BOGOTÁ.- Linda, una joven de 21 años con grandes ojos melancólicos y eufórica de bazuco, vive en el hervidero del Bronx desde hace tres años. Tiene una pareja, Mauricio, y juntos salen a robar todos los días para mantener el vicio. En las calles del centro de Bogotá arrebatan celulares, cadenas, bolsos, y corren a intercambiar las especies por bichas (papeletas) de bazuco.
–Me encanta el bazuco –dice Linda–. ¿Qué hago? Me gusta.
–¿Cuántas papeletas consume cada día?
–Como 20 o más.
Ella necesita entre 20 y 25 dólares al día para mantener ese consumo. Mauricio otro tanto, más unos cinco dólares entre los dos para su alojamiento en las cloacas del Bronx y para alimentarse. A veces alquilan un revólver para hacer “robos más duros a la gente de plata”. Él porta siempre un cuchillo viejo, de cocina, y afirma que lleva “tres muertitos seguros y otro par que no sé si quedaron muertos”.
–Con un buen pipazo (dosis fumada de bazuco) uno pica a quien sea y no se siente nada –asegura–. Es más la necesidad de volver a la bicha.
El bazuco es la droga del proletariado, del lumpen. Se elabora de residuos de cocaína y macerando las hojas de coca de mala calidad. La savia que resulta se disuelve con bicarbonato de sodio, gasolina, ácido sulfúrico, éter o cloroformo y se filtra. Los ganchos (pandillas) que ponen su marca en las papeletas rebajan la droga con azúcar o harina. Es un veneno altamente adictivo que produce euforia momentánea seguida de ansiedad, escalofríos y dolores de cabeza que orillan al consumidor a buscar desesperadamente más dosis.
–Uno sufre –dice Linda–. ¡Pero qué! Uno se echa otro pipazo y ya.
La joven habitante del Bronx ha ejercido la prostitución y tiene un hijo de dos años cuyo padre no sabe quién es. El niño vive con su mamá, en la populosa localidad de Bosa, en el sur de Bogotá, donde ella nació en una familia de extrema pobreza. Dice que después de “muchos hombres, más de 10” en su vida, en Mauricio encontró el amor. Está drogada, bien trabada de bazuco, pero dice que por fin encontró el amor.
En el Bronx hay hombres y mujeres que se aman y forman familias en las cuales hay madre, padre e hijos. Los padres quieren a sus hijos pero consumen drogas y ésa es su prioridad. En sus pocos momentos de conciencia los cuidan, pero la mayoría del tiempo son los menores quienes cuidan a sus progenitores. Éstos no tienen empacho en fumar frente a ellos sus pipas de bazuco y sus cigarros de mariguana, lo cual convierte a los niños en consumidores pasivos de esas drogas.
La Libelulosa
El jardín infantil La Libelulosa es un proyecto de la alcaldía de Bogotá que atiende cada día a 70 niños del Bronx, desde recién nacidos hasta menores de seis años, a quienes alimenta, cuida, educa y trata de inculcar hábitos que sus padres –que participan en talleres familiares como parte del proceso pedagógico– han perdido, como jugar o asearse.
La directora del centro, la pedagoga Cindy Alba, dice a Proceso que los niños llegan con mucha afectación emocional, temerosos del mundo.
–Nunca te miran a los ojos –explica–, tienen sus caritas llenas de miedo y desconfían mucho al principio. El mundo de ellos es al revés en muchos aspectos. Están acostumbrados a vivir de noche, que es cuando sus padres se carramanean (se drogan hasta la inconsciencia), como ellos dicen, y a dormir de día. Aquí duermen mucho.
En el jardín infantil –a una cuadra del Bronx e inaugurado en marzo pasado– hay colchonetas y cunas para las largas horas de siesta, así como cocina, un gran comedor, regaderas, áreas de juego y aulas donde las maestras intentan enseñarles los colores, las primeras letras, como en un kínder cualquiera. Pero no es fácil porque la mayoría tiene problemas cognitivos.
–Sus madres –señala la directora– consumieron droga durante el periodo de gestación y, una vez que nacen, ellos son consumidores pasivos porque inhalan lo que fuman sus padres. Uno los mira casi siempre aletargados, con mucho sueño, y su proceso de aprendizaje es más lento. También es frecuente que tengan problemas motrices porque la droga afecta su desarrollo muscular.
–¿Los niños saben que algo no está bien con sus vidas y que sus padres están actuando mal?
–Sí –afirma Cindy–, ellos saben. “Qué pereza usted”, le dicen a la mamá, y tienen muy desarrollado el sentido del olfato. Están acostumbrados a que sus papás huelan a bazuco; entonces a uno lo huelen, por ahí distinguen a las personas.
Los mismos niños están impregnados del olor a bazuco, un olor farmacéutico, acre, como el de un laboratorio tras una explosión. Sus cuerpos, sus ropas, sus cobijas, huelen a bazuco. Ellos consumieron esa droga en el vientre materno y en el periodo de lactancia, y lo siguen haciendo en los cuartos miserables del Bronx donde viven con sus padres y con otros adictos en un entorno de violencia y debacle social.
Lo primero que deben hacer los papás cuando llegan con sus hijos a La Libelulosa es bañarlos, para lo cual les proporcionan jabón, toallas y una regadera; pero por más que los tallan el olor no cede. Los salones, los dormitorios, las maestras, acaban impregnados de ese aroma picante y vaporoso que se aferra a la punta de la nariz.
–Eso adormece a cualquiera –dice la profesora Tatiana, a cargo de los recién nacidos– y seguido nos duele la cabeza.
El jardín infantil funciona de siete de la mañana a cuatro de la tarde y la única recomendación, más que exigencia, para los padres es que lleguen en un estado en que por lo menos puedan reconocer a sus hijos. Las maestras nunca les dicen que dejen de consumir, pero muchos de ellos acaban por sentir vergüenza y cuando menos evitan llegar carramaneados.
–¿A ustedes no los tienen amenazados los ganchos? –le preguntamos a Cindy.
–No. Ellos saben que estamos cuidando a sus semillas y no se meten con nosotros. Las familias del Bronx, como cualquier familia, cuidan sus nichos, sus semillas.








