El cine japonés se reinventa. La prueba, De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni Naru; Japón, 2013), presente en esta edición de la 55 Muestra Internacional; sin recurrir a la nostalgia o a la cita directa, el director Hirokazu Kore-eda incorpora el aplomo y la poesía de maestros como Ozu o Mizoguchi a un relato que retrata la vida moderna del país, sus riegos y pérdidas.
Desde sus primeros trabajos: Maborosi (1995), After Life (1998), Kore-eda mostró aptitud para contar historias rebuscadas con una sencillez capaz de convertir una situación imposible, lo que ocurre después de la muerte, por ejemplo, en meditación espontánea sobre el amor y el sentido de la vida.
La anécdota de De tal padre, tal hijo: Una pareja que ha creado a un hijo por seis años y descubre que los bebés fueron cambiados en el hospital y por lo tanto el hijo verdadero ha crecido con otros padres, se prestaría a demasiadas complicaciones y giros de tuerca. Aunque la serie de paralelismos, contrastes y juegos de opuestos divierten con sus mal entendidos y destapes, la dinámica de reflejos y antítesis sociales y psicológicos es clara, incluso predecible: una familia acomodada pero poco feliz contra otra menos favorecida pero boyante y sana.
Kore-eda, sin embargo, prefiere explorar el efecto del embrollo sobre la vida interior de sus personajes; sobre todo la de Ryota Nonomiya (el cantante y compositor Masaharu Fukuyama), prototipo de ejecutivo moderno de la sociedad japonesa obsesionado por el éxito económico, para quien paternidad significa entrenar al hijo desde pequeño para cumplir con sus expectativas, sin importar que la vida emocional quede congelada. El contraste está a cargo de Yudai (el novelista Franky Lily), bonachón mil usos, imagen poco aceptable del hombre en la sociedad japonesa, con quien el hijo biológico de Ryota ha crecido aprendiendo a volar papalotes.
No hay duda de cuál es el estilo de vida que De tal padre, tal hijo celebra, la poesía de este cine fluye como un gran río tranquilo; el director, no obstante, delata en cada una de sus cintas su vocación del predicador, las heridas de Ryota se revelan, el costo de la tradición patriarcal es cada vez más difícil de financiar en la sociedad moderna. Si en Nobody Knows (2004) Kore-eda mostró los efectos devastadores de la ausencia de un progenitor, en esta historia indaga sobre la relación de autoridad y amor de la figura paterna en la educación del niño. Frente a la extraordinaria maleabilidad de la infancia, ¿cómo funciona la autoridad, hasta dónde los lazos de sangre importan más que la educación?
Steven Spielberg prepara ya un remake de esta película premiada en Cannes por el jurado que él presidió; es de temerse que la convierta en una historia de aventuras lacrimógena. Los cambios de bebés ocurrieron en el Japón de los 60, para una familia nipona la idea es una de las peores pesadillas debido a la exorbitante inversión que representa criar un hijo; el tema de la sangre es prioritario en una sociedad donde el tipo de sangre es carta de presentación en las relaciones interpersonales. El cuestionamiento (durante el juicio contra el hospital) hacia la señora Nonomiya por su falta de instinto materno, es perfectamente verosímil en Japón, y Kore-eda se atrevió a cuestionarlo.








