MÉXICO, D.F. (apro).- En la noche del 28 de febrero de 2004 los mercenarios de la Steele Foundation, encargados de la seguridad del entonces presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, dejaron entrar a Luis Moreno, ministro de la embajada estadunidense, en la residencia presidencial.
–Señor presidente –dijo Moreno al mandatario–, hace 10 años, en Washington, fui a buscarlo para traerlo de regreso a Haití, y hoy vengo también para acompañarlo.
–¿A dónde?, preguntó sorprendido Aristide
–A la embajada de Estados Unidos para una conferencia de prensa, contestó el diplomático.
Pero en vez de dirigirse a la embajada estadunidense, la caravana de vehículos que transportaba a Aristide se dirigió al aeropuerto de Puerto Príncipe, en cuya pista se encontraba un avión Boeing sin números de registro ni matrícula y con la bandera estadunidense pintada en la cola.
En los hechos se estaba consumando el segundo golpe de Estado contra el presidente Aristide.
Los entretelones de las infructuosas negociaciones que derivaron en ese golpe de Estado –cuyo décimo aniversario se cumple este 28 de febrero— los revela un diplomático que vivió los hechos: Sergio Romero Cuevas, dos veces embajador de México en Haití y comisionado por la Organización de Estados Americanos (OEA) para mediar entre el gobierno de Aristide y la oposición con el propósito de encontrar una salida a la crisis política que enfrentaba ese país a principios de la década pasada.
Su experiencia en esas negociaciones la plasmó en su libro, hasta ahora inédito, Érase una vez en Haití: crónica de dos golpes de Estado y las consecuencias de ser rebelde…, del cual entregó una copia a esta agencia.
En dicho libro, Romero reseña el testimonio que le ofreció Frantz Gabriel, guardaespaldas del entonces presidente Aristide, y quien acompañó a éste en el avión que lo sacó de Haití.
Según Gabriel, en el avión Aristide –quien iba acompañado de su esposa, Mildred Trouillot–, se encontró a los mercenarios de la Steele Foundation con todo y sus familias. La aeronave realizó una escala en una isla del Pacífico para repostar alimentos y combustible. Después, el avión voló varias horas antes de aterrizar en un lugar desconocido.
“Frantz Gabriel tuvo entonces oportunidad de conversar con el jefe del grupo de la Steele Foundation, quien poco a poco fue tomando confianza”, narra Romero.
El jefe indicó a Gabriel que se encontraban en Cabo Verde, en espera de más instrucciones ya que “ningún país se animaba a recibir a Aristide”. “La consigna de Washington era que (el lugar de destino del mandatario) debía ser en un país africano. Nada en otro continente”, señala Romero.
Según el jefe de los mercenarios, el dueño de la Steele Foundation era Richard W. Wilmot, un general estadounidense retirado, muy amigo del general Collin Powell, en esos momentos secretario de Estado. Powell habría explicado Wilmot que la compañía estaba perdiendo dinero en Haití, por lo que les había conseguido “un jugosísimo contrato en Irak, país al que se dirigirían los mercenarios después de dejar a Aristide en el país que finalmente lo recibiría”, abunda Romero.
Golpe “moderno”
A las seis de la mañana del 29 de febrero los haitianos se despertaron con un mensaje que el primer ministro Yvon Neptune difundió por las estaciones de radio. Informó que el presidente había renunciado y leyó una carta que Aristide redactó durante la noche anterior: “La vida para todos, la muerte para nadie (…) Mi renuncia evitará un baño de sangre”, escribió el mandatario.
A las siete de la mañana, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Boniface Alexandre, asumió la presidencia temporal del país ante los embajadores de Estados Unidos y Francia.
Al aterrizar en la República Centroafricana, el 1 de marzo, Aristide denunció un “golpe de Estado moderno”, así como un “secuestro político”, ya que, afirmó, los militares estadunidenses lo obligaron a salir del país “no sólo mediante el uso de fuerza, sino también con mentiras”.
La crisis que derrotó a Aristide surgió a finales de mayo de 2000, cuando la oposición rechazó los resultados de las elecciones legislativas. Denunció un “fraude monumental” del partido en el poder: Fanmi Lavalas.
La misión de observación de la OEA en los comicios en Haití publicó el 13 de diciembre de ese año su informe sobre ese proceso electoral en el que señaló varias irregularidades y hechos de violencia que atribuyó a no sólo a Fanmi Lavalas, sino también a los partidos de oposición.
