Orígenes
No quiero un homenaje. Lo que quiero es que autorice usted la publicación de las primeras plaquettes de los muchachos de mi taller y que nos dé presupuesto para hacer una revista”. Quien así hablaba era Elías Nandino. Su interlocutor, Alejandro Matos –entonces jefe del Departamento de Bellas Artes de Jalisco–, le acababa de anunciar que, por instrucciones del gobernador, se planeaba rendir un homenaje al poeta de Cocula, quien estaba a punto de cumplir ochenta años. Puedo imaginar que la respuesta fue más o menos la siguiente: “Muy bien doctor, autorizaremos ese presupuesto y, además, vamos a hacerle su homenaje”. Gracias a esa inteligente jugada de Nandino publicamos nuestros tempranísimos empeños literarios Felipe de Jesús Hernández, Javier Ramírez, Luis Alberto Navarro y yo. Corría el año de 1980 y el doctor Nandino se convirtió, el 19 de abril, en el octogenario que nunca imaginó que llegaría a ser. (“Yo había pensado suicidarme al llegar a los cuarenta –nos decía– pero no me animé y ahora ya sería una cobardía matar a este viejito.”) El homenaje se llevó a cabo en el auditorio de la Casa de la Cultura de Jalisco y, amén de las autoridades correspondientes –en esos años no faltaba en la mesa de honor hasta un representante de las Fuerzas Armadas–, estuvieron presentes Gustavo Sainz, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Los tres habían sido discípulos de Nandino en los años cincuenta, cuando el doctor, con su característica generosidad, les había entregado el nuevo suplemento de la revista Estaciones –dirigida y patrocinada por él– para que lo condujeran a su antojo. “Se llamó Ramas nuevas, nos contó José Emilio con una sonrisa. La verdad a mí me daba pena ese nombre pero al doctor se le hacía simpático y así lo dejamos. Nunca nos corrigió ni una coma y ahora me arrepiento de que no lo hiciera”. Nos hicimos amigos. José Emilio se quedó un par de días en Guadalajara, asistió con paciencia a nuestras sesiones del taller literario y alentó nuestros trabajos.
Al año siguiente, en compañía del poeta Arturo Trejo Villafuerte, lo visité en su casa en la Ciudad de México. Recuerdo (como puede verse en las fotos que le tomó Rogelio Cuéllar) las paredes y las mesas cubiertas de libros. Libros apilados en el piso, en la sala, en el comedor, en la cocina, cajas de libros abiertas y cerradas. De estas últimas nos dijo: “Acabo de recibirlas, son libros que compré en Berkeley, ¿me ayudan a abrirlas? Hay algo que quiero compartir con ustedes”. Y nos pusimos a abrir las cajas. Libros y más libros. Sobre cada uno José Emilio hacía un comentario: “este es de un poeta ruso buenísimo (Joseph Brodsky) que ahora vive exiliado en Estados Unidos”. Y así por el estilo. De pronto, al abrir una caja más bien pequeña, levantó victorioso una botella de vodka Stolichnaya –entonces imposible de conseguir en México– y exclamó: “Aquí está, esto es lo que quería mostrarles. ¿Nos tomamos un trago? No les importa que no tenga refrescos, ¿verdad?” Y abrimos la botella. Conforme íbamos entrando en calor le propuse que volviera a Guadalajara por más tiempo, con el pretexto de impartir algún curso “de lo que tú quieras, pero mejor si se trata de poesía”. Aceptó con gusto pero tendría que ser hasta el siguiente año pues estaba –lo estuvo siempre– saturado de compromisos. “Quiero dar un curso de unos tres o cuatro días que se llame Poesía para los que no leen poesía, ¿te parece bien?”
