Ucrania: preludio de guerra

La reciente invasión de Ucrania por el ejército ruso muestra un cambio preocupante en el balance de fuerzas global. De acuerdo con un análisis del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, la operación militar podría tratarse de un ataque “preventivo” o de algo “mucho más siniestro”: Una “expansión territorial y una política internacional de mayor agresión. Lo que ha ocurrido en los últimos días podría revelar a una Rusia muy diferente”.

 

LONDRES.- La invasión de la península de Crimea, en Ucrania, por parte de Rusia puede ser “el preludio de una guerra, una ocupación de largo plazo o la partición” de la zona, de acuerdo con Samuel Charap, investigador experto en temas rusos para el influyente Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres (IISS), y Keith Darden, profesor asociado de la Escuela de Servicio Internacional de la American University.

En un análisis publicado el pasado 5 de marzo, titulado Los motivos inciertos de Rusia en Ucrania, los internacionalistas aseguran que, “incluso desde antes de los eventos recientes, describir como ‘viles’ las políticas rusas en Ucrania tenía algo de verdad. Las acciones de Rusia desde el colapso de la Unión Soviética han estado lejos de ser constructivas y transparentes. Y la retórica de altos funcionarios –un ejemplo de esto sería el presidente ruso Vladimir Putin cuestionando si Ucrania era realmente un país durante una reunión privada con George­ W. Bush– ha sido por momentos incendiaria o subversiva”, se lee en el estudio que Charap y Darden elaboraron para el IISS.

Ambos especialistas, sin embargo, matizan que hasta el colapso del acuerdo político logrado por la Unión Europea el pasado 21 de febrero, “las acciones de Rusia en Ucrania no ameritaban las calificaciones usualmente dadas de expansionistas, neoimperialistas, neosoviéticas, agresivas, etcétera.

“De hecho, hasta ese momento de inflexión, hubiera sido incorrecto atribuir a Rusia cualquier desarrollo significativo en la crisis política de Ucrania. Es cierto que en el otoño de 2013 Moscú utilizó medidas económicas para demostrarle al presidente ucraniano, Victor Yanukovich, los costos de proceder con el propuesto Acuerdo de Asociación y Libre Comercio con la Unión Europea (AUE). Pero fue finalmente Yanukovich, y no Putin, quien decidió dar un paso atrás, y es improbable que el presidente ucraniano haya sido serio a la hora de promover el acuerdo”, agregaron.

El 20 de noviembre pasado, Yanukovich decidió suspender la firma del AUE y anunció que reforzaría sus relaciones con Rusia. En repudio, miles de ucranianos salieron a protestar el día siguiente. La tensión aumentó con velocidad, pese a lo cual Vladimir Putin logró que Yanukovich firmara un acuerdo gasífero con Moscú, que alejaba a Ucrania del área de influencia europea.

Según Charap y Darden, las presiones económicas de Rusia en Ucrania “fueron resultado directo de los (líderes) ucranianos”:

“Si Yanukovich o alguno de sus predecesores hubiera pasado menos tiempo enriqueciéndose a partir del comercio de gas con Rusia y en cambio hubiera destinado más tiempo instaurando políticas amplias de eficiencia energética (Ucrania cuenta con uno de los niveles más elevados de consumo de energía en relación con su Producto Interno Bruto), creando un mercado nacional gasífero y forjando un clima de inversión conducente al desarrollo de las propias reservas de gas, Moscú no hubiera utilizado medidas económicas significativas”, detallan los expertos.

En ese sentido, sostienen que la efectividad del chantaje económico no se debió a la fuerza rusa. Por el contrario: “Es un reflejo de las fallas absolutas de la élite ucraniana de reformar la economía de su país”.

Los investigadores del IISS destacan además que, a pesar de las banderas de la Unión Europea que flameaban en la Plaza de la Independencia (Kiev) durante las protestas de noviembre pasado, “decir que las manifestaciones iniciales reflejaban un apoyo popular masivo al AUE es un grave error”.

Charap y Darden explican que aunque los ucranianos comparten el deseo de mejorar sus estándares de vida –como ha ocurrido con sus vecinos europeos– y de viajar con libertad, sólo una minoría quiere unirse al bloque europeo.

“El AUE es un documento muy técnico de 400 páginas que cubre en su mayoría temas muy poco atrayentes para el grueso de la población, como son la pesca o los códigos aduaneros. No fue alabado por las masas y muy pocos en la Plaza de la Independencia lo leyeron”, asentaron.

El IISS considera que las protestas de la Plaza de la Independencia hubieran amainado si no se hubiera reprimido con brutalidad a los estudiantes que se manifestaban –sin armas– la noche del 30 de noviembre pasado. “Tras ese episodio, más de 500 mil personas salieron a las calles, cuando previamente habían sido 10 mil”.

Recuerda que, de inmediato, muchos en Occidente acusaron a Putin por la muerte de los inconformes, “aunque responsabilizar al presidente ruso es restarle peso a los crímenes que fueron cometidos por ucranianos contra ucranianos”.

 

El viraje

 

“Pero lo que ocurrió desde entonces es otro asunto totalmente diferente. Rusia ha tomado pasos muy preocupantes tras la caída del acuerdo. Es aún demasiado pronto para decir con seguridad cómo terminará todo esto, pero está claro que las acciones para hacerse con el control de instalaciones clave en la península de Crimea –primero utilizando personal de la flota rusa del Mar Negro, que está estacionada allí gracias a un acuerdo bilateral, y luego enviando refuerzos de Rusia– podrían ser el preludio de una guerra, una ocupación a largo plazo, la partición o una combinación de algunas de ellas”, reza el estudio.

