TOKIO.- Este año el Festival de Cine Internacional de Tokio se nota mejor planificado que nunca; la alfombra verde se ha hecho parte del espectáculo incluso para celebridades como Tom Hanks, quien no obstante haber caminado sobre tantas rojas se veía sorprendido y divertido. Desde que surgió la propuesta de un festival de cine que empleara básicamente material reciclado y energía verde, la idea ha sido lograr que se convierta en uno de los mejores del mundo.
Además, esta edición es clave porque reafirma la imagen de cuidado y control que busca transmitir el gobierno del primer ministro Shinzo Abe después de ganar la sede Olímpica para Tokio en 2020. La recuperación económica de Japón después del terremoto del 2001, aunque lenta, va por camino seguro; el problema es que hablar aquí de medio ambiente provoca controversia entre la gente debido a la amenaza de la fuga radioactiva de la planta nuclear de Fukushima que flota entre aire y agua; un festival ecológico, presentado en el espectacular complejo urbano de Roppongi Hills, sugiere estabilidad y control. Una de la condiciones del comité olímpico fue que se garantizara la seguridad de los deportistas.
En un aparador de tal envergadura, el premio otorgado a Las horas muertas de Aarón Fernández, Mejor Contribución Artística, tiene mucho peso y confirma la tendencia del cine mexicano a prosperar, ahora sí en serio, con un nuevo lenguaje y con una veta que por lo pronto parece inagotable; el minimalismo, la sensualidad y la intensidad emocional de esta segunda cinta de Fernández (Partes usadas) fue muy apreciada por el público japonés; ya habrá ocasión de comentarla. Para un adepto del cine asiático el mejor atavío de este premio a una cinta mexicana fue la presencia del director Chen Kaige como presidente del jurado.
Si el ideal de un festival cinematográfico es servir de plataforma diplomática, el Festival de Tokio cumple bien su encargo, sin arriesgarse demasiado en controversias y sin descuidar la calidad de la selección de películas. Pero sería injusto atribuir la elección de Chen Kaige al deseo de aliviar la constante tensión política con el gobierno chino, como algunos medios han sugerido; el director de Adiós a mi concubina no ha sido precisamente el artista más conforme con las directivas del gobierno de Beijing.
En su momento, la directora Ning Ying formó parte de la llamada Sexta Generación, quizá la más contestataria y a la vez desesperanzada generación de cineastas chinos; Vivir y morir en Ordos, sin embargo, decepciona por su corrección política. La historia de un jefe de policía en Mongolia, tipo incorruptible que antepone su deber ante cualquier interés personal; el problema de la cinta es el exceso de sentimentalismo y la buena intención de su mensaje. Es una lástima porque Ning Ying es una estupenda directora de actores, la prueba es que Wang Jingchun, el protagonista, recibió el premio al mejor actor.








