Estrenada en el Teatro de la Real Academia de Música de París el 20 de agosto de 1828, es decir, hace la friolera de 185 años que se cumplieron hace apenas 11 días, El conde Ory, ópera cómica con libreto en francés de Gioachino Rossini (1792-1868,) llegó por fin a México y nada menos que a la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM la semana pasada.
Como sucede con muchas óperas, ésta de Rossini saca su argumento de otra que toma al suyo de otra, que a su vez… En este caso la cuestión se alarga hasta el medioevo y lo juglaresco, y de allí su erótica picardía y tono desenfadado que cobra forma en una comedia de situaciones (más que de enredos) que el buen goloso enmarca en esa música tan propia de él y que, como buen perezoso que era también, no tiene empacho en refritearse a sí mismo, utilizando buena parte de su Viaje a Reims que había escrito tres años antes.
El libreto, de Eugene Scribe, a quien debemos muchos otros realmente importantes, y de Charles-Gaspard Delestre-Poirson, nos remite a una situación muy común en la Edad Media: los caballeros marcharán a la guerra y las damas se quedarán enclaustradas en sus castillos o, auténticamente, en un claustro, varias de ellas con el aberrante cinturón de castidad.
Empero, cinturón de por medio o no, la naturaleza, aunque reprimida, seguía imponiendo sus exigencias y, claro, más de una infidelidad se propiciaba. Pues bien, el conde Ory, joven disoluto, sabe muy bien esto y, haciéndose pasar por un sabio ermitaño y con ayuda de su paje y otros sirvientes, pone en práctica aquella primicia cristiana de “Dejad que las niñas se acerquen a mi”, aunque, claro, ya no tan niñas. El engaño es descubierto por su propio tutor y el libertino tiene que huir. Fin del primer acto.
En el segundo y último, Ory y sus lacayos, disfrazados de monjas, logran introducirse al castillo de la condesa Adela, principal objeto de sus deseos, en donde se han refugiado las damas, y trata de seducirla sin conseguirlo. La música anuncia el regreso de los caballeros que habían marchado hacia una de tantas cruzadas, el conde debe huir de nueva cuenta, pero sin mayores consecuencias (para algo se era rico y poderoso, como ahora), y tan tan.
La puesta en escena fue encargada a César Piña, quien volvió a darnos una dirección ágil, ingeniosa, muy en la tónica de la comedia picaresca, con precisión de ritmo y entonación. En El conde Orly se apostó a la juventud y se ganó la apuesta,con producción general de Pro Ópera y la complicidad valiosísima de la UNAM.
Con un elenco encabezado por el tenor ligero (bastante) Édgar Villalva y la soprano Anabel de la Mora, como la condesa Adele, más la soprano Alejandra Sandoval, el barítono Josué Cerón –el más experimentado de los jóvenes– y el bajo Charles Oppenheim en los papeles principales, la función marchó muy gratamente, acusando el compromiso y ganas de hacer bien las cosas de estos jóvenes que, en el sentido menos positivo pero no por eso malo, acusaron también su juventud en las tablas, es decir, su corta experiencia en el manejo vocal, cosa que superarán en la medida de su desarrollo profesional.
La orquesta, correcta, fue la Juvenil Universitaria Eduardo Mata de la propia UNAM, que con esto debutó en ópera, bajo la dirección del también bastante joven Iván López Reynoso, quien con algunos traspiés cumplió decorosamente la encomienda.








