Apunta José Vasconcelos en su polémico texto Breve historia de México que una de nuestras fallas más graves radica en la pésima elección que hacemos de los modelos a seguir. Mientras otros pueblos se inspiran en Aquiles, Jesús, Buda o Gandhi, aquí hemos encumbrado a personalidades que no dan el ancho de calidad humana, como Hidalgo, Morelos, Juárez o Calles. Y para que no se juzgue esta afirmación como una interpretación mal comprendida de su texto, transcribo uno de sus párrafos:
“¿Hasta qué punto la circunstancia de que nos hemos dedicado a adorar fracasados influye en el temperamento nacional pesimista…? (…) En torno al culto a la derrota se desarrolla también una corrupción del significado de la gloria que entre nosotros parece estar ligado siempre a los fracasos más sombríos. Al contrario, la gloria, en los pueblos normales, posee un contenido vital que se liga íntimamente con la fuerza y la alegría.” (Op. cit., EMU, vol. IV, México 1961, p. 15, 26 y 27)
Aunque este juicio lapidario de uno de nuestros pensadores más connotados incita por lo menos a polemizar sobre lo que hemos hecho y seguimos haciendo los mexicanos con la cosa pública, también es cierto que posee un rico filón de realismo que tendríamos que aceptar, si es que quisiéramos entrar a un debate productivo sobre nuestras cosas. Las recomendaciones de psicología superficial que dan los mercadólogos a sus clientes (actitudes “positivas”, recetarios de dosis elevadas de autoestima y halago narcisista) ayudan muy poco cuando la tumoración y el cáncer social mantienen postrado y en situación de gravedad al paciente, como es el caso presente de nuestra realidad nacional.
Este pasaje clásico de nuestra autocrítica viene siendo obligado al leer, así sea superficialmente, la entrevista al rector general de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, aparecida en Proceso Jalisco 482. Cualquier persona media ilustrada espera que el bestiario político con que le toca contemporizar produzca personalidades que aprueban con creces el examen de la trascendencia. Podrían señalarse aquí al Tata Lázaro o al benemérito Juárez, pero vaya la referencia a Fidel Castro o al brasileño Lula, para no entrar en alegato con lo dicho arriba por Vasconcelos. Llevado un rasero similar al mundo de las instituciones educativas de nivel superior, a las que se les abrevia con el nombre de universidades, la asociación remite a personalidades del tipo de los recién finados Juan Gelman o José Emilio Pacheco. Esto por mor de restricción a las variables latinoamericanas, que no están horras de producción epónima, a pesar de Vasconcelos.
Pero al ir desgranando el texto de la entrevista con Tonatiuh enrojece la cara de vergüenza con sólo enterarse de los universitarios a los que alude como destacados. Uno es su jefe, el que lo entronizó en el puesto: Raúl Padilla López. Como que resulta redundante oírlo de sus labios. Pero, ¿quién le obligó a mentar como universitarios eximios a Enrique Zambrano Villa o a Trinidad Padilla López? La proyección del enanismo mental no necesita más pruebas. ¿Trino, modelo de líder? ¿Zambrano, tipo ejemplar? Aunque uno no quiera dar su brazo a torcer, tiene que conceder que Vasconcelos está atinado en sus juicios demoledores sobre lo enanos que resultan nuestros próceres y hombres de cultura.
Se argüirá, en defensa del entrevistado por supuesto, que él hace referencia a “liderazgos”; pero en ello residiría justamente el punto fino del debate. ¿Qué tipo de personalidades que descuellan merecen ser señaladas como punteras, como avanzadas, dentro de un complejo universo de individuos que integran una institución de educación? La respuesta inmediata podrá no resultar obvia porque precisamente en nuestro medio nos hemos ido acostumbrando a la impostura y a la simulación. Jugamos todos una especie de comedia de equívocos y a nadie le interesa buscar romper el cerco. Pero hasta a un joven de escasa ilustración se le alcanza que quienes deben ser señalados como destacados tienen que ser investigadores de altos vuelos, docentes de calidad fuera de duda, estudiantes con altos promedios de rendimiento y así sucesivamente.
No se trata de entrar a competencias en descalificación. Pero es hecho notorio de que Tonatiuh mismo, ni Raúl ni Trino levantarían en una encuesta seria realizada con parámetros atenidos a estos criterios. De poco les ayudaría haber calentado una curul en congresos estatales o federales. A ellos hay que calificarlos con varas de eficiencia burocrática, que es donde están en su elemento. La gran distorsión que impera en nuestro medio, a la que sin duda ellos han contribuido mucho con su actuar anfibio, es precisamente la inversión del rol de los papeles de relevancia en la universidad. La academia está mal ponderada. La docencia vive en el descuido total. La investigación, en muchos casos, es pretexto para estar siempre retobando por incrementos en el presupuesto. La gran mandona es la burocracia, los rectores, los directores, los jefes de departamentos… la magia de la oficina.
Esta es una distorsión perversa que entiende las relaciones escolares como jerárquicas y hace radicar “el mando” en las oficinas administrativas. ¿De qué “mando” se habla? ¿En qué sentido se maneja el concepto de “autoridad universitaria”, al grado de deformar las relaciones interpersonales y gremiales y hacerles vivir a su interior situaciones permanentes de sojuzgamiento y abyección, resistencia e ignominia? Se tiene que ir desmadejando con toda claridad esta abstrusa cadena de perversiones para poner fin en serio a los males que aquejan a esta comuna educativa, de los cuales el más doloroso es el flagelo de la violencia.
Muchas voces y plumas interesadas repiten el sonsonete acrítico de que en la era Padilla fue desterrado el pistolerismo universitario. Afirmación idílica que no se sostiene. La represión, cuya secuela extrema remata en hechos de sangre, vive y goza de cabal salud en la UdeG. Cada tanto registran los medios las notas que dan fe de ella. El más reciente fue el asesinato de Ricardo Ruelas Munguía, oficial mayor de la Preparatoria 11. ¿Quién puede sostener que se trata de un hecho aislado? ¿Y quién puede sostener, a la mano del entrevistado Tonatiuh, quien declaró de inmediato que fue un homicidio ajeno a sus “actividades universitarias”? La sociedad tapatía no puede seguir chupándose el dedo con monsergas tan elementales. Debe ir al fondo del asunto, ya que parece que los administrativos de la universidad viven en su propio limbo.