Se trata de medidas “que representan una diferencia sin precedentes respecto de las políticas rusas previas”.

Al analizar los detonantes de la crisis, los investigadores del IISS proponen dos teorías: La primera es que Moscú reaccionó para atajar lo que percibió como amenazas a sus intereses en Ucrania.

“Putin y su círculo más cercano podrían haber concebido que el colapso del acuerdo del 21 de febrero fue resultado, en parte, de un complot occidental para instalar un gobierno leal (en Ucrania) que incluyera líderes de extrema derecha, los cuales revocarían el acuerdo básico con Rusia por Crimea. Rápidamente meterían a Ucrania en la UE y en la OTAN, reprimirían a la minoría rusa del país y cimentarían los cambios de régimen como un modus operandi aceptable en asuntos internacionales”, agregan.

De acuerdo con el IISS, lo que Rusia no quiere “es una amenaza a su seguridad nacional, un retroceso de los lazos económicos bilaterales, el empoderamiento de fuerzas políticas rusofóbicas o una inestabilidad política y económica”.

En ese sentido, los expertos sostienen que Rusia querría evitar que Occidente se involucrara en un nuevo cambio de régimen.

“Ese objetivo, impulsado por la ansiedad de Moscú acerca de la legitimidad de su propio gobierno, determina también las políticas rusas en Siria, pero la proximidad amplifica su importancia en Ucrania. Y ello explica la furia rusa tras develarse el acuerdo negociado por los ministros de Exterior de la UE el 21 de febrero y la subsiguiente resistencia para reconocer las nuevas autoridades en Kiev. Ciertamente no es por amor a (el presidente destituido Victor) Yanukovich, a quien Putin despreciaba desde hacía casi una década.”

La segunda teoría acerca de la actuación de Rusia es, según los autores del análisis, “mucho más siniestra”. Tendría como motivo una “expansión territorial y una política internacional de mayor agresión”.

“Comparado con la guerra entre Rusia y Georgia en agosto de 2008, lo que ha ocurrido en los últimos días en Crimea es mucho peor y podría revelar a una Rusia muy diferente.”

En 2008, las tropas de Georgia, bajo el comando de Mikheil Saakashvili, atacaron Osetia del Sur, región que desde 1991 había declarado su independencia respecto de Georgia. Rusia intervino y Georgia respondió con un asalto de artillería a la capital osetia, Tskhinvali, y un ataque a una base rusa, en el que fallecieron militares y civiles rusos. Ante esta situación, Moscú aumentó su despliegue militar. “Más allá de cómo sean vistos los motivos de Rusia en el conflicto, o la proporcionalidad de la respuesta de Moscú, el gobierno de Georgia fue el primero en incrementar los ataques, de batallas esporádicas a un fuego de artillería masivo, dándole a Rusia el pretexto para actuar”, de acuerdo con el análisis.

Pero en Crimea no hubo pretexto para una intervención armada, ya que el gobierno ucraniano no afectó a civiles rusos en esa península. Tampoco en Kiev, Donetsk o en cualquier otra región con población afín a Rusia.

El documento del IISS explica que es preocupante la reacción rusa justo porque el actuar del gobierno de Ucrania fue “medido y cauto”. Los analistas también aclaran que si el Kremlin hubiera querido provocar movimientos secesionistas entre Ucrania y el norte de Kazajstán, “lo hubiera hecho sin problemas”.

Explican: “Las enormes comunidades rusas y prorrusas en Ucrania y Kazajstán sirven mejor a los intereses rusos fuera de Rusia que dentro del país. Sin los electores de Crimea, Yanukovich no hubiera ganado las elecciones presidenciales de 2010. Esas comunidades, que representan la mitad de toda la población de Ucrania, le garantizan prácticamente a Rusia que Ucrania siga siendo un socio cercano en asuntos económicos y de seguridad. Quedarse con Crimea para perder Ucrania no parece ser un intercambio racional”, destacaron los expertos.

Una acción militar más agresiva evidenciaría un viraje fundamental en las políticas rusas, “ya sea un cambio hacia políticas deliberadas para crear agitación en su país vecino por fines geopolíticos, o incluso una expansión territorial lista y llana”.

“Estados Unidos y la UE habían asumido desde hacía tiempo que Rusia es inherentemente hostil a Ucrania; para muchos, los hechos recientes validaron esa presunción”, sostuvieron.

Por tal motivo y siguiendo esa lógica, los siguientes pasos serían someter a Moscú a sanciones y aislamiento internacional, y darle un apoyo completo al nuevo gobierno ucraniano.

“Aunque este curso de acción puede que sea la única salida política viable en este momento, conlleva serios riesgos de una confrontación global. Si esa opción descrita previamente –una espiral de escalada de tensiones– es la acertada, tendrá consecuencias trágicas.”

De hecho, si Rusia no busca la expansión territorial a costa de Ucrania, los líderes occidentales “tienen la obligación” de buscar un terreno común con Moscú.

“Las autoridades rusas han expresado su deseo de regresar al acuerdo del 21 de febrero para desactivar la crisis. Ello es claramente imposible. Pero lo que no lo es es lograr algo distinto al statu quo. Dialogar con Rusia en este momento ciertamente no será fácil y tiene el potencial de ser extremadamente desagradable. Pero puede que sea necesario si se busca evitar un final mucho peor”, concluyen.