41 Festival Internacional Cervantino

GUANAJUATO, GTO.- Entre lo poco de teatro programado en este Festival Cervantino, encontramos de calidad la propuesta del grupo argentino Timbre 4 con la obra La sangre de Antígona, puesta de la Compañía Nacional de Teatro (CNT).

La pieza del autor español José Bergamín, quien vivió en México y perteneció a la célebre generación del 27, es llevada a la escena por el también hispano Ignacio García, en la versión de Fernando Bergamín Arniches, con un dispositivo escenográfico imponente y magnífico diseñado por Jesús Hernández, que le da una gran visualidad y dinamismo; contrasta el estatismo del texto, en el que, a la manera de la tragedia griega de Sófocles en la cual se inspira, los hechos son narrados por los personajes y por el coro, que también discute las correctas o incorrectas decisiones tomadas por los personajes, modificando el curso de los acontecimientos.

Se sostiene la idea de la fatalidad del destino, pero en esta versión, a diferencia de la de Sófocles, el final no está en las consecuencias que Creonte, rey de Tebas, toma sobre encerrar a Antígona por querer enterrar a su hermano Polinice –la muerte de su hijo y de su esposa castigando la decisión del rey–, sino que se detiene en el suicidio de Antígona con la imagen impactante de ella colgando de una cuerda, seguida de otros tantos muñecos de trapo. La actualidad de la obra mueve los corazones de los espectadores frente a las consecuencias de la guerra, donde la muerte impera sobre la vida, pero la dignidad se sostiene.

Ignacio García, con gran sentido del diseño espacial respecto al movimiento y la composición, continúa con la tradición grandilocuente española en la actuación, que es atemperada por la calidad del elenco con el que cuenta la CNT, encabezada en esta obra por la poderosa fuerza de Erika de la Llave, interpretando a Antígona.

Las dos obras que Timbre 4 trae al Festival Cervantino, y que posteriormente se presentarán en el Teatro Julio Castillo de la Ciudad de México, son La omisión de la familia Coleman, que causó revuelo y una larga temporada en el Teatro Español de Madrid, y El viento en un violín.

En la primera el autor y director Claudio Tolcachir se toma el tiempo necesario para mostrarnos a una familia disfuncional donde una madre parece la hija, donde una abuela anda en su mundo y se conecta con el hijo mejor y las hermanas que se defienden como pueden de la vida.

En El viento en un violín la relación amorosa de dos jovencitas contrasta con las entabladas entre la madre y su hijo, y el hijo con su psicoanalista. Ellas, en la marginalidad, quieren tener un hijo y encuentran en un joven acaudalado esa posibilidad.

Las actuaciones son de una gran verdad. El planteamiento de Tolcachir aborda mentalidades al límite de la razón: la histeria, la locura y lo patológico son la materia prima con la que este autor-director trabaja. Con esta conformación mental de los personajes, la obra se vuelve estridente, desesperante y agotadora. Fluctúa entre el realismo y la farsa, pero con un ingrediente emotivo que cautiva a la concurrencia.

Si bien el festival está dedicado a Puebla y Uruguay, se extrañaron propuestas teatrales de nivel de ambos (a lo cual no responde la Compañía de Puebla, que presentó Azulejos poblanos). Esperemos que en esta nueva administración del FIC puedan hacerse las coproducciones y colaboraciones necesarias para que la presencia del teatro nacional e internacional sea el plato fuerte de este evento, cuyo origen fueron precisamente los Entremeses de Cervantes bajo la dirección de Enrique Ruelas.