A Shane Carruth hay que presentarlo: matemático, ingeniero en diseño aéreo, en su corta carrera como director de cine funciona como hombre orquesta que escribe, dirige, actúa, produce, edita y compone la música para sus películas.
Apenas dos a la fecha, ambas premiadas en Sundance: Primer (2004), una historia de ciencia-ficción rebuscada como los dibujos de Escher, pasó desapercibida; con Los colores del destino (Upstream Colour; E.U. 2013), la segunda, Carruth se establece como uno los más originales talentos fuera del circuito de Hollywood.
A Kris (Amy Seimetz) la secuestra un extraño personaje que le roba la identidad; le hace tragar un gusano que afecta la percepción de la realidad; también la obliga a memorizar el Walden, la colección de ensayos que escribió Thoreau acerca de la vida en comunión con la naturaleza. Poco después Kris intenta extraer los gusanos de su cuerpo con un cuchillo; aparece el colector de muestras que saca al gusano por medio de sonidos. Conoce a Jeff (Shane Carruth), un hombre con quien tiene una empatía misteriosa y quien parece haber sufrido una suerte parecida a la suya. Sigue una historia de amor y episodios misteriosos donde se combinan percepciones extrasensoriales, ciclos de parásitos entre humanos, cerdos y orquídeas azules.
La tendencia, cuando aparece un director que se expresa con un lenguaje diferente, o que pertenece a una cultura ajena a los códigos occidentales, es reducirlo a sus influencias; quizá debido a una disonancia cognoscitiva, la necesidad de llenar huecos en el conocimiento. En relación a Carruth se mencionan dos canales principales: Terrence Malick y David Lynch. El legado de Malick es evidente en cuanto a la celebración de la vida, la crítica del mercantilismo y la invitación a la contemplación de la naturaleza. La atracción de Malick por el trascendentalismo americano ha sido ya comentada en este espacio.
De Lynch se reconoce un tanto de la atmósfera pavorosa y alucinante, el desbordamiento de flujos inconscientes, un tanto de la lucha entre la luz y la sombra. Habría que agregar a Kiyoshi Kurosawa en su etapa tenebrosa de ecologista radical (Futuro brillante, 2003); los ciclos que involucran humanos, vegetales y puerquitos se asocian claramente a una novela de ciencia-ficción de Orson Scott Card (Genocidio).
La verdad es que Los colores del destino propone una manera diferente de hacer y ver cine que no puede explicarse por las influencias del director. Lo ideal sería ver la cinta sin preconcepciones; el diálogo que propone Shane Curruth acerca de la naturaleza de la identidad, las leyes de la herencia, el azar, la manipulación genética, no es con Lynch o con Malick, sino con el espectador. La poesía visual de este matemático tiene aún mucho que madurar, sus metáforas oscilan entre lo demasiado suelto y lo muy apretado. Para un obsesivo controlador como se describe a sí mismo en las entrevistas, Curruth tiene que soltar más y afinar su propio ritmo.








