En 2010, el artista plástico Francisco Romero Ruiz diseñó un jarrón al que denominó “Grandeza Mexicana”, y lo donó al ayuntamiento tapatío, al frente del cual estaba Jorge Aristóteles Sandoval Díaz, con una petición expresa: que se exhibiera en el Museo de la Ciudad. Al enterarse de que su pieza no sólo no estuvo en ese sitio, sino que anduvo perdida durante meses, exigió su devolución, pero en el ayuntamiento le pidieron callarse porque Aristóteles sería el próximo gobernador. Eso le provocó una depresión y comenzó a buscar la pieza, hasta que la encontró. Sólo que aún no se la devuelven.
En 2010, en pleno Bicentenario de la Independencia de México, el artista plástico Francisco Romero Ruiz diseñó un jarrón de barro como homenaje a la ciudad de Guadalajara y lo llevó al ayuntamiento, a las oficias de Jorge Aristóteles Sandoval Díaz, entonces presidente municipal.
En una carta, cuya copia obtuvo Proceso Jalisco, Romero Ruiz expuso que la obra era un regalo a la ciudad para conmemorar varios eventos: el Bicentenario de la Independencia, el Centenario de la Revolución, el nombramiento de Guadalajara como sede de los Juegos Panamericanos 2011 y el 469 aniversario de la fundación de la ciudad.
Incluso, dice, su intención era que la pieza se exhibiera en el Museo de la Ciudad, y así lo escribió. No sólo no lo vio ahí, sino que se sorprendió cuando, en enero de 2011, algunos empleados del ayuntamiento le comentaron que Sandoval Díaz lo consideró como un obsequio personal.
Según él, no había manera de que se equivocaran; incluso subrayó con pluma la línea en la que expresa su deseo de que la pieza se integrara al patrimonio de la ciudad. Durante casi un año no supo dónde estaba su obra, lo que lo deprimió, incluso decidió internarse brevemente en el Instituto Jalisciense de Salud Mental (Salme) en mayo de 2011.
Pese a dejar el jarrón en la oficina de Aristóteles con una tarjeta de presentación y una carta en la que expuso sus propósitos, nunca le llamaron del ayuntamiento para explicarle por qué su pieza no fue exhibida como él lo propuso.
Cuando Romero Ruiz pidió explicaciones, el entonces secretario particular de Sandoval Díaz, Netzahualcóyotl Ornelas Plascencia, le comentó que le compraría el jarrón, pero el artista se negó porque, dice, no buscaba una compensación monetaria.
La incertidumbre sobre el paradero de su obra lo llevó al Salme. El 19 de mayo de 2011, cuando estaba internado en la clínica, recibió un oficio (expediente 04817/2011 del 19 de mayo del 2011) en el que se le informaba que el jarrón estaba en el Museo de la Ciudad, bajo la custodia de la exdirectora de Museos, Centros Culturales y Galerías, Sandra Carvajal Novoa.
Ruiz pidió a sus allegados comprobar el dato, pero descubrieron que la declaración era falsa. Dos semanas después Romero Ruiz salió de la clínica y durante el resto del año inició la búsqueda él mismo en museos y galerías tapatías. No la localizó.
En abril de 2012 Romero regresó al ayuntamiento tapatío a exigir la devolución del jarrón; incluso presentó su inconformidad en la Oficina de Combate a la Corrupción (expediente OA/205/2012). En el documento se asienta que Ornelas Plascencia le comentó que “por un error habían hecho llegar la pieza a casa del presidente municipal como un regalo personal”.
Algunos trabajadores le comentaron que su jarrón se encontraba en un rincón del Palacio Federal. Uno de ellos le sugirió que se callara porque Sandoval Díaz iba a ser el próximo gobernador:
“¿Sabes qué? Te voy a recomendar una cosa: Aristóteles va a ser gobernador. No te conviene seguir haciendo escándalos. Yo lo interpreté como un mensaje de que le parara y me detuve. Fue frustrante porque ni siquiera las gracias me dieron”.
Recurrió a la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDHJ) y acudió a las televisoras de mayor audiencia –TV Azteca y Televisa– para exponer su caso, pero fue rechazado. Por esas fechas Sandoval Díaz ya era el candidato oficial del PRI al gobierno del estado.
Al final, Romero supo que su jarrón estuvo durante un tiempo en la oficina de Telégrafos de Palacio Federal. Pilla Morales, una de sus amigas, quien también es artista plástica, descubrió la pieza en un rincón cerca de los elevadores de ese inmueble cuando fue a hacer un trámite, y le tomó fotos con su celular, lo que molestó al personal de vigilancia.
Proceso Jalisco visitó el edificio y comprobó que ahí estaba el jarrón, incluso preguntó al personal sobre su procedencia pero nadie supo responderle; algunos dijeron que fue una donación del ayuntamiento de Guadalajara.
