Para Sochi, una defensa carísima

Los Juegos Olímpicos invernales 2014 ya son los más caros de la historia. Y unos de los más peligrosos: El integrismo islámico –que mató a 33 personas en diciembre pasado– amaga con desatar ataques químicos y suicidas. El presidente ruso, Vladimir Putin, tuvo que sitiar la ciudad de Sochi y aceptar la ayuda de Estados Unidos, que desplegó dos buques de guerra. Si algo sale mal, será el quiebre de una era política en la nación más grande del mundo.

Vladimir Putin tiene 61 años y una cuarta parte de su vida ha estado al mando de Rusia: tres meses fue presidente interino; cuatro años, primer ministro, y durante una década ha sido presidente. Ha enfrentado retos de todos los calibres y hoy acomete uno de los mayores: la celebración de unos Juegos Olímpicos de invierno entre amenazas y duras críticas.

El exespía de la KGB quiere inscribir su nombre en la historia gracias a las indómitas montañas del Cáucaso. No por las guerras contra Chechenia ni por los actos extremistas que frecuentemente ocurren ahí desde que él gobierna, sino por el certamen deportivo que se celebrará en la ciudad de Sochi a partir de este viernes 7.

Ante todo, necesita garantizar que los 2 mil 500 atletas de más de 80 naciones que competirán durante 17 días estarán a salvo del extremismo. También debe salvaguardar a los 400 mil habitantes de la localidad y al medio millón de turistas que se esperan.

El riesgo es alto. En diciembre pasado, dos suicidas se hicieron explotar en la ciudad de Volgogrado y mataron a 33 personas. Cualquier ataque en Sochi resquebrajaría la imagen internacional de Putin y de Rusia.

Además, el presidente afrontará protestas contra las leyes homofóbicas aprobadas el año pasado, el gasto excesivo, la corrupción y el enriquecimiento de quienes construyeron las instalaciones deportivas.

La responsabilidad se incrementa porque ese país nunca había sido sede de los Olímpicos de invierno, a pesar de que sus atletas suelen ocupar los primeros lugares en las competencias. De los 21 certámenes realizados desde 1924, 12 fueron en Europa, seis en Estados Unidos y dos en Japón. Esto implica que Rusia tuvo que construir casi desde cero la infraestructura de nivel mundial que se requería en Sochi.

Esa nación está acostumbrada a las obras faraónicas: Pedro El Grande construyó San Petersburgo sobre los pantanos, Stalin erigió ciudades enteras, vías ferroviarias, carreteras, minas y fábricas a lo largo de la vasta y gélida Siberia, y Putin quiere imitarlos. La declaración que el suizo Gian-Franco Kasper, miembro del Comité Olímpico Internacional, dio al diario Russia Today el 28 de enero lo dice todo: “Lo que nosotros (los suizos) hicimos en los Alpes en 150 años, Rusia lo hizo en seis”.

Así, Sochi, un balneario veraniego de clima subtropical donde Stalin pasaba sus vacaciones, se ha convertido en uno de los más modernos centros deportivos del planeta. Las obras están divididas en dos: El complejo costero, con cinco edificaciones deportivas y el Estadio Olímpico Fisht (con capacidad para 40 mil personas y un techo traslúcido que permite ver al mismo tiempo las montañas nevadas y el mar), y el centro alpino Rosa Jutor, en la localidad de Krasnaya Polyana, donde se realizarán las competencias de alta montaña. Ese sitio fue equipado con uno de los sistemas más complejos del mundo para crear nieve. Los dos centros están unidos por una superautopista y un tren de alta velocidad.

 

Atestado de gente armada

 

La principal preocupación rusa no es el medallero ni la poca nieve, sino la amenaza de nuevos actos terroristas. Los rebeldes del Emirato del Cáucaso, dirigidos por el checheno Doku Umarov, amagaron con perpetrar ataques químicos y suicidas. Este grupo es el autor de los bombazos en Volgogrado.

El 19 de enero se difundió por internet un video en el que dos jóvenes de una zona del Emirato del Cáucaso prometían un “paquete sorpresa” para los espectadores de los Olímpicos “por toda la sangre musulmana derramada a diario en el mundo, en Afganistán, Somalia, Siria. Esta será nuestra venganza”.

