En 2010 Proceso editó el volumen de fotografías México 1910-1921. Un imaginario de la Revolución Mexicana, con un amplio texto de Guillermo Tovar de Teresa. En su origen, el libro estaría sólo conformado por la colección de postales con escenas inéditas coleccionadas a lo largo de muchos años por el pintor Roberto Donis, y enriquecido con material proveniente del archivo histórico de Proceso. El siguiente es el fragmento inicial del escrito de Tovar.
Una imagen no es más que la representación de un objeto ausente. Un “imaginario” no es otra cosa que la colección de representaciones de una época, de un suceso, de un momento, constituidas, a veces, en una “historia única”. Hace unos meses, una escritora nigeriana de nombre Chimanda Adichie nos ha advertido de los riesgos de una “historia única”, como aquellas que ella ha sufrido en su país, donde los prejuicios se imponen a fuerza. En una época mediática, el riesgo de una “historia oficial”, y única, es evidente. Los medios la compran y la venden: es una mercancía, banalizada, publicitaria y con diversos usos políticos.
La fotografía de la
Revolución Mexicana
La Revolución Mexicana, iniciada en 1910, coincide con dos fenómenos vinculados con la imagen; la fotografía y la cinematografía. En el primer caso, desde finales del siglo XIX (hacia 1891) se abandona la imagen fija, con negativos de colodión en placa de cristal e impresiones en albúmina, tomadas con cajones de difícil movilidad, y a partir de entonces se comienza a utilizar la cámara más transportable, con rollos de carrete cuyos negativos son de materiales ligeros y flexibles e impresiones en plata gelatina, con cambios en los lentes, el obturador, el modo de enfoque, el tiempo de exposición, la granulosidad y la resolución, entre otras novedades.
Los fotógrafos disponen ahora de la posibilidad de tomar instantáneas, de fijar el momento. Los hay de dos clases, los profesionales y los aficionados. Los primeros surgen del fotoperiodismo (Casasola, por ejemplo, cuyos diversos fotógrafos trabajan en la prensa capitalina y de las principales ciudades de la República); también, los empresarios de postales inauguran el género y los hay procedentes de empresas conocidas (Miret) o lo que se lanzan a la “bola” y los fotógrafos de estudio, cuya obra se considera de autor (v.g. Hugo Brehme). Sin embargo, los fotógrafos aficionados son los más activos, sobre todo los que son testigos de las escenas bélicas del norte del país, en el campo de batalla, pero cuyos testimonios, a pesar de su, a veces, escasa calidad técnica, nos dejan testimonios impresionantes e imprescindibles para un imaginario visual de los eventos en los que se hallan presentes. En este libro observaremos ejemplos de toda índole, que serán precisados en los pies de texto que acompañan a las imágenes fotográficas.
Esta publicación se propone poner al alcance de los interesados una contribución consistente en mostrar diferentes facetas visuales de un suceso clave en la historia de México, de cuanto hasta ahora se ha visto a través de imágenes y percepciones. La finalidad es quitarle a los sucesos que se vivieron su carácter mítico por medio de testimonios fotográficos para trasladarlos a su realidad y así mostrar otra confirmación de que eso que llamamos Revolución Mexicana fueron hechos comprobables y no historias creadas para alimentar las creencias políticas. Hubo ideales y masacres, reclamos y resultados, logros y decepciones, sacrificios y triunfos. Se trata de un hecho humano que todavía no concluye aunque se conmemore.
Ahora se ofrecen testimonios fotográficos, aunque no dejemos de considerar la otra manera tecnológica de probar la eficacia de la imagen que esto produce. En el caso de la cinematografía surge el cine verité (el documental), que refleja la realidad utilizando cámaras manuales para representar sucesos reales, sin guiones ni actores profesionales. Pero también surge el cine que tiene la intención de aplicar una intención por medio de intérpretes y libretos. Lo notable del primer cine mexicano, el de los años de la revolución, es que ofrece las dos facetas. Salvador Toscano, con Memorias de un mexicano, nos ofrece un documental integrado por diversas tomas de escenas reales. Pero fotografía y cine transformaron a nuestros héroes en personas de la realidad y no al revés. Ambas técnicas contribuyeron al mito que nos contaron los vencedores, pero en una época como la que ahora vivimos, eso ya no existe, pues al parecer la revolución se ha ido desvaneciendo y desdibujando desde hace algunas décadas. Eso lo juzgará el lector.
Pero el impacto de la fotografía y el cine heredado de nuestro movimiento social tuvieron vigencia y resonancia en todo el mundo, por tratarse de la primera gran revolución del siglo XX. Y para muestra pondremos el caso de Villa y el cine para entender su alcance.








