El cine mexicano se hace cada vez más presente en cartelera y cumple así con el primer requisito para ser interpelado: existir. La lista de estrenos, entre mejores o peores, no es nada despreciable este año, y el público responde a la oferta. Explorar la gama tan amplia en temas y estilos, desde comedias como No sé si cortarme las venas… hasta visiones aterradoras de la realidad mexicana como Heli, llega a ser adictivo.
Dos estrenos de esta semana llaman la atención porque el contraste entre ellos ilustra bien dos de las tendencias principales del cine nacional actual: Besos de azúcar (2013) de Carlos Cuarón y Amaneceres oxidados (2010) de Diego Cohen. Cada una merece un comentario por separado, pero hay premura porque la permanencia en cartelera de películas mexicanas es aún efímera, sobre todo cuando se trata de una ópera prima o de un realizador no conocido, como Cohen, cuya cinta se exhibe con años de retraso.
Carlos Cuarón es un director completo y un guionista experimentado que sabe traducir obsesiones personales a un lenguaje accesible a todo público. Besos de azúcar, historia de amor entre niños inspirada en Melody (1971), con tonos de Los 400 golpes y en versión tepiteña de Romeo y Julieta, tiene mucho con qué defenderse en cartelera. No ocurre lo mismo con Amaneceres oxidados, aunque también trata de una historia de amor entre adolescentes. Diego Cohen exige un espectador atento para descifrar composiciones de imágenes, ritmos y flujos entre la realidad externa y la vida psíquica de un joven que trabaja en un supermercado.
De vocación naturalista, Besos de azúcar explora un tabú en el cine, la piratería, y las consecuencias del primer amor en un ambiente social adverso; el padrastro de Nacho (César Cancino) tiene un puesto de DVD piratas, las redadas son cosa normal pero la Diabla (Verónica Falcón) controla el mercado de Tepito mediante cuotas e influencias; el chico comete la osadía de enamorase de Mayra (Daniela Arce), la hija de esta temible lideresa. Nacho es un niño que no se doblega ante el pan cotidiano de golpes y maltratos, siempre encuentra una puerta de salida contra cada reja que le cierra la vida. La primera secuencia (Nacho cargando un envejecido y sucio colchón por la calles) sugiere su fuerza de carácter, descubre su relación con el entorno y transmite de manera física y emotiva el ambiente y la lógica del barrio.
El diseño de producción no da nota falsa; Carlos Cuarón opta por la saturación visual y social, esa tendencia barroca de larga tradición en el cine mexicano que produce una atmósfera asfixiante (otro buen ejemplo sería Fecha de caducidad, de Kenya Márquez).
Amaneceres oxidados, en cambio, muestra la tendencia al minimalismo que inauguran Carlos Reygadas y Amat Escalante. El supermercado donde trabaja Goyo (Armando Hernández) como cajero es un espacio social de alienación, un lugar donde se encuentra todo pero a la vez no hay nada; funciona más que nada como proyección de la parálisis psíquica del muchacho, el abandono afectivo, la incapacidad de contacto.
Diego Cohen diseña una bella y extraña coreografía donde danzan clientes y carros del supermercado, la caja registradora y la banda de producción; Goyo sería una versión posmoderna de Chaplin, más deprimido y amedrentado.








