El alma mexicana en el siglo XX

Para abrir el nuevo milenio, los reporteros de esta sección cultural se propusieron presentar un resumen de lo más significativo en la creación artística del siglo XX en México, tarea que derivó en el volumen México: Su apuesta por la cultura. Testimonios desde el presente (Grijalbo-Proceso-UNAM, 2003). Este es el prólogo.

 

El alma no sólo habita en el cuerpo sino también en el alma.

Los científicos de hoy (encabezados por Rupert Sheldrake, biólogo en Cambridge, Inglaterra) hablan de campos mórficos: El alma individual, intangible, se halla en el centro del cuerpo individual y se manifiesta como conciencia (ciencia de los sentidos, como diría Sebastián de Covarrubias, a principio del siglo XVII), pero el alma colectiva es habitada por un conjunto de conciencias que forman un mismo campo y manifiestan sus consiguientes hábitos. Según esto, la naturaleza no tiene leyes sino memoria.

Cuando una sociedad se propone recuperar su memoria es porque desea habitar en su alma.

El reencuentro de México consigo mismo y frente a lo de fuera se inició a principios del siglo XX. Sucedió cuando el alma mexicana empezó a recuperar formas propias que expresaran su naturaleza.

Su naturaleza era universal. Formada por un inmemorial pasado nativo, se enriqueció con la presencia de Occidente, de Asia y África. El periodo virreinal condensó ese sincretismo.

Europa, el Islam, China, Filipinas, Senegal, el Caribe y otras regiones y países se sumaron en un espacio creador de pluralidad.

Sin embargo, ese espacio no era independiente. Se encontraba amarrado a Occidente a través de dos cordones: el del trono y el del altar, las dos viejas instituciones que lo constituían, por medio de España y Roma. Asientos del César (el guerrero) y el Pontífice (el sacerdote). La Independencia nos desligó de esas entidades, pero a cambio de eso nos entregamos a Francia y a Estados Unidos, aquellas formas de ser y hacer que nos invadieron dos veces cada una.

El cambio que llegó de fuera, en el curso del siglo XIX, venía con tanta velocidad que colapsó al cambio que venía de dentro y lo reemplazó. Dejamos de ser auténticos y los gobernantes suspiraron por volverse émulos de Napoleón y de los káiseres europeos.

El alma mexicana, gestada en tiempos anteriores, tomó la decisión de liberarse y reconocerse a sí misma como universal, como propia y, evocando a Ramón López Velarde, lo hizo cuando logró verse para dentro. Escribió el poeta jerezano en Novedad de la Patria en 1921:

 

El descanso material del país, en 30 años de paz, coadyuvó a la idea de una Patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado. Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una Patria menos externa. Más modesta y probablemente más hermosa.

 

El regreso a lo propio alimentó el espíritu de lo mexicano y lo proclamaría a los cuatro vientos.

Todo comenzó por medio de la sintonía: los jóvenes de las primeras décadas del siglo XX, reunidos en tertulias y cafés, decidieron darle “un alma nueva a las cosas viejas”, dotándolas de actualidad y alabando su permanencia; y de las conversaciones íntimas pasarían a las conferencias públicas. Nos referimos a las del llamado Ateneo de la Juventud, cuando un puñado de adolescentes tardíos se reunirían para hablar y expresar lo que sentían y entendían que era el alma de México. Anhelaban volver a habitar en lo plural y lo distintivo. Entre ellos se encontraban los filósofos, los abogados, los humanistas, los “colonialistas” y aquellos que vibraban con todo lo que les correspondía. Eran cultos y demócratas, por eso se volvieron “anti-reeleccionistas” y maderistas. En la dictadura de Porfirio Díaz veían la negación de lo particular y se metieron a la Revolución para recuperarlo.

Hubo dos proyectos: el de Aguascalientes y el de Querétaro. El primero quería ser recuperador, moderno y original, aunque abigarrado; el segundo, liberal e imitador de aquella entelequia que nos dio por llamarle modernidad, aunque uniformizadora.

En lo político, lo social y lo material ganó el neoporfirismo del segundo. Pero en lo cultural se impuso el alma del primero. Por eso, de Aguascalientes, el centro geográfico de México, saldrían López Velarde, Saturnino Herrán, Manuel M. Ponce, Rafael Loera y Chávez y los Fernández Ledesma, quienes inyectarían de vitalidad a los capitalinos, a los “lagartijos” de la intelectualidad, que no sin sorna, al principio, verían a esos provincianos como “payos”.

