Desde su apertura –el 28 de diciembre de 1982–, el planetario Severo Díaz Galindo tuvo mal sino. Concebido como la catedral de la ciencia, fue ninguneado por el clero católico y con el correr de los años se fue desdibujando por falta de apoyo. Hoy, incluso se desconoce el destino de su acervo; nadie sabe dónde quedaron las piezas que había en el inmueble que albergaba al organismo. Norberto Álvarez Romo, su último director, comenta a Proceso Jalisco: “La historia del planetario es una historia de grandes ideas y de personas mezquinas”.
Desde que desapareció el planetario Severo Díaz Galindo hace más de seis años, se desconoce el destino de su acervo cultural. Y aunque las autoridades anunciaron que las piezas pasaron a resguardo de la Dirección de Patrimonio del ayuntamiento de Guadalajara, cuando este semanario pidió una copia del inventario y solicitó ingresar a las bodegas de la dependencia para constatar su existencia, el personal admitió que desconoce su paradero.
Ante la negativa del ayuntamiento, presidido por el priista Ramiro Hernández García, Proceso Jalisco formuló una petición más a través del Instituto Estatal de Transparencia e Información Pública de Jalisco (Itei).
En la sesión ordinaria del miércoles 11, el instituto decretó un sobreseimiento del caso porque, arguyó, las autoridades tapatías “agotaron todos los instrumentos para localizar la información requerida”.
La presidenta del organismo, Cynthia Patricia Cantero Pacheco, quien fue la ponente, consideró que procedía aplicar el artículo 99, fracción III del Reglamento de la Ley de Información Pública del Estado de Jalisco y sus Municipios para dejar sin efecto la resolución impugnada.
Y concluyó: “El estudio o materia del recurso de revisión han sido rebasados (sic) una vez que el sujeto obligado (ayuntamiento de Guadalajara) realizó, durante la sustanciación del medio de defensa, actos positivos tendientes a proporcionar la información solicitada y el recurrente la ha recibido y no expresó manifestación en contra sobre lo recibido, por lo que se concluye que el estudio de fondo del presente recurso de revisión ha quedado sin efectos”.
El organismo sólo convalidó los argumentos de la Unidad de Transparencia de Guadalajara y sin entrar en detalles cerró abruptamente el caso. En sus oficios enviados al peticionario, la titular de la dependencia, Nancy Paola Flores Ramírez, se deslindó. Dijo que la información fue solicitada al titular de la Secretaría de Cultura de Guadalajara, Ricardo Duarte Méndez, responsable del patrimonio del planetario.
En las dos ocasiones que Proceso Jalisco solicitó una copia del inventario del inmueble (expedientes UT1551/2003 y UT1683
/2013) Duarte Méndez respondió que no existía un inventario del acervo porque el inmueble fue desmantelado en 2008. Las piezas, dijo, fueron reubicadas en distintas instituciones y dependencias del municipio.
A efecto de comprobar los dichos del titular de la Secretaría de Cultura, este semanario solicitó copia de los comprobantes de ingreso de los objetos a las bodegas de la dependencia, y que se le permitiera verlos físicamente. No hubo respuesta.
La Secretaría de Cultura informó que localizó entre los archivos un inventario que data de 2007, pero tampoco lo entregó porque, dijo su titular, no tenía la certeza de que estuviese completo o fuera real.
Con respecto a los presuntos donativos de las piezas del acervo del planetario a otras instituciones, así como su clasificación y los nombres de las instituciones que los tenían en custodia actualmente, el director de Administración de Bienes Patrimoniales de Guadalajara, César Hernández Pérez, respondió por escrito: “Se tiene información de que algunas piezas fueron donadas al Colegio del Aire”.
El único inventario, dijo, es el que aparece en el portal oficial: https://portal.guadalajara.gob.mx/sites/default/files/MueblesEnero13.pdf.
Sin embargo, en ese sitio la información de los bienes patrimoniales es vaga e imprecisa. En ningún apartado se detalla lo que perteneció al planetario.
La Unidad de Transparencia sólo entregó al reportero la copia de un oficio remitido al ayuntamiento de Guadalajara el 23 de abril de 2009 por el entonces director general del Colegio del Aire, Javier Posadas Mejía, en el que el funcionario pidió en préstamo con opción de donativo varias aeronaves, motores y sistemas de aviación al planetario.