Un curso y varios tequilas
Y así fue. José Emilio regresó a Guadalajara en 1982 y en una capilla del Exconvento del Carmen llena hasta los bordes impartió ese curso memorable durante una semana. En los ratos libres lo llevábamos a comer. Nunca fue un gran bebedor pero disfrutaba enormemente los placeres de la mesa. El Café Madoka para desayunar, La Alemana al mediodía y, para cenar, infaliblemente, Los Otates, su restorán favorito. Una noche lo invitamos a la casa-estudio del pintor Roberto Márquez, quien entonces comenzaba a exponer. José Emilio se entusiasmó con la obra de Roberto y se comprometió para escribir “algo breve, yo no sé nada de pintura”, para su próxima exposición. (Conservo una copia de ese texto, el único que escribió José Emilio sobre un joven pintor jalisciense.) Esa misma noche le propuse publicar un libro suyo en Cuarto Menguante, nuestra naciente editorial, cuyos primeros títulos recién impresos y encuadernados en papel Fabriano le habían encantado. “No tengo un libro inédito, pero qué tal una antología. ¿La haces tú?” El último día de su estancia, para despedirlo, de camino al aeropuerto nos detuvimos a comer en Las Cazuelas, una cantina que habíamos descubierto en Tlaquepaque y en la que, además de la bebida en cuestión –que se preparaba con refresco de toronja, cítricos y a la que se le añadía aguardiente o tequila– servían muy buena botana: sopa de médula, taquitos dorados, sopes… Fuimos Felipe de Jesús, Luis Alberto y nuestro primer desaparecido poético: Salomón Villaseñor Otero. Nos tomamos las famosas cazuelas, una botella de tequila –invitada por él– y varias fotografías que conservamos. No olvido que mientras nos turnábamos para posar junto a él, comentó: “Dentro de muchos años los historiadores de la literatura dirán: en estas imágenes aparecen los famosos escritores Hernández, Navarro, Villaseñor y Esquinca, junto con un oscuro autor de la época”. Llegamos al aeropuerto ya un poco mareados, pero había tiempo y José Emilio propuso que nos tomáramos otro tequila en El Barón Rojo, que entonces era el bar de la terminal aérea. Ya con los caballitos servidos en la diminuta mesa del local, José Emilio se levantó para ir al baño. Enorme como era, con esa estatura de niño genial, golpeó la mesa con su rodilla y derramó todas las bebidas. Apenadísimo nos dijo: “pidan otras, yo las pago, y por favor llámenle a Cristina para avisarle que estoy muy contento y que me voy a quedar otra semana en Guadalajara”.
Bestiario y bicentenario
Nos volveríamos a ver en 1985, cuando publicamos, en las ediciones de Cuarto Menguante, su Álbum de zoología. Tuve la idea de componer esa antología pues entre los poemas que más me gustan de José Emilio están los que ha escrito sobre los animales. Dividimos el libro en cuatro capítulos, de acuerdo con los elementos clásicos: aire, agua, tierra, fuego y acomodamos los poemas en estas cuatro categorías. Un problema: nos faltaba el animal de fuego. Lo comentamos y, unos días después, José Emilio me envió el poema dedicado a la salamandra. Yo escribí un poema-prólogo, “Fábula del cazador”, y el libro se publicó acompañado con collages de Alberto Blanco. El libro corrió con suerte y esa primera edición de quinientos ejemplares no tardó mucho en agotarse. En 1991 hicimos una nueva, aumentada, con un total de cincuenta poemas y dedicada por ambos a Elías Nandino. Esa edición contó con el apoyo de Felipe Garrido, quien intentó, al frente del sello Universidad de Guadalajara/Xalli, darle un propósito a los siempre magros y hasta la fecha fallidos proyectos editoriales de esa institución. Dos años después, con el título de An Ark for the Next Millenium, conoció su primera edición en inglés, en traducción de Margaret Sayers Peden y con dibujos de Francisco Toledo. Un día, curioseando en un tianguis de libros usados en San Cristóbal de las Casas, me topé con una edición de las que en algún momento se hicieron con el sello ¿Ya leISSSTE? y que reproducía la nuestra aunque de una forma bastante precaria. La editorial Era, en 1998, hizo una bella edición en un formato apaisado que le daba mayor lucimiento a los dibujos de Toledo y en septiembre del año pasado lanzó un Nuevo álbum de zoología para el que incorporamos –bajo la sapiente vigilancia de Marcelo Uribe– muchos otros poemas. El conjunto compone un bestiario contemporáneo, un espejo moral cuyos orígenes, como explicamos en la cuarta de forros, se remontan al Physiologus que data de los primeros siglos de nuestra era.
Como sabemos, en 2009 José Emilio recibió dos importantes reconocimientos, los premios literarios Reina Sofía y Cervantes, que se le otorgaron en España. Recibí con júbilo las noticias mientras preparaba, bajo los auspicios de Augusto Chacón –quien entonces encabezaba la Fundación Selva Negra del grupo de rock Maná– un libro para el bicentenario. Quién mejor que José Emilio para encabezar con un prólogo y su indispensable poema “Alta traición” este recuento cuyo tema, nuestra patria, propuse a una treintena de poetas mexicanos. A pesar de sus innumerables compromisos, José Emilio aceptó y no sólo nos entregó el texto que abre País de sombra y fuego (2010), sino que, poco después de publicado el volumen, escribió en su “Inventario” de la revista Proceso una reseña elogiosa y detallada. Generoso, nos pidió que su pago de honorarios se depositara íntegro en la cuenta bancaria de una persona gravemente enferma que le había pedido ayuda económica. Así lo hicimos.
