En la serie de estrenos de la Cineteca destaca el documental de Emilio Maillé, Miradas múltiples (México-Francia-España, 2012), declarado homenaje al cinefotógrafo Gabriel Figueroa, que combina imágenes de las películas que retrató con entrevistas a fotógrafos de cine de todo el mundo que comentan la obra de este gran artista mexicano.
Maillé selecciona escenas y secuencias heterogéneas de las películas de las décadas de los cuarenta y los cincuenta, la llamada Época de Oro, de las que extirpa el sonido y reedita de manera temática, en cierta medida de acuerdo con los comentarios de los entrevistados. El universo en blanco y negro se anima con los rostros de Dolores del Río, los ojos de María Félix, paisajes de Xochimilco, magníficos parajes, trágicos y devastadores cielos que amenazan con devorar a sus criaturas; grandilocuencia que apenas se salva por un auténtico sentido trágico de la condición humana; y quizá sea éste el gran secreto de don Gabriel, más allá del sentimentalismo y del esteticismo que le achacan sus detractores.
El resultado es una danza de imágenes que orquesta la música de Michael Nyman y de Manuel Rocha; la intensión evidente es dejar que destile la emoción de la fotografía, aunque resulta impensable que una imagen del colaborador de Emilio Fernández no produzca emoción alguna, en cualquier contexto donde aparezca. Pero el trabajo de edición de Maillé captura la tristeza y la nostalgia de las composiciones apoyado en los elogios de los entrevistados; el prestigio de los fotógrafos, condensado en pequeñas cápsulas que informan al público del nombre, y de los directores famosos con los que han trabajado.
Verdadera ofrenda a la efigie de Gabriel Figueroa construida con el mejor trabajo de edición que haya logrado Maillé (Rosario Tijeras), importa la ausencia de más cinefotógrafos mexicanos que tendrían mucho que compartir sobre la influencia o el rechazo a la obra de este emblema del cine y de la cultura mexicana, pero es innegable el logro del director. Miradas múltiples puede verse repetidas veces, es el tipo de cintas como aquellas en las que ha participado Christopher Doyle (fotógrafo de Wong Kar-wai) donde la imagen, de principio a fin, funciona a manera de frases musicales. Una paradoja del cine es que, en general, el responsable de la imagen de la película, el fotógrafo, queda siempre detrás de la cámara; aquí el cinéfilo obtiene el beneficio de conocerlos y escucharlos ofreciendo una pequeña cátedra.
Gabriel Figueroa trabajó en México con tres importantes cineastas, Emilio Fernández, Roberto Gavaldón (Macario) y Luis Buñuel, y algunas de la cintas de este último se hallan entre las mejores de la historia del cine; podría afirmarse que por malas que fueran otras, no habría desperdicio si la imagen estuvo a cargo de este gran fotógrafo. En sentido estricto, no es que el México que retrató haya desaparecido, sino que nunca existió; seguramente que él lo intuía, y en parte proviene de ahí la nostalgia que provoca su obra. Alguno de los fotógrafos entrevistados mencionan la sensualidad (en sentido erótico) de la imagen, otro comenta sobre el aspecto casi religioso de su estética; dos cualidades inseparables del arte de Figueroa.








