En su edición del 6 de noviembre de 2011, este semanario dio a conocer en un reportaje firmado por Gloria Reza bajo el título “Nepotismo incurable”, que en tanto en la Cruz Verde tapatía había –y hay actualmente– una disparidad enorme de sueldos entre los trabajadores, se carecía de equipo y medicamentos, se otorgaban plazas a personas sin méritos. Entre ellas se citaba a un señor llamado Marco Tulio Marroquín Batres, comprometido en matrimonio con Karla Sandoval Díaz –hoy son felices esposos–. Marroquín, de origen guatemalteco, había ingresado a la nómina del ayuntamiento tapatío un año antes, cuando un tal Jorge Aristóteles Sandoval era presidente municipal. Las percepciones del cuñado eran, en aquellas fechas algo más bien simbólicas: ganaba algo más de 12 mil pesos al mes, una muy aceptable beca para quien estudiaba aquí la especialidad en cirugía plástica y reconstructiva. Pero el año pasado vino otro alcalde priísta, Ramiro Hernández García. Y ¿qué creen que pasó? Nada. Marroquín Batres resultó inamovible y ahí sigue como jefe de un área ganando algo así como 36 mil pesos mensualmente. Lo que no ha ocurrido es hacerlo trabajar en tal puesto de socorros donde debería estar todas las tardes conforme con su nombramiento. Pero el hombre no asiste, no se le conoce, no labora ahí, no se le ve por ninguna parte. Y sin ningún radar capta al furtivo piloto, debe ser un excelente aviador. Botón de muestra de quién manda en la comuna guadalajarense.
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¡Qué solo se va quedando el centro de Guadalajara! En días recientes dediqué un poco de tiempo a recorrer algunos de los lugares prototipo de la ciudad. Hice un recuento y miré muchos edificios emblemáticos vacíos: Vacío quedó el antiguo y sobrio inmueble Luis Manuel Rojas, a un costado del Teatro Degollado que, remodelado, albergó durante escasos 25 años a los juzgados civiles y familiares. Ahora se fueron a la malhecha y mal llamada Ciudad Judicial, donde hay un gran y fraudulento negocio de por medio. Semivacío quedó el Palacio de Gobierno porque ahí, quien debió despachar durante su administración y no lo hizo en el sexenio pasado, montó un mediocre museo. Mucho antes, se habían ido otras oficinas gubernamentales. Siguió el Arzobispado, que convirtió en museo de arte sacro, más o menos logrado y solariego, el edificio adjunto de la Catedral. Emigraron hacia el poniente. Por lo demás, las construcciones que rodean la Plaza Tapatía –el gran fracaso del gobernador Flavio Romero de Velasco– siguen como cascarones vacíos. No pocos comercios también se han ido o no han prosperado. En torno del Parque Morelos, Alfonso Petersen destruyó un sinnúmero de casas y edificios para levantar lo que nunca hizo ni él ni el gobierno estatal: la Villa Panamericana. Ahí están los baldíos dando cobijo a malvivientes. En suma, el centro de la ciudad está convertido en un lugar inseguro de día y de noche; además es fantasmagórico. Hasta la fecha no hay proyecto alguno para resucitarlo, como sí ocurre en otras latitudes.
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El presidente municipal de Tlajomulco, Ismael del Toro, no tiene porqué sentirse despreciado cuando el gobierno estatal dice que no construirá hacia allá la Línea III del Sistema Tren Eléctrico Urbano. La promesa que se sacó Emilio González de la chistera no era sino eso, una ilusión sin fundamento porque quería quedar bien con Enrique Alfaro –por si éste ganaba la gubernatura–, y mejor con los especuladores de terrenos de aquel municipio que han hecho el negocio de su vida plantado por doquier casas inhabitables en el valle Toluquilla-San Sebastián-Santa Anita. Emilio nunca tuvo un proyecto acabado y menos la intención de hacer un metro de tren como tampoco lo tuvieron sus predecesores panistas. El verdadero trazo de la Línea III existe desde finales de la década de los ochenta y principios de los noventa y va, transversal, de Zapopan a Tlaquepaque, Así es de que no ha por qué sentirse, señor Del Toro. Lo que funcionaría muy bien hacia Tlajomulco, es una extensión directa de la Línea Uno o, en su caso, emplear para un tren suburbano o de proximidades la vía férrea a Manzanillo que podría ser el ejemplo para hacer otro tanto en el futuro hacia Arenal-Amatitán o hacia El Salto-Ocotlán, toda vez que Ernesto Zedillo desapareció prácticamente todos los servicios de pasajeros vía ferrocarril para dárselos a empresas gringas y luego convertirse en su empleado mejor gratificado.
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