Cinco jóvenes deambulan perdidos por un bosque, entre bello y tenebroso, en algún lugar de Argentina; no parecen apurados por salir, se entretienen con juegos de palabras, conversaciones vagamente filosóficas, flirteos, zambullidas en un lago. Eventualmente les toca enfrentar una verdad muy cruel.
Más que contar una historia, Leones (Argentina-Francia-Países Bajos, 2012), primer largometraje de la artista visual argentina Jazmín López, propone una experiencia más allá de los sentidos. Sin temor a pasar por pedante, abandona al espectador en un bosque de citas literarias y visuales que opacan no sólo su relato, sino la originalidad y la fuerza de su propuesta artística.
Los juegos de palabras refieren a Hemingway, a la poesía del haikú; un juego de volibol sin pelota a la Blow Up de Antonioni; de este mismo proviene el ritmo lento, el tono opresivo y el impacto de la revelación final. La visión de la naturaleza, el diálogo con el viento y con la luz, citan abiertamente a Malick y a Tarkovski. Pero la visión alucinante de una naturaleza amenazante, plagada de espíritus, quizá sin Dios, es de la propia realizadora.
Leones, sin embargo, carga con dos bultos que entorpecen, en primera instancia, su propuesta poética; uno es contarle una historia de un género muy conocido a un público muy curtido con los géneros que Hollywood maneja muy bien; el enigma se hace obvio a las primeras de cambio, y como la directora rehúsa dar señales claras de su intensión, el espectador no advertido se fastidia con los largos recorridos de la cámara, la casi total ausencia de rostros; excepto uno, los personajes son prototipos borrosos, imposible identificarse con ellos y poco importa lo que les ocurra.
La situación de los cinco muchachos es obvia desde la segunda secuencia cuando uno de ellos despierta y descubre a los otros; desafortunadamente el género exige suspenso y pistas falsas; si el guión destapara las cartas desde el inicio, el lirismo de Leones, su metafísica visual a base de ramas que se agitan, rayos de luz que se mezclan con la lluvia, podría apreciarse holgadamente.
Los comentarios, que reconocen la belleza de Leones, se quejan del exceso de citas, una especie de engolosinamiento con los autores a los que la directora rinde homenaje, el otro bulto de la cinta; pero el problema no son las referencias, sino el riesgo innecesario del collage. Según comenta Jazmín López, la historia le llegó por sí misma, la idea era experimentar con imagen y tiempo. Leones requiere verse más de dos veces para liberarse de su historia, dejarse llevar por su ritmo y apreciar su belleza extraña.
Con sólo una veintena de planos secuencias, steadicam al hombro a cargo del fabuloso Matías Mesa, cinefotógrafo de Gus van Sant (Elephant), Jazmín López fabrica una espiral por la que transita la cámara (el verdadero personaje de Leones), sobre el filo de la muerte y la vida, el sueño y la realidad.








