GUANAJUATO, GTO.- Si Andrés Henestrosa habla de los hombres que dispersó la danza, Gorán Bregovic bien puede hacerlo de los danzantes que no dispersó la lluvia, ya que, aunque el cielo se vació y el aguacero fue casi el diluvio universal, los asistentes a la Alhóndiga de Granaditas –para gozar, más que escuchar y menos juzgar, el único concierto que dentro del actual Festival Cervantino ofreció el equivalente a un Rock Star y su banda de bodas y funerales, al que tituló Champán para gitanos–, para lo único que se movieron fue para seguir brincando, gritando, deschongándose y agitándose más y mejor.
La permanencia del respetable duró algo así como cinco minutos, tiempo en que los trompetistas, por atrás y entre el público, arribaron al escenario, las dos cantantes y el resto del grupo se acomodaron en la duela y se unieron a la rola. Ya a la tercera, y aún sin Bregovic presente, la gente estaba de pie y empezó a ocupar el pequeño espacio entre el tablado y la primera fila. Cuando, impecablemente vestido de blanco, apareció guitarra en mano Gorán, aquello fue la locura; dos que tres gotas preludiaron el diluvio, dos o tres medio sensatos atinaron a tratar de resguardarse y un minuto después ya todo era agua, sólo agua, música balcánica de cero entendimiento pero millón de gozo para los asistentes que auténticamente empezaron a chapalear porque el agua subió hasta los tobillos y aún más.
Champán para gitanos recoge a cabalidad el sentido de lo que esta banda de alientos y rudimentarias percusiones quiere decir y expresar, transmitir y hacer sentir, más que el hacerse oír propiamente dicho, o sea, no es un concierto para ponerle atención a la manera tradicional, lo que aquí importa es “el Duende”, eso que no se puede definir pero que existe, se siente y nos hace vibrar.
La Fontegara
Un concierto distinto y sencillamente delicioso fue el ofrecido por La Fontegara, uno de los más importantes grupos de música antigua de Latinoamérica, en ocasión de celebrar sus primeros 25 años. Líquido cristal: cantos a Baco se nombró a esta muestra de lo que en la Francia del siglo XVIII, específicamente en París, se escuchaba en tabernas, posadas y otros lugares, calles y plazas incluidas, aunque con algunas restricciones, en este caso música y canciones debidas a un compositor poco conocido pero eficiente y que sabía muy bien lo que quería decir y agradaba a la gente, Joseph Bodin de Boismortier (1689-1755).
Integrado por su directora y fundadora, María Diez-Canedo (flauta barroca traversa y flauta de pico), Eunice Padilla (clavecín), Eloy Cruz (guitarra barroca y tiorba) y Rafael Sánchez Guevara (viola da gamba), La Fontegara se hizo acompañar para esta ocasión, en el magnífico y barroco Templo de la Valenciana, por dos invitados auténticamente de lujo: el barítono catalán Josep Cabré (auténtico especialista y autoridad reconocida en estos menesteres) y Manfredo Kraemer (violinista argentino reconocido como virtuoso del violín barroco). Semejante conjunción más las canciones plebeyas y cachondas de Bodin de Boismortier, que cantan de la rivalidad entre Baco y el amor representado por Cupido, dieron como resultado un concierto absolutamente antisolemne, por demás lúdico y pletórico de alegría y gusto por el buen vivir, dicho todo con la maestría de un grupo de profesionales que, sin aspavientos, ofrecieron, sin duda, uno de los mejores conciertos del festival.








