Cambiando la ubicación de los espectadores y subiéndolos al escenario mientras los actores se mueven en el foro y la butaquería, transcurre El lado B de la materia, escrita y dirigida por Alberto Villarreal con la escenografía y la iluminación diseñada por Alejandro Luna.
La propuesta del autor y director es conceptual: investigar sobre la temática del ser humano desde un punto de vista existencial y libre sobre el sinsentido del ser, comer y cagar; el cuerpo como orificio, el corazón como músculo, la mierda como alimento. A una serie de reflexiones puestas a manera de pequeños ensayos donde el autor se inspira de su ronco pecho o toma de autores como Murray Bookchin (fundador de la ecología social), Roge George y Julio Hubard.
La propuesta es interesante y la entrada al espectáculo llama la atención. Con música estridente, mientras el público sube al escenario a ocupar sus localidades, se observan varias acciones simultáneas en espacios diversos: un oso polar y un gato entre las butacas, dos cantantes de rock –una con guitarra eléctrica y otro con gestualización dramática–, una mujer muerta sobre un charco de sangre y otra junto a un árbol zapateando y haciendo berrinche.
El autor parte de ideas para elaborar metáforas escénicas que muestren lo planteado: el lado oscuro del ser humano, la interpretación pesimista o asquerosa de lo que somos, el absurdo de nuestro vivir o deducciones falaces del comportamiento.
La obra abre con la historia de una asesina a la que se le trasplantó el corazón de un oso para ver si se volvía buena, ya que el oso tenía cualidades musicales e intelectuales positivas, para que luego ella lo compre, compongan una ópera y termine muerta por el propio oso que quiso comerse su corazón incrustado en el cuerpo de ella. La historia no sucede, sino que es narrada al igual que todas las reflexiones o las anécdotas que cada uno de los personajes –en el agotador formato de explicación al espectador– comparten. La historia del oso es contada por la rockera, acompañando su decir con acordes disonantes de una guitarra eléctrica y su compañero con los ojos como platos pareciendo aterrado por algo. Los observamos después correr por la butaquería, estrellarse en la puerta que conduce a las cabinas o asomarse por éstas. El espacio que el público utiliza comúnmente y asume de facto, cobra sentidos insospechados. También se representan fragmentos de la ópera que el oso y la asesina escriben. La obra cierra con dos monólogos que nos escupen a la cara y que, en particular el último, al ser dicho sin matices y a gritos (como parece ser la propuesta actoral que sugiere el director para toda la obra), nos hacen perder el hilo de lo que habla.
Las imágenes que crea Alberto Villarreal junto con sus actores, en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, son poderosas e imaginativas, y en ellas la intencionalidad en la interpretación se presenta disociada a la palabra. Se dice una disertación teórica al público como ametralladora o una descripción de algún fenómeno en tono altisonante, por un lado, y por el otro las acciones algunas veces captan el contenido del texto y lo desarrollan o corren en sentido diverso como asociaciones libres. Entre los actores se encuentran Tania Begún, Adriana Butoi y Bernardo Gamboa.








