La oferta de dos espléndidas obras de Saturnino Herrán y Rufino Tamayo en las subastas de arte latinoamericano que se realizaron entre los pasados 14 y 19 de noviembre en la Ciudad de México y en Nueva York, permite ubicar el deprimido y ambivalente estado de valor en el que se encuentra el arte moderno de México.
Con piezas de notable calidad artística y muy baja cotización, este arte, aun cuando puede ser un atractivo imán para los inversionistas y coleccionistas que compran barato con la seguridad de que los precios se incrementarán, bien merece una revaluación de su identidad simbólica y comercial que derive en la reconstrucción de su valor.
Por su historia, unicidad y extraordinaria resolución pictórica, el óleo monumental correspondiente al tablero izquierdo del friso Nuestros dioses, de Saturnino Herrán (1887-1918), fue la pieza más sobresaliente. Concebida para formar parte de la decoración del Teatro Nacional durante el régimen porfirista –antecedente del Palacio de Bellas Artes–, la obra quedó inconclusa debido a la muerte del artista a los 31 años. Subastada por la casa López Morton en el Distrito Federal con un precio de salida de 50 millones de pesos, la obra no fue adquirida.
Aun cuando la cotización fue considerada muy alta entre algunos conocedores, es pertinente compararla con el precio pagado en la subasta de Nueva York por una pintura de Rufino Tamayo proveniente del Museo de Arte de Cleveland, Estados Unidos. Realizada en 1946 y adquirida por el museo en 1947; la obra de mediano formato Mujer alcanzando la luna fue vendida por un millón 445 mil dólares (aproximadamente 19 millones 290 mil 750 pesos). Si bien es interesante porque corresponde a la transición cromática que experimentó Tamayo a mediados de la década de los cuarenta, la pieza no tiene la relevancia histórica del Saturnino y, considerando que el lienzo de Herrán mide aproximadamente 1.75 x 5.3 metros, su pintura no resulta tan cara.
Sin embargo, hay una diferencia entre ambas que se debe tomar en cuenta: la declaratoria como monumento artístico de Saturnino Herrán. ¿Hasta qué punto estas declaratorias han detenido el incremento de las cotizaciones? La decisión de dos museos estadunidenses de subastar obras de Tamayo –el otro fue el County Museum of Art de Los Ángeles, Niños jugando, de 1945, vendida en 425 mil dólares (5 millones 652 mil 500 pesos aproximadamente)–, devela que la demanda de esta firma se encuentra en un buen momento.
La fallida venta del Saturnino Herrán detona reflexiones que derivan en la gestión gubernamental de las artes visuales. Además de la depreciación en el valor simbólico del arte moderno que han ocasionado algunos funcionarios (Proceso 1882, 1931), el uso del presupuesto para adquirir obras de arte debe reestructurarse y la desconfianza ante las instituciones debe atenderse. El despilfarro en el apoyo que brinda el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a galerías privadas para asistir a ferias internacionales e, inclusive, el fondo destinado para otorgar becas a creadores que destacan por la vitalidad de su mercado, podría destinarse para construir un fondo de adquisición para piezas emblemáticas.
En lo que corresponde a la iniciativa privada, es revelador que ninguna asociación civil haya adquirido la pieza para donarla a algún museo público. Activos en el uso de las instalaciones museísticas del Instituto Nacional de Bellas Artes para sus eventos sociales, los patronatos se mantuvieron ajenos al beneficio de integrar la pintura de Herrán en una colección pública.








