Se acaba de estrenar en el Foro Shakespeare la obra de teatro Tío Vania de Chéjov en versión libre y dirección del joven Diego del Río, donde, atinadamente, los ejes de la puesta en escena son la contemporaneidad de la historia y la naturalidad y veracidad en la interpretación actoral.
Seguida de múltiples puestas en escena de obras de Chéjov, nos encontramos con esta refrescante propuesta de un Tío Vania accesible al público y significativamente emotiva. Diego del Río se ocupa de volver los problemas de personajes del siglo XIX en problemas de cualquier persona de nuestro presente. Aunque se plantee su atemporalidad, la inmediatez con la que está trabajado el texto y la síntesis hecha a los cuatro actos contenidos en el original de Chéjov, vuelven dinámico el tiempo detenido en el que sucede esta pequeña historia… Pequeña en apariencia, porque el drama que vive cada personaje está tan perfectamente bien desarrollado por Chéjov que dota a la vida de sus personajes de gran complejidad.
El argumento del Tío Vania parte del trastocamiento que sufre la vida de Vania (Víctor Hugo Martín), su madre (Paloma Woolrich), su sobrina Sonia (Adriana Llabrés) y la Nana (concepción Márquez), con la llegada del profesor Serebriakov (Fernando Becerril). El profesor, viudo de la hermana de Vania, se ha vuelto a casar con la joven Elena (Gabriela de la Garza), de la cual están enamorados el no correspondido Vania y el doctor que los visita (Moisés Arizmendi). El profesor tiene planes de dar un giro a sus modos de vida, lo cual provoca la explosión final.
La melancolía, el desasosiego y desesperanza de la obra nos adentran en una realidad de la que no es posible librarse. La vida ha pasado por encima de los personajes; o la han dejado pasar sin hacer nada; sólo seguir su flujo que, en casi todos, es contraria a sus más hondos anhelos. Los amores no correspondidos, la frustración que caracteriza a Vania y el desamor que le profesa su madre van acompañados de la infelicidad de Elena y de Sonia.
En la versión libre de Diego del Río llama la atención el relieve que adquieren los personajes femeninos: los desamores de Elena y Sonia, su complicidad y las renuncias a las que son capaces, así como la presencia de la madre, que, aún cuando sean pocas sus palabras, marcan la atmósfera del momento. Su poder, el desprecio por su hijo y la idolatría que profesa a su yerno impregnan de rencores y dolor tanto a los espectadores como al propio Vania.
Las problemáticas que Chéjov aborda en sus obras son profundas dada la agudeza del autor para dibujar a sus personajes desde el fondo de su alma. Por eso es interesante, aunque extenuante, observar la cantidad de puestas en escena que se han hecho del Tío Vania: tenemos, por ejemplo, la dirigida por Ignacio Retes y José Solé en 1960 en el Teatro Xola, la de Ludwik Margules en 1978, las versiones argentinas que en 1991 escribió Griselda Gambaro y la de Daniel Veronesse del 2008, la de la Compañía de San Petesburgo que se vio en el Festival Cervantino en 2011, o la de David Olguín con traducción de Ludwik Margules que comparte ahora cartelera con la de Diego del Río. …. y sólo por citar las que están más a la mano.
La realidad de Chéjov, o más bien, el tratamiento que Chéjov hace de la realidad basándose en el despojo de cualquier heroísmo en sus personajes, así como mostrar hasta el más mínimo detalle de su ser a partir de su comportamiento, lo han vuelto un autor universal y entrañable… Y repetidamente puesto en el escenario.