El problema religioso es añejo. Sochi era una ciudad islámica, capital de Circasia, y fue capturada por la Rusia zarista en 1864. Producto de ello, miles de musulmanes fueron asesinados o empujados al exilio. En esa urbe hoy no queda ni una mezquita. “Realizar los juegos en las tumbas masivas de las víctimas del genocidio es un intento de borrarlo de la memoria y de colocar el sello ruso a la ciudad”, dice el sitio de internet kavkaz.ru, que responde al Emirato del Cáucaso.

Cerca de 37 mil policías, soldados y miembros del servicio secreto cercaron la ciudad. Sólo podrán ingresar los deportistas y los espectadores que hayan comprado entradas por internet, quienes recibirán un “pasaporte olímpico”. Los pasajeros de los trenes que llegan a la ciudad ya son revisados y escaneados; las casas han sido revisadas una a una.

Se instalaron misiles antiaéreos, se desplegaron drones en el espacio aéreo, los helicópteros de ataque están en alerta y se puso en práctica un sistema de intercepción de llamadas y de correo electrónico. La foto de tres supuestas “viudas negras” ha sido repartida en todos los hoteles y puestos de vigilancia de la ciudad.

El temor a los atentados llevó al gobierno ruso a aceptar, a regañadientes, la colaboración de Estados Unidos. Así, el gobierno de Barack Obama desplegó dos buques de guerra en el Mar Negro para desa­lojar a los habitantes y turistas si llega a ocurrir un ataque masivo.

A pesar de todo, no existe ninguna garantía de que no ocurran agresiones del extremismo islámico o separatista. “Estoy muy preocupado porque los servicios secretos rusos tienen un enfoque estrictamente militarista, pero lo más importante para prevenir un ataque suicida –la variante más probable– es la información de inteligencia, y en ese punto nuestros servicios secretos han tenido problemas durante muchos años porque sufren de falta de confianza interdepartamental”, asevera en entrevista telefónica Andrei Soldatov, especialista en las fuerzas de seguridad rusas.

Lisandro Platzer, vicepresidente ejecutivo de la cadena de hoteles Korston y consultor turístico, explica por separado: “La gente se está acostumbrando al terrorismo como un fenómeno que de vez en cuando se repite en una región u otra. Los detectores de metales ya son cosa común en la entrada de centros comerciales y en las plazas, al punto de que uno se siente extraño si entra a un lugar muy concurrido y no ve las medidas de seguridad habituales. Tal vez el riesgo de terrorismo influya más en los turistas internacionales, que de todos modos no se espera que sean la mayoría”.

Si el terrorismo no empaña la fiesta olímpica, el otro temor del gobierno es que los juegos terminen convirtiéndose en una reivindicación del orgullo gay. De hecho, ya comenzaron las manifestaciones de repudio contra la ley que el parlamento ruso aprobó en junio de 2013 y que prohíbe la “propaganda de relaciones sexuales no tradicionales”. Se registraron marchas de protesta, manifestaciones de artistas como Elton John y Madonna e incluso varios líderes occidentales decidieron no participar en la ceremonia inaugural.

Por primera vez desde Seúl 1988, ninguna alta autoridad del gobierno de Estados Unidos asistirá a la inauguración, siguiendo el ejemplo de Francia y Alemania. La delegación estadunidense será encabezada por dos atletas lesbianas, la tenista Billie Jean King y la jugadora de hockey Caitlin Cahow.

 

50 mil millones de dólares

 

Los Olímpicos de Sochi no han empezado y ya batieron un récord: son los más caros de la historia. Su costo ascenderá a cerca de 50 mil millones de dólares, cinco veces más que los juegos de invierno de Vancouver 2010. De hecho, serán más gravosos que las Olimpiadas de verano de Beijing 2008, que ostentaban el récord hasta el momento.

Alexei Navalny, un líder opositor conocido por sus denuncias y creador del Fondo de Lucha contra la Corrupción, presentó el sitio de internet sochi.fbk.info que incluye una amplia infografía sobre el costo de los juegos. Ahí documenta que el gobierno ruso mintió al aseverar que la mayor parte del dinero provino de inversionistas privados.

