El miércoles pasado se estrenó en la sala de una casa de la calle de Cracovia, San Ángel, la obra de teatro Tribus de la autora inglesa Nina Raine. La premiére tuvo gran éxito en el Royal Court Theater (y en el Off Broadway después), y ahora se presenta bajo la dirección de Diego del Río, con las actuaciones de Rodolfo Arias y Jana Raluy, entre otros, en un espacio no convencional.
Tribus es una obra que aborda el problema de la comunicación a partir de una familia explosiva y conflictiva en la que uno de los hijos es sordo y se le ha educado como oyente, integrándose al clan leyendo los labios y apenas hablando. El problema se inicia cuando conoce a una chica proveniente de una familia de sordos y le muestra esa otra tribu. Él se ve liberado pero al mismo tiempo enfrentado a sus propios parientes, y ella se siente acorralada dentro de ese grupo social.
La obra de Nina Raine es un texto conmovedor que ve de manera poliédrica la problemática. Ni la tribu de los sordos es la panacea ni la de los oyentes es lo mejor. Muy por el contrario, ambas comparten la incapacidad de comunicarse por estar dentro de uno mismo, compitiendo, oyéndose a sí, sin comprender lo que le sucede a los otros. Y lo que ocurre a varios integrantes de la familia son situaciones bastante graves.
En la primera parte de la obra, tanto la autora como la interpretación naturalista de los actores nos hace reír mucho. Pareciera una burla de personajes que están cercanos a la autora en la vida real: su padre poeta y escritor al igual que su madre. Aquí, el padre es un crítico constante de todos los que están a su lado, y la madre media entre los hijos y el padre mientras intenta escribir una novela policiaca. En la exposición del resto de la familia, Nina Raine juega sarcásticamente con sus obsesiones: la hija quiere ser cantante de ópera pero apenas lo hace en una iglesia, y el hijo mayor escribe su tesis sobre el lenguaje y está al borde de un quiebre emocional.
La autora consigue que el espectador entre de lleno a la familia dado el humor en la primera parte y lo conmovedor de la situación en la segunda. Los personajes se vuelven empáticos entre risa y risa, y poco a poco el tono llega a ser dramático cuando en situaciones dolorosas se les revelan verdades que tienen que enfrentar.
Diego del Río, director y productor de la obra –junto con Milena Pezzi– opta por inmiscuirnos de lleno en esta familia y meternos hasta la cocina de una casa real que abrirá sus puertas los fines de semana. La acción sucede alrededor de la mesa de un comedor y los espectadores observan sentados en unos incómodos tablones pegados a las paredes. El director consigue un trazo escénico brillante donde con pocos movimientos da gran variedad a la composición y explota los rincones de la casa. En la mesa sucede casi todo. Ellos, sentados, dialogan, a veces de frente, a veces de espalda, a veces con alguien que baja de la escalera o con otro que está en el piano o bien en la barra de la cocina.
El trabajo de los actores tiene variados matices y una gran carga emocional. A pesar de la diferencia de cada uno de los personajes, todos se integran en esta extraña familia y consiguen un armónico tono actoral: Rodolfo Arias (el padre), vibrante e intenso; Jana Raluy (la madre), suave y fresca; Askur Meade (el hijo sordo), con gran expresividad; José Sampedro (el hijo mayor), irreverente y conflictuado dramáticamente; Angélica Bauter, la derrotada hija, y Adriana Llabrés (la novia), transformándose, verosímil y conmovedoramente, en una mujer que está dejando de oír y no quiere aislarse del mundo.