En protesta por los resultados de las elecciones legislativas, la oposición, que se unió en la organización Convergencia Democrática, se abstuvo de presentar un candidato a las elecciones presidenciales que se llevaron a cabo el 26 de noviembre del mismo año. Sin oposición, Aristide ganó las elecciones con 91.81% de los votos.
El 7 de febrero de 2001 Aristide prestó juramento y asumió por segunda vez el mandato presidencial. Según Romero Cuevas, el exsacerdote mandó una carta a la OEA en la cual afirmaba su deseo de resolver la crisis política al aplicar las propuestas del organismo internacional. Se comprometió a crear un nuevo Consejo Electoral Provisional, repetir los comicios para siete senadores –los que la OEA juzgaba ilegítimos– y prometió constituir su gobierno con tecnócratas y miembros de la oposición, la cual, por su parte, exigía repetir todos los comicios del año 2000, incluso los presidenciales, así como crear un gobierno provisional.
Bloqueos
Romero Cuevas llegó a Puerto Príncipe el 29 de junio del 2001 como Representante Especial para Haití del secretario general de la OEA y director de la oficina de esa organización en el país. Su misión: mediar entre la oposición y el gobierno de Aristide y su partido Fanmi Lavalas. Debía desempeñar su labor en un clima de desconfianza total.
En el país, un grupo de empresarios y dirigentes de ONG’s se unieron bajo el nombre de Iniciativa de la Sociedad Civil (ISC), que la OEA consideró como “facilitadora” del diálogo.
Romero Cuevas fue actor directo de las negociaciones. Afirma en su libro que Convergencia Democrática hizo todo lo posible para bloquear el proceso de pacificación. Señala que Aristide, por el contrario, asumió una postura conciliadora.
La oposición exigía el derecho a nombrar al primer ministro, competencia que la Constitución haitiana atribuye sólo al presidente. El embajador comenta que la inflexibilidad de los integrantes de Convergencia Democrática colmó la paciencia del entonces secretario general de la OEA, César Gaviria. Cuenta que en una ocasión éste les dijo: “Señores, ustedes pretenden llegar al poder mediante las negociaciones y eso no es posible; hay que ganar el poder político en las elecciones”.
Cuando el embajador recibió a los dirigentes de la oposición en su oficina, se alarmó por el “número de sus representantes: más de una treintena de las más diversas denominaciones y corrientes ideológicas”. Recuerda que al empezar la reunión, todos ellos empezaron a reivindicar a gritos que “cada uno, por supuesto, representaba al partido político mayoritario del país”.
El 15 de julio de 2001, a pesar del clima “desesperante de desconfianza reinante”, las partes se encontraban a punto de firmar un acuerdo inicial que proponía la OEA.
Sin embargo, el jefe negociador de Fanmi Lavalas, el primer ministro Yvon Neptune, anunció durante una reunión con la OEA, la Comunidad del Caribe (Caricom) y los partidos de oposición, que, debido a problemas con respecto al calendario electoral, no se firmaría el acuerdo esa mañana.
Neptune explicó que no existían condiciones para realizar comicios de manera casi inmediata, tal como lo demandaban los partidos de oposición.
“El anuncio llegó como balde de agua helada para los representantes de la OEA y del Caricom, que habíamos hecho un mal cálculo”, expone Romero Cuevas, en referencia a sus expectativas sobre que dicho acuerdo resolvería la crisis.
En cambio, el anuncio vino como anillo al dedo para los dirigentes de Convergencia Democrática. Romero Cuevas relata que, en dicha reunión, un miembro de esta organización que se encontraba a su lado realizó por su celular una llamada de larga distancia: “Pidió que le pasaran a alguien, no sé si senador o diputado estadounidense, y expresó con gran alegría, en inglés: ‘we won… yes… we did not sign anything!’ (Ganamos… sí… ¡no firmamos nada!)”.
“Era ese muy mal presagio. Estábamos en medio de un juego de varias bandas, todas ellas, o la gran mayoría, con terminales fundamentales en Washington”, añade.
Pronto el embajador sospechó que primero Convergencia Democrática, y luego la ISC, trataban de bloquear el diálogo para que se pudriera la situación económica y política del país.