Pero estos últimos darían en el clavo de la revitalización de lo propio, y aunque los cultos e internacionales intelectuales de la capital hicieron sus mejores esfuerzos, pronto se verían opacados por el vigor, la originalidad y la autenticidad de los de “tierra adentro” (más bien, de afuera).

La Revolución mexicana triunfaría en esto: en recuperar el alma nacional. En lograr, a lo largo de todo un siglo, una transformación de lo esencial. Concluida la etapa militar y política, y ya en los años veinte, el nuevo sentir se revelaría en revistas, en fotografías, en “renacimiento”, tal como lo expresara el pintor Jean Charlot.

El siguiente tramo se lograría con la presencia de la gente española de la República, los modernos de la península que llegarían en los cuarenta y permitirían el establecimiento de instituciones académicas y arrebatos de actualidad. Filósofos, historiadores, artistas y pensadores llegarían a México a enriquecer y conciliar el alma de los mexicanos, haciéndola cada vez más habitable: propia, pero universal e internacional.

A mediados del siglo XX, el proyecto cultural se consolidaría. La Universidad y otras manifestaciones plurales ofrecerían logros múltiples. A la secuela de poetas, literatos y artistas plásticos sobrevendría la etapa de los arquitectos y los artistas independientes, de los periodistas y los dramaturgos. Europa y Asia, destruidas por las guerras, verían en México un signo de lo promisorio realizable en el ámbito de la cultura. Una década después, la educación pública entregaría museos y resultados formativos que sorprenderían a personajes occidentales. Momento clásico, reuniría en un solo puño las expresiones de lo creativo y lo cívico, de la libertad y el deber.

La ruptura, en 1968, extendida en todo el mundo, daría nuevos resultados y el alma mexicana, en un escenario sangriento, Tlatelolco, asiste a su singular temporalidad, colocada en tres campos mórficos: el nativo, el novohispano y el propio personal y creativo. Asegurando los cimientos, consolidando lo vetusto, la nación se atrevería a ser todavía más actual y propia: admitiendo el “cosmopolitismo” y ofreciendo alternativas originales en todos los campos de la cultura.

A dos décadas de la Segunda Guerra Mundial, crearía nuevas opciones de propuesta y atrevimiento. A su modo, el cambio que venía de fuera se adaptaba al cambio que venía de dentro. Un caso: las exposiciones, trashumante y divulgadoras, darían presencia de México en todas partes. La radio y la sobrevivencia de todo lo acumulado a lo largo del siglo resultarían en un par de décadas, los sesenta finales y los principios de los ochenta, en un periodo recapitulador muy creativo y novedoso, en una aportación constante y efervescente.

Nuestro siglo XX confirmaría sus motivos y los transformaría en resultados: la ruptura, necesaria en toda continuidad; el cambio, para ser “siempre todavía”, como lo expresaba el poeta Antonio Machado.

El fin del siglo, a pesar de su decadencia política y social, mantendría su ritmo en el ámbito de la cultura, salvando a su esfera de la contaminación del poder. Y no se puede negar que las realizaciones fueron múltiples, en el empeño consolidador de nuestra Revolución Cultural Consumada del siglo XX, asistida por ese fenómeno que ahora llamamos pluralidad. Acaso sería la única en su especie en todo el mundo y en todo el siglo.

El XXI nos presagia un desmantelamiento, el término de una Edad de Oro en la cultura nacional. El pragmatismo, lo convencional, la banalidad y otros comportamientos similares nos dan la pauta de ese fin. A la lucidez del siglo XX suceden la confusión y la ignorancia, en beneficio de un lucimiento de poco aliento y muchos costos. En otra vertiente, los signos son esperanzadores pues existen facciones de México dispuestas a reconquistar esa fuerza ininterrumpida.

A quienes vivimos esa Edad de Oro y tuvimos el privilegio de conocer a muchos de sus protagonistas recientemente fallecidos, no nos queda otra que recordarla y renovarla, apoyados entre quienes así lo entienden, para mantener ese bien común que es habitar en un alma propia, universal y creadora: el alma mexicana.

––––––––––––––––––––––––––––––

* Supervisión de Vicente Leñero y coordinación de Armando Ponce, que tuvo como responsables de cada uno de sus ocho capítulos a Isabel Leñero (Artes Plásticas), Rafael Vargas (Literatura), Roberto Ponce (Música), Armando Ponce (Teatro), Rosario Manzanos (Danza), Xavier Guzmán Urbiola (Arquitectura), Columba Vértiz (Cine) y Judith Amador Tello (Patrimonio).