GUANAJUATO, GTO.- La Ópera de Bellas Artes, en coproducción con el Festival Internacional Cervantino (FIC), presentaron El holandés errante (1843) de Richard Wagner (1813-1883). Unas funciones en Bellas Artes, otras en el Teatro Juárez de esta ciudad.
La Orquesta del Teatro de Bellas Artes, bajo la dirección del maestro croata Niksa Bareza, sonó espectacular y al final de la función casi todos los atrilistas aplaudían al director; el canto fue de primera línea en algunos casos. No nos encantaron ni el vestuario ni la dirección escénica, hubiera sido una función redonda sin esos inconvenientes.
Der Fliegende Holländer, la cuarta ópera de Wagner y la primera que tuvo un gran éxito, es donde se define de una vez por todas la estética wagneriana. Compuesta a los 30 años del autor, es hoy por hoy una de las obras fundamentales del repertorio operístico mundial. Wagner comienza a usar aquí el recurso del leitmotiv o tema conductor.
La música es impactante, conmovedora, y hace parecer pigmeos a otros autores, tal es el talento arrollador del genio de Leipzig, que no sólo revolucionó el arte de la composición musical, sino también de la orquestación y del canto, y lo hizo con pie firme a partir de esta obra, exigente como pocas y que requiere de cantantes con voces de acero.
En el papel del Holandés escuchamos a Bastiaan Everink (Looneker, Países Bajos, 1969). Barítono dramático, que antes fue soldado de élite de las fuerzas especiales, posee una voz, volumen, presencia escénica y actuación impresionantes, así como su canto. Este joven cuenta en su repertorio papeles wagnerianos, italianos y franceses, su rendimiento es de verdad espectacular. Su partner, la escocesa Lee Bisset, cantó la parte de Senta; se trata de una soprano dramática de agraciada figura y envidiable presencia escénica, de canto muy agradable y volumen envidiable. Se ha especializado con mucho éxito en personajes wagnerianos, sin descuidar el repertorio mediterráneo.
Juntos, La Bisset y Everink nos obsequiaron dúos y escenas memorables como hacía mucho tiempo no se veían y escuchaban en Bellas Artes. La Senta alterna, Mónica Chávez, comenzó su función guanajuatense con problemas graves en la voz, pero a base de calidad y experiencia se fue sobreponiendo y acabó la función por todo lo alto.
Quien sí dejó mucho qué desear fue John Charles Pierce, anunciado como “Tenor heroico, el Tristán del siglo XXI”, interpretando el papel de Erik, eterno enamorado de Senta, pero en su aria empezó a mermar, no soportó la tirante tesitura wagneriana y se cansó, y de plano marcó en el trío con Senta y el Holandés, por lo que casi no se le escuchaba, y eso en las dos funciones a las que asistimos.
Muy destacada la actuación y el canto de Guillermo Ruiz, un verdadero bajo-barítono wagneriano, de los pocos que hay en México, quien interpretó al padre de Senta, el capitán Daland. Su vestuario: horrendo, fuera de contexto, semejaba el de un oficinista, con traje sastre de tres piezas y lentes (¿Qué tiene que hacer un capitán de barco noruego vestido así?). El diseñador de vestuario Robert Pflanz, ¡un petardo!
El Coro del Teatro de Bellas Artes, que en El holandés errante es un solista más, se notó muy bien preparado, lució espectacular. En esta ocasión la dirección coral fue el maestro Pablo Varela








