GUANAJUATO, GTO.- Uno de los ejes temáticos que marcan la edición de la actual 41 edición del Festival Internacional Cervantino (FIC), iniciado el miércoles 9 y que se prolongará hasta el domingo 27, es el “Arte de la libertad”, que dará presencia a obras de artistas que en diferentes épocas y latitudes han enfrentado circunstancias adversas, algunas terribles, y en respuesta han creado piezas que se convierten en cantos a la libertad.
Uno de estos creadores es Víktor Ullman, músico judío polaco asesinado en Auschwitz el 18 de octubre de 1944.
Inicialmente prisionero en el campo de concentración de Terezin, Checoslovaquia, desde 1943, en ese lugar compuso El emperador de la Atlántida, ópera de cámara de un prólogo y cuatro pequeñas partes –más que escenas en el sentido teatral tradicional, ya que la forma de presentarla es la de “cabaret”, muy en boga en la Alemania de aquella época–. Con ocho personajes y un pequeño ensamble de cuerdas, metales y percusiones integrado por 13 atrilistas, la obra es una sátira terrible al poder omnímodo, una caricatura despiadada de Adolfo Hitler.
Su estreno no fue posible sino hasta el 16 de diciembre de 1975 en el Centro Bellevue de Amsterdam, Holanda. De hecho, como milagro contra la barbarie, se salvaron tanto la partitura como el libreto en alemán debido a Peter Kien quien, al igual que Ullman y varios otros de los participantes en los ensayos de esta ópera que estuvo a punto de montarse en el propio campo de concentración, fue asesinado por los nazis. Su estreno en México es, pues, un homenaje a ellos y a otros millones como ellos de parte del FIC.
Como estreno, desafortunadamente hay pocas posibilidades de que se repita muchas veces y la gente pueda conocerla, por lo que vale la pena contar en qué consiste la obra:
El emperador absoluto, Overall, decide lanzar una guerra de todos contra todos en la que prácticamente el mundo habrá de desaparecer, pero con él gobernando lo que quede. Sin embargo, la Muerte, que ha conversado con Arlequín (símbolo de la vida) sobre la carencia de importancia que tienen ya la vida y la muerte mismas, decide ponerse en huelga y, a partir de ese momento, nadie muere pese a la insistencia y amenazas que, a través de la muchacha que redobla en tambor, le manda el emperador.
El káiser se desespera, en la locura final se siente incluso superior a la Muerte misma, a la que pretende mandar para que reanude sus funciones, luego le ruega y suplica. La Muerte le impone una condición para volver a sus tareas: que sea él mismo la primera víctima; Overall emperador, accede. En el ínterin, una muchacha y un muchacho, soldados de bandos rivales, se enfrentan y hieren pero, como no pueden morir, terminan platicando sobre lo absurdo de la guerra y se enamoran.
La moraleja es clara: nadie, absolutamente nadie puede estar por encima de la vida y de la muerte, la guerra es una aberración idiota y, sobre todo, estarán siempre la vida y el amor. El simbolismo en el mundo de hoy, en el que un nuevo paranoico pretende llevar la guerra a todos los confines de la tierra, es maravillosamente luminoso y oportuno.
Musicalmente dirigida por Juan Carlos Lomónaco al frente del Ensamble Iberoamericano y de los cantantes José Adán Pérez (barítono, Overall El Emperador), Enrique Ángeles (bajo-barítono, la Muerte), Josué Cerón (barítono, el Narrador), Irasema Terrazas (soprano, Arlequín), Alan Pingarrón (tenor, Soldado), Patricia Santos (soprano, Muchacha Bubikop y Soldado) y Linda Saldaña (mezzo, muchacha del tambor), la ópera apostó por la juventud, y los jóvenes cantantes respondieron con profesionalismo, compromiso y, lo más importante, comprensión al texto y sus circunstancias, lo que les permitió desenvolverse con soltura dentro de la modalidad cabaretística, muy bien lograda por el dramaturgo Hugo Hiriart, quien así debuta como director de escena.