Despedida con dos anécdotas
No quiero concluir esta veloz crónica sin recordar otros dos momentos en que la amistad y la cordialidad de José Emilio se hicieron presentes en mi vida de una forma palpable. El primero de ellos tuvo lugar en Holanda, en 1998. José Emilio y yo fuimos invitados al Festival Internacional de Poesía en Rotterdam. Todos los días los organizadores del festival nos proveían de un talonario con el que podíamos, una vez terminadas las lecturas en el teatro principal, pedir tragos en el bar sin costo alguno. Él, siempre aplicado, prefería retirarse temprano a su habitación pues no quería perderse los talleres de traducción que se llevaban a cabo por las mañanas, en una hora temprana. Así que se instalaba fugazmente en la mesa del bar, se tomaba con nosotros una cerveza y se despedía, no sin antes obsequiarme su bien provisto talonario, con el que yo podía darme el lujo de invitar al personal del staff, a los tramoyistas y, por supuesto, a las bellas edecanes holandesas. Se comprenderá que este acto, posible gracias al desprendimiento de José Emilio, me permitió disfrutar de una gozosa aunque inevitablemente efímera celebridad. Yo me acercaba a los talleres de traducción ya entrada la mañana y José Emilio, al verme, adivinando mi estado, exclamaba: “Jorge, ya te localicé el barecito donde están las Heineken, junto a la mesa de los canapés; por favor tráeme dos de salami y uno de salmón”.
¿En qué año fue? Tal vez el novelista regiomontano David Toscana recordará la ocasión, durante la FIL, en que compartimos una mesa con José Emilio. Imposible olvidar aquella mañana en uno de los enormes salones, con un programa para el que se nos había propuesto compartir con niños de escuelas primarias nuestras lecturas infantiles. Recuerdo el salón atestado, el vocerío de los chiquillos y los tenaces esfuerzos de maestras y maestros por mantener el orden. Bajo una aparente calma disertamos, tan brevemente como nos fue posible, sobre Salgari y Verne, sobre Andersen y los Grimm, y, sin falta, sobre nuestros cómics favoritos. Al terminar, se formó en el pasillo central una infinita fila de infantes que blandían libros y cuadernos quienes, seguramente alertados por sus mentores, pretendían obtener un autógrafo de… José Emilio, por supuesto. Mientras David y yo observábamos entre atónitos y divertidos, nuestro poeta se limpió el sudor de la frente con su pañuelo –traía puesto un grueso saco de lana azul y el calor en el recinto era insoportable– y comenzó a firmar, resignado, paciente. Llegó el turno a un chamaco de copete engominado y ojos saltones quien, no contento con el autógrafo que le acababa de estampar en su cuaderno rayado, demandó: “Señor Pacheco, ¿no podría dibujarme un gatito?” Y José Emilio: “Pero si yo no sé dibujar gatitos”. Los ojos saltones, fijos en él, sin un parpadeo. Y José Emilio dibujó el gatito. Ya entrado en confianza, el chiquillo atacó de nuevo: “Y este gatito, ¿no podría estar en una casita?”. Y José Emilio, pasando nuevamente el pañuelo ya húmedo por su frente, dibujó la casita.
Epílogo
Dejo hasta aquí estas estampas cuyo propósito no es otro que trazar, así sea parcialmente, un boceto del José Emilio Pacheco que me tocó conocer y que conforman una porción mínima del alud que veo venir. Hace falta la tarea de un investigador audaz (o de todo un equipo) que trabaje en el rescate, organización y publicación de las miles de páginas de algo que bien podría llamarse Inventario total, donde seguramente habrá de aparecer uno de los retratos cardinales de nuestra época. “La sabiduría –escribe Michel Tournier sobre La Fontaine– íntimamente relacionada con la vida diaria, es una mezcla impura de inteligencia, sagacidad, experiencia milenaria, coraje lúcido y cálculos a corto plazo; en suma, un compromiso entre el alma y la cruda realidad.” No otra cosa fue en la pluma gozosa y desolada de José Emilio.
* El verso de JEP que da título a esta crónica es el último del poema “Los días que no se nombran”, incluido en Como la lluvia (Era, 2009). Jorge Esquinca es un prestigiado poeta, traductor y editor avecindado en Guadalajara.








