“Extraños en un tren”

La estupenda anécdota que Patricia Highsmith desarrolla en su novela policiaca Extraños en un tren nos invita a asistir a la obra de teatro que actualmente se presenta en el Telón de Asfalto bajo la dirección del argentino Manuel González Gil, también director de Made in Mexico. Desgraciadamente la visión del director reduce la obra a un sobreactuado melodrama con elementales resoluciones escénicas.

La original anécdota de Extraños en un tren parte del encuentro de dos desconocidos en el comedor de un tren, donde uno de ellos propone un trato siniestro para ser libres: él mata a la esposa del otro para poder casarse con quien realmente está enamorado y el otro mata a su odiado padre para heredar. El que recibe la propuesta se escandaliza y la rechaza pero aun así su mujer es asesinada. Al arrancar el conflicto del drama, el hilo conductor de la historia gira alrededor de la presión que el ejecutor del crimen ejerce sobre el otro para que cumpla con el plan, aunque no haya sido acordado.

El suspense que sugiere la novela  no logra realizarse en la puesta en escena dado el concepto que el director tiene en su realización. La verosimilitud en las actuaciones, que resulta fundamental para que el espectador pueda entrar emotivamente en lo que está viendo y oyendo, es sustituida por una interpretación actoral falsa y formal. El exceso en la actuación de Luis Alberto Guzmán caricaturiza al personaje. Si bien el actor puertorriqueño se da a conocer en México protagonizando la serie televisiva El Pantera (por la fuerza que imprimía a su personaje), en la obra sólo vemos un personaje exaltado, en pose constante y sin trabajo interior.

Lo mismo sucede con su madre, Sylvia Pasquel, y con Claudia Álvarez, la nueva esposa. El tratamiento melodramático –como si el público sólo quisiera seguir viendo telenovelas– impide apreciar la transformación que los dos personajes femeninos sufren en el camino: la primera inicia teniéndole un amor incondicional a su hijo, mientras que la nueva esposa de ser la niña buena y casadera adopta una actitud fuerte y arriesgada. Mayor consistencia actoral muestran el coprotagonista interpretado por Luis Ernesto Franco, y sobre todo la intervención en el segundo acto de Salvador Pineda en el papel del detective que expresa su doble comportamiento: servicial frente a la madre y hosco y violento hacia el hijo consentido.

El director Manuel González Gil se decide por una escenografía convencional que no llega a ser ni realista ni conceptual. Una estructura pesada con escaleras, balcón, puerta corrediza y muebles de oficina confunden al espectador para ubicar a los personajes en un comedor de tren, en la casa de la nueva pareja o de la madre, el hotel o un salón de boda.

El sonido, que intenta simular la musicalización de Hitchcock en un clásico thriller, no funciona en el teatro pues se vuelve obvia la intención de enfatizar las situaciones, subrayar los momentos emotivos o tratar de crear tensión al no encontrarse en la escena. Desgraciadamente el anquilosado equipo de sonido del teatro Telón de Asfalto aumenta el problema, pues retumban las bocinas y la falta de sonorización hacen que la voz, transmitida por micrófonos particulares en cada actor, se unifique en su transmisión y se pierda la ubicación real del personaje y sus palabras.

Extraños en un tren, cuyo director también estrenó este mismo montaje con otro elenco en Argentina y otros lugares, no resulta una grata experiencia en la Ciudad de México, donde la oferta de directores de calidad podría haber ayudado a salir airoso este proyecto del productor Sergio Gabriel.