Las dos últimas semanas constituyen un muestrario de fenómenos en torno a la televisión y el poder. Los ejemplos se multiplican: spots, noticiarios, programas de opinión. Todos demuestran una voluntad de gobernar desde y a través de la pantalla, de gastar enormes sumas, de controlar a periodistas y productores. Se insiste en construir o reforzar una hegemonía que parezca fruto del consenso, del convencimiento.
Primero, los spots de radio y televisión están elaborados para poner de cabeza lo que en la realidad está de pie: privatizar la renta petrolera no es vender nuestra riqueza y además es lo que Lázaro Cárdenas, el nacionalizador, hizo. Es decir vender no es vender, que los inversionistas privados del país y extranjeros inviertan no es privatizar. Los spots llegan con sus imágenes directo a las emociones sin pasar por el cerebro. Gracias a ello se afirman barbaridades sin que la mayoría reflexione en las palabras.
Uno de los promocionales asegura que muchos países del mundo han hecho con sus empresas petroleras lo que el priista pretende con Pemex. El dicho es falso porque ninguna de las naciones que menciona es igual a la otra, además no se pueden comparar peras con manzanas, como lo sabe quien haya ido a la primaria. México no es Cuba ni Noruega ni Brasil. Por otro lado, el que “muchos” lo hayan hecho no es argumento para que nuestro país también. Tal vez en el fondo lo que indican es que si todos se uncen a la voluntad del neoliberalismo mundial, el gobierno mexicano, tan cercano a Estados Unidos, no puede quedarse fuera.
Los noticiarios apoyan al gobierno en el día a día. Los planteamientos son igualmente falaces y apuntan a crear un “sentido común” social. La táctica es muy vieja, viene desde hace por lo menos 20 años, dicen: los bloqueos de calles causan caos vial, ¿quiénes interrumpen la circulación?: los manifestantes, por tanto afectan con sus marchas a los ciudadanos, de donde se sigue que debe aplicárseles la ley –señalan los moderados–, reprimirlos con tanques antimotines, con agua a presión, con gases lacrimógenos, golpes y cárcel –afirman los radicales, por ejemplo Madero–. Nadie dice que la protesta tiene un origen, está protegida por la ley, forma parte del derecho ciudadano. Para quienes se desgarran las vestiduras, los derechos humanos de los automovilistas tienen más peso, pues como decía aquel promocional político, “los derechos humanos son de los humanos, no de las ratas”, no de los maestros inconformes, no de opositores respondones o, como señaló el diario unomásuno, de los “terroristas”.
Casi todos los conductores se prestan a jugar el juego. Hacen eco a la cerrazón de funcionarios y legisladores empeñados en imponer sus reformas. Recuerdan el triste papel que jugaba Jacobo Zabludosky en los años setenta.








