“Diente por diente”

Tiene razón Miguel Bonilla cuando comenta en la entrevista de Columba Vértiz (Proceso 1922) que el humor es una manera muy eficaz de llegarle al mexicano, sobre todo cuando se trata de temas tan dolorosos como el delito y la administración de la justicia en el país. Diente por diente (México, 2011) es un thriller en tono de comedia negra que funciona como fantasía compensatoria para el ciudadano medio, la posibilidad de acceder a la venganza de mano propia.

Pablo Kramsky (Alfonso Borbolla), escritor de nota roja y novelista de clóset, encuentra su departamento saqueado; frustrado por la lógica del Ministerio Público y sus teorías, se convierte en asesino serial de delincuentes, aprovecha a su propio personaje para escribir una serie de notas sobre este vengador anónimo y gana la aprobación del neurótico dueño del periódico (Juan Carlos Becerril) en que trabaja; de paso suben sus bonos con la bella de la redacción (Vanessa Ciangherotti).

El guión de Diente por diente hace gala de una lógica narrativa muy eficaz, robo y crimen son materia de su trabajo; este periodista vive en carne propia eso que escribe, del papel a la realidad, y de la realidad, que él mismo produce, al papel. Lo atractivo es que, a pesar de la caricatura, Kramsky refleja al hombre de la calle por lo menos del DF; podría vivir en el edificio de aquí enfrente, y también Mari (desaprovechada Jimena Ayala), la vecina de junto.

En la misma entrevista, Bonilla sugiere que en México no hay lugar para Batman, millonario defensor de la justicia; por eso Kramsky es un antihéroe a la altura del DF, la frustración, la dificultad de recibir justicia y la escasez de medios lo habitan desde antes del robo; el autoritarismo lo padece cada día por parte de su jefe. Si en alguien se convierte el timorato Kramsky es en una parodia de Humphrey Bogart; sin caer en la sobre-estilización, los elementos del cine negro, como la puerta en la oficina, sellan una atmósfera de opresión siempre a punto de girar hacia lo kafkiano. Se dice que el error de K, en El proceso de Kafka, es caer en la lógica de la burocracia trituradora cuando trata de demostrar su inocencia; pero Kramsky es un K que descubre el gusto de hacerse justicia y así se escapa de la maquinaria.

En este trabajo de Bonilla se aprecia la voluntad de realizar un filme correcto, muy personal y sin pretensiones de subirse al púlpito para predicar; sin embargo la manera en que funciona el pivote narrativo, la pistola que Kramsky recibe forzadamente de un compañero de trabajo, es un hallazgo colosal; a la vez que el arma hace posible realizar los crímenes también permite que la personalidad reprimida se exprese; el periodista transita, gradualmente, desde el miedo y el sobresalto ante el arma hasta el gusto y la apropiación fálica.