El motivo, según Posadas, era “integrar una exposición museográfica en las instalaciones de ese plantel con motivo de la conmemoración de su 50 aniversario”. En el oficio se anexa una hoja en blanco y negro con imágenes difusas de lo que, presumiblemente son artefactos donados al Colegio del Aire.
Cuando el reportero consultó sobre ese aspecto a los trabajadores del colegio ninguno pudo confirmar la veracidad de la entrega de las piezas.
Arrebatos burocráticos
Por decisión del cabildo, en la sesión ordinaria del 21 de junio de 2007 el planetario Severo Díaz Galindo fue disuelto como parte de un trueque con la constructora española Mecano América. La firma se comprometió a remodelar el espacio a cambio de las 136.495 hectáreas que le donó el ayuntamiento tapatío para su megadesarrollo Puerta Guadalajara.
La entrega de esa superficie fue avalada por el panista Alfonso Petersen Farah, entonces al frente del ayuntamiento, y de Myriam Vachez Plagnol, quien era regidora del PRI y hoy se desempeña como titular de la Secretaría de Cultura de Jalisco.
Los bienes del planetario se reintegraron de manera automática al patrimonio del municipio y se decidió que quedaran bajo la tutela de la Secretaría de Cultura. Sin embargo, el titular de la dependencia, Ricardo Duarte, refiere que “por el transcurso del tiempo y por las necesidades propias de este municipio, muchos de estos bienes muebles se distribuyeron en diversas dependencias”.
En su edición del 13 de abril de 2012, El Informador publicó una nota en la cual consignó que policías de Guadalajara de la patrulla G-3056 detuvieron a seis jóvenes con estructuras metálicas extraídas del predio abandonado, entre ellas una esfera para la proyección de mapas estelares. Según los uniformados, los adolescentes trasladaban el material en un triciclo y en un carrito de supermercado.
Al ser desmantelado el planetario, los empleados fueron reubicados a otras áreas del ayuntamiento; otros, como Marcos Ortega –quien por sus conocimientos de física estuvo asignado al área de experimentos donde había aparatos de óptica, mecánica y el proyector que llevaban en un triciclo los jóvenes detenidos– se quedaron sin trabajo por presiones directas de la Dirección de Recursos Humanos.
Los rumores sobre la donación del inmueble a la constructora española inquietaron a trabajadores, quienes, dice Ortega, consultaron a la entonces directora de Cultura, Elena Matute, sobre su futuro laboral. Y aunque ella les pidió calma, Ortega descubrió, a través de una solicitud a la Unidad de Transparencia, el decreto mediante el cual el pleno del cabildo autorizó la extinción del organismo.
Según Ortega, quien entró a laborar en 2005, el abandono del planetario se hizo evidente en 2007, pues de los 5 millones de pesos que recibían anualmente para sus operaciones, en esa ocasión no tuvieron dinero ni para comprar enseres domésticos ni para renovar los uniformes.
Recuerda a la perfección el inventario del organismo porque, cuenta, en 2011, cuando entró a trabajar en el museo interactivo Trompo Mágico solicitó que se le dieran en comodato algunos aparatos, aunque nunca tuvo una respuesta.
“Había péndulos de Foucault, cosas de electricidad, un Van der Graaf, una sala con artefactos de ilusiones ópticas, hologramas, mezclas de colores; el laboratorio de física… Era como un salón grande con espejos, una bobina de Tesla; también había imanes, las cosas básicas de un lugar dedicado al estudio de la ciencia”, relata el exempleado del planetario.
Ortega se indigna porque, dice, aun cuando la Unidad de Transparencia insiste en negar los comprobantes o documentos que avalan el ingreso de las piezas del planetario a la Dirección de Patrimonio, él reitera que firmó algunos oficios de baja cuando personal de esa dependencia acudió para llevarse parte del material en cajas.
El testimonio de Álvarez Romo
Norberto Álvarez Romo –el último director del planetario: fue contratado para el periodo 2007-2009– narra sus peripecias al frente del organismo. Los integrantes de la Junta de Gobierno, dice, lo veían como una imposición de Santiago Baeza, entonces titular de Cultura, por lo que intentaron impedir su nombramiento.
Quien sí lo respaldó, aclara, fue el empresario cubano–estadunidense Adolf B. Horn, quien falleció el 23 de enero de 2007. Quince días después de asumir el cargo, Álvarez Romo presentó un proyecto para financiar el inmueble. Proponía organizar un sorteo anual de un automóvil y una vivienda. Con ello, comenta, pensaba llegar a un público cautivo de al menos 200 mil personas. El consejo del organismo nunca lo apoyó.
