Partidero

En las últimas dos semanas, otros tantos acontecimientos relevantes sacudieron a la sociedad de la zona metropolitana de Guadalajara: uno fue el asesinato de un joven a manos de un policía de Zapopan el 31 de octubre pasado alrededor de la medianoche; el  otro, la revelación de un tronante regaño de la regidora tapatía del PRI, la profesora Elisa Ayón, a sus subordinados y que alguno tuvo la precaución de grabar y difundir.

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El origen del “virus” que contagió al policía que ultimó a Érick Fernando Chávez Trejo en los primeros minutos del mes puede estar en la jactanciosa declaración del alcalde de Zapopan, Héctor Robles Peiro, quien el 15 de mayo declaró en rueda de prensa sobre las agresiones a jóvenes campistas en el cerro de El Diente, luego de que Protección Civil Municipal los dejó solos. Robles Peiro declaró en esa ocasión: “Yo les puedo decir que en los operativos antipandillas, todas las noches agarramos a macanazos a más de 70 jóvenes. Y esos más de 70 jóvenes, a lo mejor dos o tres tienen órdenes de aprehensión, a lo mejor uno, dos o 10 tienen droga en su poder y son consignados. Pero los otros 60 son soltados, porque son faltas administrativas, y van a seguir generando problemas de vandalismos, y van a seguir generando problemas de drogadicción, y van a seguir generando problemas de inseguridad”. Lo comentamos en la edición 446 de Proceso Jalisco.

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Si entonces el alcalde Robles Peiro dejó pasar el asunto de los campistas y luego dio el visto bueno, o rienda suelta a los macanazos de sus policías que hasta hace pocos años estaban considerados entre las mejores, si no es que los más preparados de Jalisco, entonces no hay por qué buscarle muchos pies al gato. Una declaración tan ufana como la de que “en los operativos antipandillas, todas las noches agarramos a macanazos a más de 70 jóvenes”, es casi tanto como enviar a los llamados guardianes del orden –de por sí tan mal escogidos, poco preparados, de estrecho criterio y no pocas veces con un innato espíritu prepotente y agresivo– a hacer lo que les venga en gana. Incluso para algunos, muy escasos, por fortuna, como el policía agresor, Ramírez Santiago, casi tanto como decir que tienen licencia para matar. Y lo peor del caso es que parece haber indiferencia de la Comisión Estatal de Derechos Humanos cuando suceden cosas de este tipo. Es igual a dejar hacer, dejar pasar. ¿Dónde está la prudencia que un presidente municipal como Robles Pero, quien tanto invierte para promoverse desde ahora como precandidato del PRI  a la gubernatura?

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El caso de Ayón Hernández es más que singular, es patológico. Ha acumulado tres cargos públicos: como profesora, directora de escuela foránea, diputada o regidora de manera simultánea. Su caso nos retrotrae a la era cavernícola del invencible partido que la cobija. No sólo por su soez lenguaje –indigno de cualquier mujer y más de una educadora–, sino por su manifiesta avaricia cuando se autonombró como la mera mera de Servicios Públicos Municipales y de Panteones de la ciudad. Dio manos libres a sus colaboradores para, les dijo, “agarrar lo que tengamos que agarrar”. Sólo les advirtió: “Pero repártanlo, no sean culeros. ¡Hagamos lo que tengamos que hacer!”. En otras palabras, el mensaje era: no soy santa, pero tampoco malagradecida; hay que saber corresponder. Y les advirtió con esta perla de su vocabulario: “Lo que sí soy es una hija de la chingada y vengo a decirles: como quieran, a putazos, a huevazos, a balazos, a mamadas. ¡Como quieran, ya me harté! Por eso vine a jalarlos de los pinches huevos a todos”. Tras la revelación de su maledicente perorata, la mujer fue destituida de la Secretaría General del PRI municipal; le echó toda la culpa al patrón. El alcalde Ramiro Hernández la invitó a pedir licencia. La llamada #Lady Panteones finalmente se fue, pero hasta que se difundió que la Fiscalía General la investigaba por denuncias, presumiblemente de estafa y chantaje. Al comercio establecido les pedía dinero para retirar a los ambulantes y a éstos les exigía otro tanto para mantenerlos en la calle. Se presume que Jorge Aristóteles Sandoval exigió su salida de la regiduría… Y Elisa Ayón también quería ser gobernadora.

 

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