Rusia juega ajedrez

La decisión del parlamento de Crimea de unirse a Rusia y convocar un referéndum para el próximo domingo 16 de marzo es la movida institucional más trascendente en la crisis que enfrenta a Rusia con Occidente por el control de Ucrania.

La Unión Europea y Estados Unidos condenaron el referéndum y el congreso ucraniano comenzó un procedimiento para disolver el Consejo Supremo de la República de Crimea, en un conflicto que, según el ministro británico de Asuntos Exteriores, William Hague, es “la mayor crisis a la que se ha enfrentado Europa en el siglo XXI”.

Lo que empezó como una revolución contra el gobierno impopular y represivo de Victor Yanukovich se convirtió, en menos de dos semanas, en una nueva batalla que confronta a Rusia contra la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN.

La decisión del Consejo de la Federación de Rusia, el 1 de marzo, de autorizar el envío de tropas a Ucrania “para asegurar la seguridad y la integridad física de nuestros compatriotas y de las fuerzas armadas que se encuentran en el territorio ucraniano, en la República Autónoma de Crimea”, sembró la alarma en todo el mundo: Nunca ha estado tan cerca un enfrentamiento militar entre los dos países –lo que conlleva el riesgo de que un conflicto armado fácilmente se propague por la zona.

El martes 4, en su primera intervención pública desde el comienzo de la crisis, el presidente Vladimir Putin se mostró mesurado, al afirmar que los hechos ocurridos el 20 de febrero en la Plaza Maidan, de Kiev, cuando decenas de estudiantes fueron baleados por francotiradores, son un “golpe inconstitucional”, pero negó haber enviado tropas a Crimea y señaló que no habrá un conflicto bélico con Ucrania. Dijo que no busca anexar la región, pero que los ciudadanos deben tener el derecho de definir su propio futuro.

La declaración del Parlamento de Crimea sobre su disposición a ingresar a la Federación Rusa desinfló las expectativas despertadas por las declaraciones de Putin. Así, las frenéticas reuniones diplomáticas que se desarrollaron en Europa con la participación del canciller ruso Serguei Lavrov para buscar una salida a la crisis dieron paso a las exigencias de más sanciones contra Moscú.

 

El elefante en el comedor 

 

El tema de fondo en la crisis es el intento de la OTAN por extender su área de influencia hasta las fronteras mismas de Rusia. Cuando se cumple un cuarto de siglo de la caída del Muro de Berlín y de la desintegración del imperio soviético, el actual conflicto ha exhibido hasta qué punto no está resuelta la integración de Rusia a Europa y a un nuevo sistema internacional.

En contra de todas las promesas realizadas en 1989, la OTAN avanzó hasta los límites rusos, bombardeó Yugoslavia en 1999, colocó sistemas antimisiles en Polonia y la República Checa e intentó cooptar a los países del Báltico y a otras naciones que formaron parte de la Unión Soviética –como Georgia–. Esto llevó a una guerra de cinco días en 2008. En todos estos años no prosperó ningún intento por construir una política de defensa común entre Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea.

“Detrás de la crisis en Crimea y la fiera resistencia de Rusia a los posibles cambios está la indisimulada ambición de la OTAN de continuar dos décadas de expansión en lo que se consideró el ‘espacio postsoviético’, resumió Jonathan Steele en el periódico inglés The Guardian el 5 de marzo. “En el fondo, el Pentágono sueña que algún día la armada de Estados Unidos reemplace a la flota del Mar Negro rusa en los puertos de Sebastopol y Balaclava”.

El Kremlin ve, detrás de lo que denomina un “golpe de Estado”, la directa intervención de los gobiernos de Estados Unidos y de Europa en los asuntos internos de Ucrania. Victoria Nuland, asistente del secretario de Estado de la Unión Americana para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, repartió galletas en la Plaza Maidan en diciembre, y circularon por internet grabaciones de telefonemas en los que discutía quién debía conformar el futuro gobierno ucraniano. En diciembre, el senador republicano John McCain habló desde los micrófonos en la Plaza Maidan y se reunió varias veces con Oleg Tiahnibok, el dirigente del partido nacionalista de derecha Svoboda, el mismo que había llamado, en 2004, a luchar contra la mafia “judeomoscovita”.

El excanciller socialdemócrata alemán Gerhard Schroeder cuestionó la intervención de la OTAN en la actual crisis, ya que “no tiene un fin político y sus acciones no ayudan a construir confianza, sino que, por el contrario, crean más y más preocupaciones”, y criticó la medida que desató el conflicto en noviembre, cuando Victor Yanukovich suspendió la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, debido a la negativa europea de aceptar que Ucrania mantuviera, al mismo tiempo, una unión aduanera con Europa, con Rusia y otros países del espacio exsoviético.