“La historia del planetario es una historia de grandes ideas y de personas mezquinas que se van mezclando en toda su existencia. Yo te hablo del final”, dice Álvarez Romo al reportero.
Ante la falta de apoyo, detalla, viajó a la Ciudad de México a entrevistarse con un amigo suyo de ascendencia árabe. Su propósito era pedirle un préstamo de 30 millones de pesos para comprar un domo digital y promover las visitas escolares al planetario.
Estaba seguro, dice, que con ello recaudaría el dinero y pagaría la deuda. Pero su proyecto no prosperó. Se dio cuenta de que el organismo iba a la deriva. Y cuando desapareció, ni siquiera lo indemnizaron.
“El presidente municipal que lo cerró, mi amigo Alfonso Petersen, me pidió que no hiciera demanda judicial ni hablara a los periódicos. Por eso nunca dije nada”, relata.
Cuando asumió el cargo, Álvarez Romo encontró un “avioncito” de tela en el basurero que se le hizo curioso y ordenó su rescate. Un capitán del Colegio del Aire que acostumbraba visitar el sitio le informó que se trataba de una joya de la aeronáutica.
“Me dijo: ese es un serie ‘C’ original. Hubo seis en México, de los cuales sólo tres sobrevivieron. Era uno de los primeros artefactos que se habían hecho para probar motores. Yo le dije: Pues yo me lo encontré en el basurero. Si no se me hubiera hecho simpático lo hubiera tirado, porque no está registrado en las cosas que recibí”, recuerda.
Él mismo admite que desconocía el valor del patrimonio del planetario. Al final, decidió entregar el “avioncito” al Colegio del Aire para su exhibición, aunque el donativo no se concretó por trámites burocráticos; además, cuando el planetario cerró, el artefacto se perdió.
Lo más seguro es que terminó en la basura, como fierro viejo, asegura el entrevistado. Según él, también había dos aviones, una cabina de un (Boeing) 707, el primer jet comercial que hubo, y un F101 “C” que había sido utilizado en la guerra en Vietnam. “Era muy rápido, demasiado rápido y, por eso mismo, muy riesgoso; no duró mucho ese avión”.
Prejuicios religiosos
Cuando Álvarez Romo asumió la dirección del planetario una persona intentó cobrarle 1 millón 200 mil pesos por la supuesta reparación de la esfera que proyectaba mapas estelares, aun cuando no funcionaba. Le respondió que él no manejaba dinero.
Por el contrario, recuerda, durante su breve gestión buscó donativos con empresas como Intel –consiguió 25 mil dólares– para la compra de equipo de cómputo.
“Por cierto, no sé qué pasó con esos 25 mil dólares de Intel. Yo metí el cheque a las cuentas del patronato para comprar computadoras; (al final) el cheque debió devolverse a la trasnacional, pero como son las cosas aquí, yo dudo que incluso digan que ese cheque se cobró”.
Según Álvarez Romo, “al final el planetario tuvo un consejo muy chafa. Realmente perdió (presencia) porque murió Adolf Horn. Nadie se animaba a deshacerlo. Yo creo que estaban esperando a que muriera don Adolf para hacerse de los terrenos”.
El planetario Severo Díaz Galindo surgió a principios de los ochenta por un impulso del gobierno federal para crear organismos similares en estados con bajo desarrollo económico. Así surgieron centros culturales con planetario incluido en Tijuana, Puebla, Tabasco y Monterrey; al principio participó la iniciativa privada.
En el caso de Guadalajara, el proyecto no tuvo fuerza. En esa época, la Iglesia católica manifestaba su desdén por la ciencia. El edificio del planetario era equiparable, en volumen, a la Catedral Metropolitana.
“Puedes ver que el Arzobispado se sintió amenazado con el edificio porque de repente hubo una catedral de la ciencia y entonces hubo un desprecio hacia el planetario, un desprecio de la sociedad en ese sentido. El planetario –insiste– trajo una nueva manera de pensar la arquitectura de Guadalajara.”
Los empresarios locales tampoco apoyaron la iniciativa. Y aunque el gobierno municipal de Guadalajara, que encabezaba Arnulfo Villaseñor, cargó con todo el peso de la responsabilidad, no pudo completar la obra. El planetario abrió sus puertas 28 de diciembre de 1982, lo que fue motivo de escarnio público porque se decía que era una broma de los Santos Inocentes.








