“Bekas”

El cine de niños expuestos a la injusticia social o a los horrores de la guerra es uno de los géneros que mejor ha desarrollado el cine en Medio Oriente: Abbas Kiarostami (¿Dónde está la casa de mi amigo?), Majid Majidi (Niños del cielo), Bahman Ghobadi (También las tortugas pueden volar), están entre los directores más destacados. De maneras diferentes, la imagen del niño disfraza mensajes anti-totalitarios; inocencia, sobrevivencia y aprendizaje pasan de contrabando denuncias políticas que de otra forma quedarían censuradas.

Bekas (Suecia-Finlandia-Irak; 2012) es la extensión de un corto con el mismo nombre con el que se graduó el kurdo Karzan Kader en la Academia de Estocolmo y con el que luego ganó un Student Oscar. En comparación con el presupuesto con el que trabajan los directores iraníes o afganos, el otorgado a Bekas (dos millones de euros) fue elevado, y se nota en la calidad de la producción, fotografía y música. Privilegio que el director y su equipo pagaron caro trabajando en condiciones de máximo riesgo, a veces en medio de balas y bombas.

Zana y Dana, siete y 10 años, hermanos huérfanos que viven a la intemperie; un día ven, por el agujero de un cine que llega a Kurdistán, la película Superman (1990), y deciden viajar a Estados Unidos para conocer al héroe de Kriptón; Zana escribe una lista, encabezada por Sadam Hussein, de los villanos que Súper debe castigar. Suena a bobada y lo es: Karzan Kader sostiene el absurdo de la propuesta hasta sus últimas consecuencias, los chicos encuentran la manera de hacerse de un burro y sobre éste emprenden un viaje que los conduce por las zonas militarizadas más peligrosas.

El oportunismo del director, niños, guerra, simpático burrito, parecería evidente, pero ocurre que la historia tiene tintes autobiográficos, pues Karzan Kader emigró en la infancia a Suecia, donde creció. Y como reza una de las frases más sabias de García Márquez, que no me canso de repetir, la realidad  puede  ser  peor que la mala literatura: Kader también quería viajar a los E.U. de niño con una lista de villanos, no para hablar con Supermán sino con Rambo.

Resulta obvio que Bekas, palabra en kurdo asociada a la soledad y a la orfandad, es un ajuste de cuentas del director con su propia infancia en Kurdistán; el problema es la falta de distancia, la ausencia de ironía ante la realidad del lado estadunidense que el adulto Kader, educado en Suecia, tendría ahora que asumir. Puede argüirse que el héroe de acero y el mapa estadunidense no son más que elementos de  fábula  para  estos huérfanos del régimen de Hussein, y que su película sólo está narrada desde el punto de vista de los niños; pero la realidad de este lado, el que se conoce por acá, es tan cruda como la del de allá.

Lo que redime a Bekas es el pulso seguro en la dirección, la forma en que escapa a la influencia neorrealista (Zana y su  hermano son limpiabotas) y se convierte en un cuento de Las mil y una noches, plagado de ogros y magos; y lo más notable, la ausencia de sentimentalismo.