Eduardo Sacheri y las historias de amor detrás del futbol

La vida que pensamos, nuevo libro de Sachieri.

MONTERREY, N.L. (apro).- El futbol es sólo un pretexto que le sirve al escritor argentino Eduardo Sacheri para abordar temáticas más profundas e íntimas.

No es un analista del juego. Más bien se considera un observador que enmarca en el balompié historias de amor, dolor, muerte, amistad, como lo muestra en su más reciente titulo La vida que pensamos. Cuentos de futbol.

“El futbol, como deporte, se cuenta solo, pero a partir de esas historias uno se puede remontar a cosas más profundas que tienen que ver con cuestiones que no son del futbol, pero que situamos en él. Es un modo de tenerlo frente a nosotros mismos”, dice en entrevista.

A lo largo de su trayectoria de más de 15 años, el bonaerense se ha ocupado de manera reiterativa de escribir sobre el balompié. Aunque no quiera.

Jamás supuso que, cuando escribió La pregunta de sus ojos, en 2005, años después adaptaría la historia al cine y ganaría el Oscar 2010 como mejor película extranjera con el título El secreto de sus ojos.

El director de la cinta, Juan José Campanella, encargó a Sacheri escribir el guión de su novela. El resultado fue un complejo thriller policiaco narrado en varios tiempos y en varias capas de ficción y realidad.

La novela no tenía ni un solo pasaje futbolero. Pero Campanella, conociendo la afición de Sacheri por el esférico, le pidió que incluyera algo del juego en el libreto.

De esta forma escribió uno de los más bellos planos secuencia que se han filmado en la historia del cine latinoamericano, justo en la escena que inicia desde la toma panorámica aérea del Estadio de Huracán, con una cámara que literalmente desciende (con truco digital) hasta el terreno de juego y luego a las tribunas, donde ocurre la acción.

Ahora, con La vida que pensamos, regresa a sus obsesiones, dándole un enfoque plástico, creativo y reflexivo al juego del hombre para abordar otros temas.

“Este libro lo presento como un trabajo de historias que utilizan al futbol como puerta de acceso a los temas más profundos del alma humana, que creo que es a lo que aspira cualquier literatura. Si quien lee estos cuentos se siente reflexionando sobre el amor, el dolor, la pérdida, la esperanza, el encuentro, la soledad, yo habré tenido éxito”, dice.

A fin de cuentas, afirma, el que observa un partido de futbol se involucra en un proceso de ficción muy parecido al de quien lee un libro que le apasiona.

“Cuando juega el equipo de uno, hay una suspensión de criterio de la realidad muy parecida a cuando leemos. Hay un salto hacia esa fantasía, y creemos que ese es el mundo y esa es la verdad. Pero salimos del partido y ponemos de nuevo los pies en la tierra”, dice.

El futbol en todo

La vida que pensamos es un compendio de historias que, en un contexto futbolero, hablan de todo.

En los relatos hay pelotas y porterías y casacas sudadas. Pero Sacheri, en realidad, de lo que quería hablar era de sus propias inquietudes.

“Escribo de futbol porque me interesa siempre contar lo que me inquieta en un marco que es un mundo cercano al mío. El futbol ha estado presente y lo estará en mí, y también en la vida de la gente que me rodea. Siempre me ha gustado y al crear escenarios para mis personajes, al futbol lo considero útil, y escribir de ello se me da bien”, señala.

Entre los temas favoritos de los escritores están el amor y el desamor, dice. Pero él, en sus escritos, se deriva más hacia el balompié porque puede discurrir hacia emociones intensas y cuestiones existenciales profundas.

Sacheri Álvarez, de 46 años, tiene su propia historia futbolera familiar que se deja entrever en algunos relatos. Su padre es hincha del Independiente de Avellaneda, locura que le contagió a él de niño y que él, a su vez, ha trasmitido a su hijo. “Y supongo que él lo hará con los suyos”, ríe.

Inició de joven escribiendo cuento. La tradición argentina de los relatos breves es bárbara, y Jorge Luis Borges y Julio Cortázar son las mejores cartas de presentación del catálogo nacional.

También ayudó su formación atípica. Él es un catedrático especializado en historia. No encaró, de inmediato, el reto de la novela, sino que se inclinó por otros textos de menor aliento y no siempre de futbol.

Pero él siempre ha regresado a la pelota. Y La vida que pensamos es una colección de cuentos publicados en Argentina a partir de 1996 y hasta ahora.

Entre ellos, uno de los más célebres es Esperándolo a Tito, publicado en el 2000, que relata la angustia de un equipo de barrio que, para un juego local contra rivales vecinos, anhela que se apersone a la hora decisiva un jugador profesional salido de esas calles y que prometió estar ahí, “como cuando todos eran pibes”.

Aunque habla de terrenos de juego, botines y porterías, no es un especialista del deporte. Se considera tan analista como cualquier hincha que ha jugado a un nivel amateur. Su posición es la de medio de contención. “Soy más recuperador que artista del balón”, reconoce.

Y parece que Eduardo no tenía escapatoria cuando decidió encarar su vocación literaria, pues estaba condenado a escribir de futbol.