De acuerdo con Navalny, el capital privado no suma más de 4%, y muchas de las inversiones que no aparecen directamente en el presupuesto ruso fueron realizadas por compañías del Estado como Ferrocarriles de Rusia, Gazprom y el Vneshekonombank­ (VEB).

“Lo que llaman inversión privada es en general dinero del VEB, que ya reconoció que los créditos a los inversionistas en Sochi no son buenos y recibió garantías del gobierno de que será compensado”, dijo Navalny al diario RBK el 27 de enero. Agregó que la mayoría de estos inversionistas privados “están relacionados directa o indirectamente con las autoridades regionales o federales”.

Uno de los ejemplos es el aeropuerto de Sochi, cuya remodelación fue otorgada al conocido multimillonario Oleg Deripaska, quien reconstruyó las salas con un crédito del Estado, además de que la pista y el equipamiento fueron pagados del erario.

Otro multimillonario, Vladimir Potanin, erigió el refugio alpino Rosa Jutor, una universidad olímpica y un hotel. Recibió un préstamo del VEB por 82.6% del valor de la obra, y el mismo Potanin señaló que los costos no serán recuperados porque el proyecto sólo generará pérdidas. “Les pidieron a los oligarcas que construyeran algo, pero ellos son astutos y construyeron todo con créditos del VEB a un costo varias veces más alto”, denunció Navalny en sports.ru el 28 de enero.

El objeto más caro es el conjunto de la autovía y la ferrovía Adler-Krasnaya Polyana, que une los complejos de la costa y de la montaña. Sólo su edificación costó tanto como las Olimpiadas de Vancouver.

Vladimir Yakunin, CEO de la compañía ferroviaria rusa y viejo amigo de Putin, fue el encargado de otorgar los contratos. Dio uno a Guenadi Timchenko (también amigo del presidente ruso) y otro a la empresa Transinzhstroy, propiedad de Arkady Rotemberg, a quien Putin conoció cuando practicaba judo en su juventud. La autovía puede transportar 20 mil personas por hora, pero la capacidad máxima del centro alpino es de 30 mil 500 personas por día. “Las capacidades técnicas de la vía no serán necesarias”, dice la denuncia de Navalny.

En el estadio Bolshoi cada asiento costó 25 mil 200 dólares, al menos 2.4 veces más de lo que cuesta en otras partes del mundo. El recinto fue construido por la empresa de Viacheslav Dvorakovski, alcalde de la ciudad de Omsk.

 

Orgullo e indiferencia

Putin no quiere que nada empañe su empresa olímpica. Para frenar las críticas occidentales, en diciembre liberó al empresario Mijail Jodorkovsky, preso hacía 10 años, y a las dos activistas del grupo punk Pussy Riot que permanecían detenidas desde 2012.

Desde Moscú, Lev Gudkov, director del centro de análisis de la opinión pública Levada, afirma vía telefónica que “en general la gente apoya, porque considera que los juegos aumentan el prestigio de Rusia, pero hay muchas críticas a los gastos y a la corrupción y existe el temor de que se repitan los actos terroristas”.

El consultor Lisandro Platzer abunda: “Hay un sentimiento de apatía sarcástica, la gente ve la corrupción y el robo de dinero, pero nadie lo toma como algo muy grave, quizá porque la gente ya está acostumbrada o porque hay cosas peores, como la inflación, la reforma de la educación introduciendo materias pagas en las escuelas públicas y, ahora, la devaluación”.

La publicidad sobre los juegos es abrumadora y se intensificó en los últimos días. Hasta políticos de oposición, como Guennadi Ziuganov, dirigente del Partido Comunista, han abandonado sus críticas y se unieron al espíritu de unidad nacional: “Obligatoriamente participaré de la ceremonia de apertura y de los últimos tres días, porque las Olimpiadas no son un acontecimiento ruso, sino mundial, y no podemos quedarnos a un lado. Las construcciones olímpicas, después, estimularán los deportes infantiles y juveniles y eso será una gran ventaja”, declaró al diario Kommersant.