“Piedad” en la Muestra

Insólito al grado de causar asombro, el cine surcoreano representó la cinematografía más original en Asia durante la pasada década del 2000; así, fue que la boga permitió que Kim Ki-duk, cuya obra se conoce casi completa en México, figurara como el director coreano más popular, aunque en su país sólo sea mencionado como el que tiene éxito en Europa. Piedad (Hangul; Corea del Sur, 2012) ha sido la primera cinta de ese país premiada en un festival tan importante como el de Venecia, donde ganó el León de Oro, pese al escándalo de parte de la crítica.

Kang-do (Lee Jung-jin), al servicio de la mafia, es un recolector de deudas que disfruta infligir accidentes a los deudores para cobrar seguros de trabajo; un día aparece una bella mujer madura (Jo Min-su) declarando ser su madre y pidiéndole perdón por haberlo abandonado en la infancia. La estructura psíquica y mental del tipo se trastorna por completo.

Una buena manera de describir a Kim Ki-duk es la de predicador; cada una de sus películas funciona como parábola, en contra del capitalismo, el racismo, el abuso hacia los débiles y la crueldad hacia los animales, la dominación sexual, la moda y vanidad de la cirugía estética, en fin, contra todo tipo de egoísmo y exceso; temas como crimen, castigo y redención son constantes en su obra. Y aunque parezca un contrasentido, pocos directores coreanos recurren a tanta crueldad hacia los animales, tanta sangre y crueldad en sus cintas como lo hace él.

Apreciar plenamente el cine de Kim Ki-duk supone estar abierto a regaños y escenas que imponen cerrar los ojos debido a la carga de violencia y brutalidad (una crítica americana propone no abrir los ojos hasta el final de la cinta). La verdad es que el arte del montaje de Kim es tan eficaz que no hay que perder detalle para entender que las escenas de violencia quedan a cargo de la mente del espectador que completa la propuesta visual del director; lo insoportable es el concepto de transgresión moral que impone. Una madre masturbando al hijo, o el hijo tocando los genitales de la madre preguntando si de ahí salió y si ahí puede regresar; o secuencias de máquinas trituradoras mutilando y desgarrando a los endeudados pequeños comerciantes.

Al igual que en otras de sus películas (La niña samaritana, Las cuatro estaciones), Kim lleva la situación al extremo, la injusticia social tiene un efecto aniquilador sobre las relaciones humanas. La famosa escultura de Miguel Ángel que da nombre a la cinta es una imagen que obsesiona a este realizador, comprende, para él, el dolor extremo y la posibilidad de redención de una humanidad caída. Hiperbólico por temperamento, Kim emplea temas que el cine explota normalmente para conquistar  a su público como el sexo y la violencia, pero éste siempre de manera inflada, incómoda y anti-climática (La isla).

Azote de Dios que castiga a su espectador para luego llevarlo por el camino de la compasión, a este predicador se le perdona el complejo de profeta porque resulta fascinante, para un cinéfilo, comprobar que la necesidad de evangelizar de este director lo hace reventar un universo de miedos y obsesiones.