“La mayoría de los escritores solemos escuchar y ver mucho alrededor y, en lo que a mí corresponde, hay mucho futbol. Yo lo juego con mis amigos aun dos veces por semana, y sigo mi club. Cuando prendo el televisor es para ver cine y futbol, casi no miro otra cosa. Creo que esto se trata de imaginar historias vinculadas con ese mundo mío”, dice.

Le pasó en la película El secreto de sus ojos, que le dio fama en el mundo. Antes, su círculo de lectores estaba mayormente concentrado en Argentina. Ahora, con la película, su obra ya se abrió a un público internacional y ha sido traducida a más de 20 idiomas.

Y eso que en la novela nadie patea un balón.

“La obra original no tiene una escena de futbol. La estructura de la novela iba por otro lado, pero como el director Campanella gusta mucho de mis cuentos de futbol, desde antes de que trabajáramos juntos en el guión me pidió que incluyéramos algo de ese mundo. Temáticamente fue su pedido y lo filmó maravillosamente”, explica.

A los que ya han visto el filme les dice que tampoco aparece en el libro la peripecia de las cartas que conducen al encuentro del sospechoso en la gran escena del estadio.

“En el libro detienen al sospechoso casi por accidente, por una riña callejera, pero Campanella me pidió que la detención fuese en un estadio y tuviera que ver con una pesquisa consciente y voluntaria de los protagonistas. Por eso las escenas del estadio. Y las otras, las que conducen ahí, las tuve que escribir ex profeso para la película”, revela.

El drama fue ubicado en el estadio de Huracán porque la historia de la película se ubica en 1975 y se requería un inmueble que no hubiera cambiado mucho en los últimos 30 años y donde fuera posible una persecución.

Aficionado inocente

En la entrevista, Sacheri considera extraña la manera en que se juega futbol en México.

Hasta él, desde su país, se ha percatado de la extraña relación que hay entre las empresas, las televisoras y la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut).

“Me sorprende la ligazón institucional que hay en México entre clubes y empresas. Y esto de que una empresa puede tener más de un equipo es muy llamativo. En el caso de Argentina, hay zonas muy oscuras y confusas en el futbol, pero creo que situaciones como las de acá nos costaría mucho aceptarlas”, aventura.

No lo dice, pero se refería a Televisa que llegó a ser propietaria, en la primera división mexicana, simultáneamente del América, San Luis y Necaxa.

Él sabe que las cuestiones inexplicables extracancha afean, deforman y demeritan al futbol. Por eso prefiere no ocuparse de ello.

“Lo observo, claro, pero no lo narro. La parte más oscura y nefasta no suele ser parte de mis cuentos, no me interesa. El futbol del que me nutro suele ser anónimo, de barrio de clubes ignotos, de jugadores desconocidos, mucho más que de ese futbol rutilante, mediático, lleno de dinero y de intereses políticos. Ese nunca es materia de mis cuentos”, aclara.

El futbol lo entusiasma sólo cuando lo vive desde la ingenuidad absoluta de ver a su equipo o a su selección. Por eso no escucha los programas de actualidad futbolera. Desdeña la chismografía y las noticias de jugadores que se desvelan o la plata que por grandes cantidades se mueve entre clubes.

“Es un mundo que no me interesa y que tiene muy poco que ver con el deporte. Cuando juega Independiente, me olvido de todo mi espíritu crítico y me concentro”, señala.

También considera que en el futbol el “único inocente” es el espectador porque, en la mayoría de las ocasiones, quiere más la camisa de su equipo que el jugador que la lleva puesta.

“Seguro que el hincha es ingenuo. El futbol es profesional desde hace décadas y décadas y décadas. Pero de que ahora es un negocio más complejo, más turbio y más lleno de millones, coincido. Y hay dos lógicas diferentes: yo soy hincha de ese equipo y muchos jugadores que ahí están no son hinchas del equipo. Esto es desde que el futbol es profesional.

“Sin duda hubo jugadores que querían mucho su camiseta, pero eso me parece que tiene que ver con una mirada nostálgica de quien mira, más que de la realidad. Puede haber, claro, algunos jugadores ahora que quieran a su club, pero sospecho que son menos que antes. Yo no comparto esa mirada romántica sobre el pasado”, sostiene.

Hay condiciones dentro del juego que a él le incomodan más que la ingenuidad del aficionado. Se refiere a los seguidores que, en nombre de la pasión por un club, se violentan y luego agreden.

“Para esas cosas creo que los hinchas sí debieran abrir los ojos. En cuanto a esto de pasarse dos horas cantando en un estadio, abrazándose con desconocidos y poniendo su vida en suspenso para ver cómo termina un partido, ante esa ingenuidad, no creo que haya nada malo. Si cuando terminando el juego vuelve a ser una persona normal y racional, no le veo problema. El juego es un momento festivo que es, casi, un regreso a la infancia de cada cual”, dice.

Luego reflexiona sobre la condición de algunos aficionados que únicamente encuentra en el futbol su único escape lúdico en la vida. Las sociedades debieran preocuparse por crear condiciones para que el juego no fuera su única escapatoria, pues “también están los que ni siquiera tienen la ocasión de celebrar el futbol cuando su equipo pierde”, concluye con ironía.