Stephen Cohen, profesor especialista en Rusia de la Universidad de Princeton, escribió una carta a The New York Times, publicada en The Nation, criticando a los medios de comunicación de Estados Unidos por no decir “ni una palabra sobre la cuestión central: la campaña occidental para correr la línea de división de la nueva Guerra Fría más hacia el este, al verdadero corazón de la civilización eslava”. En una entrevista a la CNN el 2 de marzo, Cohen preguntó: “¿Qué sucedería si Rusia apareciera en Canadá y en México y si provincias de Canadá y México dijeran que van a unirse a la Unión Económica Euroasiática y a su bloque militar?”.

Como para confirmar las preocupaciones del Kremlin, el 5 de marzo ingresó en la Rada Ucraniana (congreso) un proyecto para modificar una ley de 2010 sobre el estatus del país como “no alineado”, similar al de Finlandia, Irlanda y otras naciones europeas, con el fin de pedir el ingreso a la OTAN.

La otra preocupación rusa es la composición del nuevo gobierno de Kiev, donde no hay representantes del oriente y el sur del país –prorrusos–. El primer ministro, Arseni Yatseniuk, del partido Patria de la expresidenta Yulia Timoshenko, es la figura central, pero en el gabinete ocupan un lugar muy importante los miembros del partido Svoboda (Libertad). Los puestos de fiscal general y de ministro de Defensa interino, y los ministerios de Educación, Ecología y Agricultura pertenecen a ese partido. Además, Dmitro Yarosh, líder del sector de derecha, es vicejefe del Consejo Nacional de Seguridad.

 

Prueba decisiva 

 

La crisis con Rusia pone a prueba la resistencia de la identidad nacional ucraniana, forjada tan duramente en los últimos 25 años. Se trata de un país donde la mitad de la población habla ruso y la mitad ucraniano, donde la mayoría del comercio se realiza con Rusia y los países de la exUnión Soviética, pero donde los habitantes del centro y del occidente miran hacia Europa.

A estas alturas, dos escenarios opuestos parecen configurarse: fortalecimiento de la nacionalidad ucraniana o su división. La analista Lilia Shevtsova dijo a Proceso desde Moscú que “es muy difícil imaginar una verdadera guerra, pero es posible un conflicto armado”, porque en Rusia “la mayoría de la población no apoya a Maidan (el grupo europeísta) y está a favor de la población rusoparlante en Ucrania”, así como la mayoría de ucranianos en el oriente y el sur. Sin embargo, ella considera que en Ucrania “cada vez más gente apoya un Estado ucraniano independiente”, como lo demuestran las manifestaciones en Jarkov, Donetsk y Odessa a favor de Kiev, “con la participación de 10 mil a 15 mil personas, lo cual, para estas regiones, es una cifra significativa”.

A pesar de que para Shevtsova “la división de Ucrania ya se dio con la anexión de Crimea por Rusia, la agresión de Moscú revivió a la sociedad ucraniana y es un estímulo para fortalecer su identidad nacional, de manera que, de alguna manera, Rusia facilita la formación de una identidad nacional ucraniana”.

Lo mismo opina Evguen Magda desde Kiev, para quien “Putin tiene el plan de dividir el país, pero es evidente que la dura resistencia de los militares ucranianos en Crimea fue algo inesperado para los agresores”. Según Magda, “el apoyo a Rusia en el oriente es significativo, pero no es el 100%, porque durante los años de existencia de una Ucrania independiente se desarrolló el patriotismo, no sólo entre los ucranianoparlantes, sino entre los rusoparlantes también”.

Lo grave, para Shevtsova, es que la intervención rusa influye en los demás países del espacio postsoviético, en especial donde hay minorías rusas, porque temen que Rusia pueda buscar una excusa para defenderlos. “De cualquier manera, Rusia acaba de destruir todo el orden postsoviético que surgió después de 1991, tras la caída de la URSS”.

Valeriy Makeev, abogado de Cherkassi, a 150 kilómetros de Kiev, también opina que “no hay condiciones internas para la fractura de un país que tiene muchas nacionalidades. Su pueblo no quiere la división. Ucrania va a salir triunfadora y esto va a ser una grave prueba que unirá y fortalecerá la nación”.

Como sea, el espectro de la división ronda el país. Dmitry Trenin, del Centro Carnegie de Moscú, cree que lo más probable es la federalización del país, ya que aparece como “la única posibilidad de mantener Ucrania en sus actuales fronteras. Estados que tengan amplios derechos y que definan su forma de gobierno permitirán a las distintas partes convertirse en ‘países’, pero sin romper el Estado”.

Serguei Markov, director del Centro de Estudios Internacionales de Moscú, escribió el jueves 6 en The Moscow Times que “hay una solución política a la crisis: crear un gobierno de coalición en Kiev formado por todas las partes, incluyendo las del sur y del este del país”. Pero si el nuevo gobierno ucraniano no acepta, “Moscú puede verse forzado a tomar medios militares”. En segundo lugar, abundó, Ucrania tiene que redactar una constitución democrática “que garantice los derechos de la población rusoparlante y que le dé status oficial a la lengua rusa y establezca el principio del federalismo”. De lo contrario, con elecciones presidenciales para el 25 de mayo, puede ocurrir que una parte del país no participe, abonando el camino de la división.