Las instituciones financieras internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea condicionaron la ayuda internacional a la firma del acuerdo político entre Fanmi Lavalas y Convergencia Democrática.
Como no se concluía el diálogo entre ambas partes –sobre todo por culpa de la oposición, repite Romero Cuevas–, Haití no recibía ningún apoyo económico del exterior. En el caso del BID, Romero Cuevas denuncia que, a pesar del voto favorable al otorgamiento de un préstamo a Haití por parte del consejo directivo de ese organismo financiero, Estados Unidos bloqueó “ilegalmente” la llegada de estos fondos.
“Juego tramposo”
Los principales interlocutores de Romero Cuevas en la ISC se llamaban Andy Apaid y Rosny Desroches. El primero, informa el diplomático, tenía la doble nacionalidad haitiana-estadunidense y “presumía de tener acceso directo con el vicepresidente estadunidense Dick Cheney, así como con importantes legisladores republicanos”; mientras que el segundo fue ministro de Educación durante la dictadura sanguinaria de Jean Claude Duvalier, Bebe Doc
El embajador solicitó a Apaid y Desroches su ayuda para que Convergencia Democrática “bajara un poco el tono y el alcance de sus demandas”. Le contestaron que no podían acceder a su petición ya que Aristide representaba el problema y nada se podía hacer mientras él estuviera en el poder.
“No daba crédito a lo que me estaban diciendo estos ‘facilitadores de diálogo’ supuestamente imparciales, que estaban participando en el proceso para encontrar una salida al problema político”, recuerda.
Mientras que la oposición se mostraba inflexible en sus demandas, Aristide cedió en varias ocasiones. Hizo renunciar a los siete senadores cuya elección fue, a juicio de la OEA, sospechosa. Y se comprometió ante el órgano internacional a adelantar los comicios locales y parlamentarios.
Durante una conversación privada, el presidente confío a Romero Cuevas que estaba dispuesto a conceder más. Pero le pregunto: “¿Qué más me van a pedir mañana?… Siempre habrá algo más que quiera la oposición y sus aliados extranjeros, hasta que no me quede nada y entonces dirán nuevamente que soy inflexible, que no quiero ceder en nada”.
A principios de diciembre de 2001, Aristide convocó a Apaid y Desroches a la residencia presidencial. Al concluir la reunión, Apaid llamó a Romero Cuevas. Le informó que Aristide les había solicitado “que escogieran de entre la sociedad civil a las mejores mujeres y hombres del país para integrar un gabinete de gobierno y que él solamente nombraría al primer ministro”.
Romero Cuevas quedó maravillado por el gesto del presidente. Se lo dijo a Apaid. Pero éste le respondió que “no era el momento para ello” ya que sospechaba “alguna trampa de Aristide escondida en la propuesta”.
El embajador, escandalizado, vio una “prueba palpable” de un hecho: los políticos de la oposición estaban convencidos de que no podrían derrotar a Aristide en las urnas. “Estaban apostando a que la situación del país empeorara y que, en algún momento, Estados Unidos se viera forzado a intervenir”, señala.
El sábado 15 de junio de 2002 la OEA logró concretar un encuentro de Aristide con un grupo de dirigentes de Convergencia Democrática. Si bien la reunión empezó en un ambiente frío, terminó de forma cordial debido a “los esfuerzos del presidente, quien aguantó todo lo que a los opositores se les ocurrió decirle”, rememora Romero Cuevas.
Durante el encuentro, Aristide se comprometió a garantizar mayores medidas de seguridad para la oposición, en previsión del retorno a la mesa de negociaciones. La OEA mandó a ambas partes –Fanmi Lavalas y Convergencia Democrática— un borrador de un acuerdo inicial, en espera de observaciones y enmiendas.
Al recibir las propuestas de la oposición, Romero Cuevas se dio cuenta que ésta seguía con las demandas de siempre: pedía nuevamente repetir los comicios legislativos y presidenciales del año 2000, así como la facultad de codirigir el gobierno al nombrar el primer ministro. “Había prácticamente cambiado todo el documento (que envió la OEA), incluidas las partes ya acordadas con Fanmi Lavalas”, se indigna el embajador mexicano.
“Cuando leí ese documento confirmé mi decisión: era la hora de abandonar mi trabajo en la OEA”, recuerda Romero Cuevas. “Había estado participando en un juego tramposo destinado a derrocar al mandatario, no en una experiencia de negociaciones serias”, abunda.
