“Todo mundo tiene alguien menos yo”

Alejandra (Andrea Portal) es una treintañera, intelectual y deliberadamente sofisticada, tan pedante que a duras penas parece soportarse a sí misma; María (Naian Daeva) vive en Coyoacán, está por terminar la prepa y, como tantos jóvenes de su entorno, anda pegada al celular, le gustan las fiestas, el alcohol y las drogas. El romance entre ellas es intenso, la primera se obsesiona y a la segunda le cuesta respirar bajo la tiranía de la amante.

Si se acepta que los personajes y el contexto en que se mueven sólo existen en esta película, Todo el mundo tiene alguien menos yo (México, 2012), primer largometraje de Raúl Fuentes, resulta un deleitable estudio de caracteres filmado en negro y blanco.

La fotografía de Jerónimo Rodríguez compone un universo cerrado, una intimidad constante, supuestamente desde el punto de vista de la rigidez de Alejandra; pero el halo de cine de arte de los sesenta, la fluidez del ritmo, va directo a la sensibilidad del espectador e impone una distancia hacia el mundo interior de la obsesiva y dominante enamorada. La cámara y sus desplazamientos, por ejemplo, como ocurre a la salida de la fiesta donde se descubren jóvenes vomitando, ligues, encuentros amorosos, despedidas, comentan cosas que Alejandra no ve ni quiere ver.

Raúl Fuentes eligió para su protagonista la profesión perfecta, editora de libros; puntillosa e inflexible, Alejandra analiza todo de manera lógica y eficaz; lo peor para ella misma es que tiene razón; enemiga implacable del lugar común, tiene una respuesta para todo. Así, frente a una pintura, escupe que no todo lo blanco es minimalista, si no el papel de baño sería minimalista. El comentario podría implicar un ingenio estupendo, el problema de esta mujer es que carece por completo del mínimo sentido de humor.

Muchas de las críticas contra Todo mundo tiene alguien menos yo pierden de vista que el problema de la relación entre Alejandra y María no estriba en la diferencia de edades, sino en el choque de temperamentos. La chica, abierta a aprender y conocer, con vocación de pintora, sería la discípula ideal para una maestra de tiempo completo obcecada, aparentemente, en formar a alguien como ella; pero Alejandra tiene veta de artista , vive abierta a lo que ocurre a su alrededor. Acierto notable de esta cinta es la química entre estas dos mujeres que se desean, disfrutan el encuentro amoroso y a la vez se repelen mutuamente. Cuando se habla de química entre personajes no debería olvidarse que la repulsión es parte de las mismas leyes.

Se anuncia que Raúl Fuentes prepara una cinta de vampiras lesbianas; el chisme viene a cuento porque la expectativa revela, a la manera de una prolepsis (salto a futuro en un relato), la vocación vampírica de Alejandra. Como ocurre con Lili Taylor, la filósofa convertida en vampiro en la cinta de Abel Ferrara La adicción, su apetito busca más la posesión de un alma que de un cuerpo.