Acotada por dos extremos geográficos que la publicidad insiste en marcar, el origen regiomontano del director Jesús María Lozano y la intención abierta de promover el turismo de Cozumel, Ventanas al mar (México, 2012) corre el riesgo de quedar estampada en ese cuadro. Linderos obvios y harto respetables que sin embargo disfrazan un filme intimista, arriesgado en su propuesta y, sobre todo, experimental. Una pareja joven de mexicanos (Raúl Méndez y Natalia Córdova) pasa unos días en un hotel en las playas de Cozumel; ahí conocen a una pareja española de viejos (Fernando Guillén y Charo López) que se hospeda en el cuarto de junto. El acercamiento entre ellos provoca una especie de cataclismo psíquico que el guión del mismo Lozano se toma el tiempo de preparar y explorar.
Desde su primer largometraje, Asi (2005), Lozano mostró la habilidad para producir atmósferas de intimidad y mantener el interés del espectador dentro de un ambiente claustrofóbico. Ventanas al mar puede verse como la antítesis de la primera en tanto que el horizonte se abre por completo, y ofrece un espacio tan amplio como el mar; la fotografía de Juan José Saravia destapa al Caribe en todo su esplendor, playas, foto submarina, mar adentro. Pero la sensación de opresión también funciona aquí; las ventanas, que abren el panorama, dan la sensación de que las parejas están constantemente expuestas a fuerzas que no pueden controlar.
Inquietud y presagio empañan la intensidad de la vida erótica de la pareja joven, mucho por el voyerismo de la otra pareja sobre la que flotan decadencia y muerte; el mar, la vida, sabe más que todos ellos juntos. Es este sentido en el que la propuesta del realizador resulta bastante arriesgada. No es fácil controlar una metáfora de tal calibre. Quizá por ello, en casi todas las entrevistas Lozano apunta que el mar figura como el quinto personaje; la guía de lectura para el público insiste en algo que depende de la imagen y del drama, de “ese mar nocturno que llevamos dentro”, según la cita que hace de Xavier Villaurrutia. Si la intención es poética, mejor no reducirla y dejar que se explique por sí misma; el mar no sólo cuenta como personaje, es muchas cosas más, reflejo del inconsciente de cada de uno de ellos, destino, metáfora de vida.
Uno de los privilegios del cine nacional frente a la competencia de Hollywood es la libertad que se toma para experimentar, cosa que el público mexicano aprecia bien siempre y cuando sienta que se respeta su inteligencia. Las tres cintas de Lozano dan prueba de ello; su rasgo principal parece ser un amor por la geometría como lo muestra desde la primera, Asi, construida totalmente a base de secuencias de 32 segundos –la segunda fue Más allá de mí (2008)–.
Si de personificaciones se trata, en Ventanas al mar la geometría sería una de ellas; una fuerza tan dinámica como el mar. Constante tensión entre la línea y el círculo, la contigüidad y la simetría de dos parejas, dos habitaciones, el mar y cada uno de los personajes, la relación de espejo entre las parejas, permutación de roles, inversión, proyecciones a futuro (envejecer juntos), reflejos del pasado (como fuimos antes), adentro y afuera, vida y muerte, amor y odio, paraíso e infierno que el mar contiene en sí.








