El reciente anuncio del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, de que en el corto plazo –con suerte en este mismo sexenio– sí habrá una tercera línea del Tren Eléctrico Urbano, viene a refrescar la memoria tapatía sobre los grandes rezagos de la zona metropolitana (ZMG) en materia de equipamiento e infraestructura urbanos. Este retraso no sólo la hace hoy menos viable y competitiva con relación a otras ciudades del país, también incide de manera desfavorable en la calidad de vida de sus habitantes.
Desde hace décadas la capital de Jalisco arrastra una infraestructura urbana cada vez más rebasada y en muchos casos obsoleta. Es el caso, por ejemplo, de la envejecida red de distribución de agua potable que permanentemente desperdicia cerca de 40% del líquido, el cual debería abastecer las tomas domiciliarias. Otro caso no menos envejecido y rebasado es el drenaje pluvial, insuficiente para evitar las inundaciones que, con estragos cada vez más graves, se presentan puntualmente cada temporal de lluvias a lo largo y ancho del Valle de Atemajac.
Un caso no menos grave es la hasta ahora inexistente fuente alterna de abastecimiento de agua potable para la ZMG, a fin de no sobreexplotar el disminuido lago de Chapala, en cuya defensa, ante las instancias federales y ante los gobiernos de los estados del Alto Lerma, nuestras autoridades han sido groseramente omisas, cuando no pusilánimes y atolondradas.
Y en esta misma lista de carencias y pendientes añejos no se debe dejar de incluir el tantas veces pospuesto sistema de transporte colectivo moderno y racional, que atienda mínimamente las necesidades y dimensiones de una urbe como la nuestra, la cual, con sus más de 4 millones de habitantes, rebasa demográficamente a ciudades de Europa, Estados Unidos, Canadá y América Latina, ciudades que desde hace muchos años cuentan, como espina dorsal para su movilidad urbana, con un servicio de Metro.
En todos los casos mencionados, aparte de la ineludible responsabilidad gubernamental, ha influido también desfavorablemente el resto de las fuerzas vivas de la comarca. Así, por ejemplo, para dotar de agua potable a la ZMG, luego del fallido proyecto de Arcediano y de la obligada readecuación que deberá experimentar a la baja la presa de El Zapotillo, recientemente se resucitó el proyecto del Purgatorio. Vale recordar que éste había sido abandonado tontamente durante poco más de 20 años, y ello por varias causas, aunque por ninguna verdadera razón: por la insólita oposición de algunas de las cúpulas empresariales; por la precipitada y prematura salida de Guillermo Cosío Vidaurri del gobierno de Jalisco, y porque las tres administraciones estatales panistas se afanaron en otros proyectos acuíferos que, por angas o por mangas, no prosperaron.
Tanto por su alto costo económico como por la afectación social que produjeron, entre esos fracasados proyectos hidráulicos habría que destacar: la presa de Arcediano, promovida por los gobiernos de Francisco Ramírez Acuña y Emilio González Márquez; y antes de ella, el también fallido proyecto que, a fines de los noventa, iba a financiarse con el famoso Crédito Japonés y mediante el cual el gobierno de Alberto Cárdenas Jiménez pretendía sanear, para el 2000, todas las aguas residuales de la capital de Jalisco, así como dotar a esta misma urbe, de manera adicional, con un metro cúbico por segundo de agua potable. Ante tales fracasos y luego de más de 20 años perdidos (ahora sí que como dice la sabiduría popular, “el tiempo es oro y hasta los santos lo lloran”), así como cerca de mil millones de pesos perdidos en estudios, obras preliminares e indemnizaciones, se tuvo que volver al principio y retomar el primer proyecto hídrico para la ZMG: el del Purgatorio.
Algo semejante ha sucedido con la cacareada tercera línea del Tren Eléctrico Urbano (TEU), por el corredor que va de Zapopan a Tlaquepaque, pasando por el centro de Guadalajara. Según el dicho de un alto funcionario federal y de autoridades del estado, esa línea comenzaría a construirse –¡ahora sí!– a partir del año entrante.
No está demás recordar que esa proyectada línea del también llamado Tren Ligero ya estaba definida hacia fines de 1992, siguiendo el mismo trazo de ahora, aun cuando en una primera etapa sólo estaba planeado para ir de las inmediaciones del hospital Ángel Leaño, en Zapopan, a la glorieta de la Normal, en Guadalajara. Y no obstante que ya todo estaba preparado y que la necesidad de la obra era incuestionable, varias cosas vinieron a descarrilar la proyectada tercera línea del TEU. Irónicamente ahora, 20 años después, dicho proyecto ha sido retomado y casi con las mismas características y especificaciones del principio.
Por aquel entonces, el proyecto enfrentó la oposición de grupos sociales y políticos muy localizados. De un lado estaban los socios del Country Club, cuyo argumento en contra era una supuesta pérdida de “privacidad”, y ello porque, a causa de lo bajo del terreno en esa zona (específicamente en el tramo de la avenida Ávila Camacho que va de Plaza Patria al extremo oriente del club en cuestión), la vía del tren pasaría a 12 metros por encima de la superficie, algo que para los campestres finolis significaba que las legiones de usuarios del tren ligero los iban a estar fisgoneando a la pasada.
Otro factor en contra fue una campaña adversa alentada desde de la prensa. Varios editorialistas de la comarca (uno de ellos, por cierto, acaba de hacer un curioso mea culpa a medias, ¿verdad, señor Diego Petersen Farah?) y un grupo de abajofirmantes (entre los que se hallaba el arquitecto Fernando González Gortázar, quien aún no terminaba de construir la pretenciosa y depredadora estación Juárez II del Tren Ligero en pleno parque de la Revolución, cuando ya estaba quejándose porque la tercera línea de ese mismo sistema de transporte masivo iba a pasar por encima de su “escultórico” puente de Plaza Patria) descalificaron reiteradamente el proyecto, aduciendo presuntos motivos estéticos, al parecerles visualmente chocante que varios tramos de la vía del tren hubieran sido concebidos para ir metros por encima de la superficie.
Pero la causa definitiva, que no la razón ídem, para cancelar –o al menos para retrasar– durante un periodo de casi 20 años la tercera línea del TEU fue la llegada del PAN al gobierno de Jalisco. Las administraciones blanquiazules primero se quejaron de que la Línea II del Tren Ligero era una pesada deuda para las finanzas estatales. Luego, ya en el sexenio de Emilio González Márquez, discurrieron que era más “conveniente” y menos costoso ensayar con otro sistema de transporte masivo: el BRT, bautizado localmente como Macrobús. Pero apenas se inauguró, por la calzada Independencia y por la avenida Gobernador Curiel, la primera línea (hasta ahora la única) de autobuses articulados, los tapatíos vieron las desventajas e inconvenientes de ese sistema con relación al tren ligero.
Y ante la tozuda insistencia de las autoridades panistas para habilitar otras líneas del Macrobús, surgió un movimiento social de oposición, que muy oportunamente fue capitalizado por los priistas de la comarca, primero para arrebatarle al PAN la mayoría de los municipios metropolitanos en los comicios de 2009 y, tres años después, para despojarlo también de la gubernatura. Desde entonces, en ese comprometido retorno al poder, los tricolores están más que obligados a ampliar la cobertura del tren ligero.








