Cuando los ideales se agotan porque la realidad los aplasta sólo queda recurrir a la utopía para seguir caminando. Bajo esta mirada, la Compañía Teatro sin Paredes cierra su primera temporada del espectáculo multidisciplinario Utopya presentado en la Casa del Lago, proyectando presentarse el año que entra en ese u otros espacios alternativos.
El espectador que asiste a esta propuesta se encuentra inmiscuido directamente con los actores, cantantes, bailarines y las proyecciones que se muestran. No hay una cuarta pared sino un teatro participativo donde puede uno quedarse como observador de esta interacción o bailar, cantar y formar parte activa del hecho escénico.
Utopya es un recorrido de más de dos horas por los espacios exteriores e interiores de la Casa del Lago en el Bosque de Chapultepec, el cual está dividido en dos partes. En la primera el espectador elabora su propia ruta a partir de los nueve performances que se le ofrecen, de los cuales sólo es testigo de seis y en los cuales los actores también transitan por esos nueve momentos.
Los performances van desde el contemplativo “Lo importante es ser feliz” hasta el violento “Mandala”. En el primero se nos ofrece observar a dos mujeres desnudas que se miran o miran al horizonte mientras sobre sus cuerpos aparecen aves volando, mar, cielos y naturaleza, invitándonos a la pacificación del alma. En “Mandala” los espectadores están en el perímetro de un cuarto, mientras un grupo de más de 15 jóvenes ocupan la habitación donde progresivamente aumentan su caminar hasta llegar a chocar unos con otros, golpearse y caer vencidos, afectados emotivamente por la agresión generada.
En la segunda parte de este espectáculo dirigido por David Psalmon y la dramaturgia de Guillermo León, tanto los espectadores como los actores se manejan en grupos y nos presentan dos caras de una misma moneda: la situación en la que nos encontramos y las posibilidades del cambio. Así, sus movimientos repetitivos como si se estuviera en una fábrica, se convierten un baile donde hasta los capataces olvidan su tiranía y comparten la música. Tomás Moro explica sin explicar su concepto de Utopya; los zapatistas, hombres y mujeres sin rostro, cuentan su experiencia y su perspectiva de lucha y cambio para que después los pepenadores de Brasil irrumpan con una batucada que reparte instrumentos al público para que también éste colabore haciendo ritmos.
Con atrevimiento, la propuesta sugiere que la utopía sea abanderada por piratas considerándolo un grupo social fuera de la ley que crea sus propias reglas y “hacen lo que se les da la gana”. La fiesta final, llena de colorido, adquiere un tono didáctico que nos indica qué pensar, cómo actuar y cuáles sentimientos son los buenos.
El llamado a que el espectador se involucre activamente, es el enfoque principal de la segunda parte, la cual para unos resulta divertida, pues hacen música, corren debajo de un paracaídas o bailan y festejan en la isla de los piratas; y para otros son sólo dinámicas que, a pesar de su contenido, se queda en algarabía. Utopya es una propuesta escénica enriquecedora.








