre su vida y su obra. De repente, el orador calla. Tendría más cosas que decir, muchas más, pero espera que su silencio respetuoso también resulte significativo.
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* Publicado en la Revista de la Universidad de México (nueva época, núm. 49, marzo de 2008), y reproducido aquí con autorización de su director Ignacio Solares y del autor. La revista fue dirigida por Luis Villoro entre 1965 y 1966.