Romero Cuevas abandonó Haití el 9 de agosto de 2002.
“Clases de democracia”
El 20 de enero del 2001 George W Bush llegó a la Casa Blanca. Romero Cuevas subraya que, a partir de ese momento, la política estadunidense hacia Haití cambió radicalmente.
Expone que el entonces embajador estadounidense en Haití, Brian Dean Curran, era un “profesional” de filiación demócrata –fue nombrado por Bill Clinton– que estaba a favor de la reconciliación en la nación caribeña mediante un acuerdo negociado.
Pero Bush nombró como secretario asistente para Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado al republicano Roger Noriega, quien declaró: “Estados Unidos ha mermado buena parte de su credibilidad por su apoyo a Aristide durante la administración Clinton…”.
“El embajador Curran, el tradicional procónsul, se enfrentaba a la guerra que le hacían los republicanos, quienes lo desacreditaban y contradecían de manera constante con mensajes a los opositores haitianos”, analiza Romero Cuevas.
En paralelo, Stanley Lucas, miembro del Instituto Republicano Internacional (IRI) proporcionaba un “programa de capacitación” a la oposición haitiana en Santo Domingo, con el propósito de “ampliar la habilidad de los diversos actores para participar en el proceso político”.
Según Romero Cuevas, “la oposición haitiana daba más atención y credibilidad a Lucas que al propio embajador”.
Las “clases de democracia”, durante las cuales se aconsejaba a los opositores a “dejar de hacer llamados a una solución negociada”, tenían lugar en el Hotel Santo Domingo, donde “por coincidencia” radicaba un personaje tenebroso: Guy Philippe.
Philippe fue jefe de la policía de la ciudad de Delmas entre 1994 y 1997. A principios de los noventa recibió entrenamiento en Ecuador por parte de las fuerzas especiales estadounidenses. Se exilió a República Dominicana después de su fallida tentativa de golpe de Estado en octubre de 2000 contra el presidente René Preval, miembro de Fanmi Lavalas.
El 5 de diciembre de 2003, “supuestos simpatizantes del presidente Aristide” –que los medios identificaron como chimères (grupos de barrios populares que apoyaban a Aristide)– reprimieron una manifestación de estudiantes de la Universidad de Estado de Haití, relata Romero Cuevas. Durante estos enfrentamientos, la policía entró en el seno de la institución académica y el rector de la universidad y varios funcionarios resultaron heridos.
El acontecimiento “marcó el inicio del fin del régimen”, constata Romero Cuevas. A pesar de que Aristide condenó lo sucedido, sus opositores se radicalizaron.
Philippe volvió a entrar en Haití el 4 de febrero de 2004 junto con Louis Joyel Chamblain, un paramilitar, exjefe de los tonton macoutes –la terrible milicia de los Duvalier— y actor del primer golpe de Estado a Aristide en 1991.
Ambos ingresaron “fuertemente armados” en la ciudad de Gonaïves y pronto comenzaron a “tomar” otras localidades, explica Romero Cuevas. Sin embargo, aclara que “la policía no contaba con más de 10 elementos en las cabeceras municipales y tres o cuatro en el resto de las localidades”. Además, estaban “mal armados, por lo que ‘ocuparlas militarmente’ era una tarea realmente sencilla”, añade el exembajador.
Remarca que “los medios de información destacaban estos hechos como verdaderas victorias en batallas de importancia”.
Romero Cuevas nunca temió que el grupo armado terminara por tomar el poder ya que “la policía haitiana tenía 4 mil elementos para defender al gobierno y había miles de ciudadanos dispuestos a dar su vida por Aristide”. El grupo armado representaba, según él, sólo un “telón de fondo”.
No le creyó a Philippe cuando éste anunció que “celebraría su cumpleaños el 29 de febrero en Puerto Príncipe”.
Romero Cuevas describe su “sorpresa gigantesca” cuando el 1 de marzo de 2004 se enteró que Aristide había abandonado el país. Con sabor amargo, se dio cuenta que “las ‘negociaciones’ que se llevaron a cabo para encontrar una salida a la crisis política en Haití, en realidad fueron una simulación que con el tiempo permitió a una oposición política minúscula, provocar el derrocamiento de un presidente legítimo y legal”.