Montado en un pedestal, la pieza tiene una pequeña ficha pegada con cinta adhesiva que contiene los nombres del autor y de la obra: Grandeza Mexicana, técnica policromada (barro/D apretón), y su tiempo de elaboración: 10 de enero-28 de agosto de 2010.
De inspiración temprana
Francisco Romero Ruiz relata que a principios de 2010 escuchó un discurso del presidente Felipe Calderón Hinojosa en el que exhortaba a los mexicanos a aportar algo a la nación para trascender.
Eso lo motivó a elaborar un jarrón conmemorativo con elementos pictóricos que condensan la historia de México desde tiempos de la conquista española hasta la última década del siglo XX.
En una de sus caras se aprecia el escudo nacional con incrustaciones de hoja de oro; en otra pintó a Miguel Hidalgo y Costilla con un pie sobre un cañón y sosteniendo un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Las partes superior e inferior del cántaro están adornadas con símbolos prehispánicos. Cuenta:
“Alrededor del lábaro, por ejemplo están las culturas maya y totonaca. Hago referencia a nuestras culturas ancestrales. Esa es la cara principal, y en el reverso está un mapa del país, que hace referencia a la lucha de Independencia con sus batallas: también están los rostros de quienes participaron en la Independencia y en la Revolución Mexicana.
“Es asimismo un homenaje a las tradiciones mexicanas y a los acontecimientos más importante del último siglo, como los Juegos Olímpicos de México 68, los mundiales de futbol, las visitas del Papa Juan Pablo II, los premios Nobel, al inventor de la televisión a color, al Ejército, a la Cruz Roja y al grupo de rescatistas Los Topos.
“(En el jarrón) están plasmadas las cosas que nos han hecho ser importantes ante el mundo. Se trataba de enaltecerlas, entre todo el ambiente de inseguridad que se estaban viviendo en ese momento; de darle una visión muy diferente, de que la gente viera al país, en vez de estar viendo problemas y matazones.”
Dice que su trabajo estuvo a punto de entrar al certamen del Premio Nacional de la Cerámica que cada año reconoce a los artistas en el Museo Pantaleón Panduro en Tlaquepaque, sólo que lo presentó fuera de manera extemporánea.
Antes de entregarlo al ayuntamiento tapatío, llevó la pieza a Tonalá, conocido mundialmente por la calidad de sus artesanías, pero un funcionario de la Dirección de Cultura lo rechazó, incluso le reclamó porque, dice, en 2008 presentó una demanda contra el ayuntamiento ante la CEDHJ por incumplimiento de un convenio que el organizó.
Romero Ruiz admite que siempre ha trabajado a contracorriente. Su padre lo golpeaba, dice, cada vez que lo sorprendía haciendo trazos sobre el papel: “Me decía: los pintores son maricones y tú no vas a ser maricón. Por eso, cuando me veía dibujando me ponía una chinga”.
Para conseguir sus materiales y seguir dibujando, abandonó su casa desde joven y comenzó a trabajar: “Fui pintor de brocha gorda, mesero, ayudante de mecánico, de albañil, e incluso cuando estuve más chico, 13 o 14 años, yo me prostituía para comprar un lienzo y unos colores para ponerme a pintar. Literalmente, la he hecho de todo”.
También le propusieron integrarse al crimen organizado. Pero el arte lo rescató y lo alejó de los vicios.
Estuvo tres años en el Ejército, cuando el general José de Jesús Gutiérrez Rebollo encabezaba el frente del Instituto Nacional de Combate a las Drogas. Recuerda que los mandaban a la serranía a destruir plantíos de mariguana; así fue como se enteró de los arreglos entre la milicia y el narcotráfico.
“En los campos de cultivo –recuerda– había unas banderitas rojas. Eso significaba que los plantíos tenían que respetarse. Te ibas al pueblo y te daban coordenadas donde, en vez de destruir cinco o seis hectáreas, te daban un hilito para taparle el ojo al macho.”
También relata que visitaba la Escuela de Artes Plásticas y se quedaba en la puerta, esperando la salida de los profesores para mostrarles sus trabajos y pedirles orientación.
“Los maestros me decían que fuera al Semefo a pintar muertos para aprender anatomía. Entré algunas veces en grupo a dibujar. La ventaja que tienes es que los muertos no se mueven.”
Josefina Morfín lo acogió en su casa de la colonia Las Fuentes, donde está a punto de abrirse el Centro Cultural Bugambilia Centenaria. Allí, recuerda Romero Ruiz, se encargará de las exposiciones e impartirá talleres de pintura.
En esa casa cohabita la artista argentina Pilla Morales, quien tiene obras de diversos artistas. A ella, dice, le pasó lo mismo que a él en su infancia: cuando sus padres descubrieron su afición por la pintura, la amenazaron con echarla de la casa.
Hoy, Pilla presume haber estudiado con el pintor y muralista tapatío Armando Anguiano Valadez. Él la introdujo en el Instituto Cultural Cabañas, y cuando él se retiró de la institución, en 2003, la escogió como alumna para continuar sus clases particulares.








