El Museo Nacional de la Estampa

Aún cuando el programa de exposiciones temporales que se realizó bajo la dirección de Octavio Fernández Barrios (mayo 2009-mayo 2013) fue interesante y dinámico, el Museo Nacional de la Estampa (Munae) necesita una reestructura que sustente su identidad a nivel nacional.

Constituido por decreto presidencial en 1986 con el objetivo de reunir, conservar, documentar y difundir la obra gráfica de artistas mexicanos y extranjeros, el Munae inició sus actividades con un didáctico guión museográfico que abarcaba la explicación de técnicas y procesos de estampación, el desarrollo histórico del grabado mexicano desde tiempos prehispánicos hasta la contemporaneidad, y un área de exposiciones temporales que incluía prácticas experimentales.

Con base en la información publicada en 1988 en un catálogo institucional, el museo tenía en ese año un acervo de 30 mil piezas. Entre ellas, algunos espléndidos ejemplos de artistas modernos y contemporáneos de México, como Julio Ruelas, Jean Charlot, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Carlos Amero, Julio Bracho, Federico Cantú, Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Pablo O’Higgins, Francisco Toledo, Gabriel Macotela y Naunik Sauret.

Concentrado en los últimos años en la exhibición de trabajos de talleres nacionales y muestras preorganizadas por instituciones extranjeras, el Munae ha descuidado la difusión del acervo que estableció su vocación. En el contexto de las presencias internacionales, después de la caótica exposición de Fluxus –versión alterada de la curada por el museo suizo M.A.X. del Centro Cultural de Chiasso–, y el sugerente compendio de la editorial alemana Lubok –actualmente en el Museo de la Estampa de Toluca–, el Munae exhibe una atractiva selección del taller del francés Georges Visat.

Imprecisa en la narrativa curatorial, la exposición titulada El ojo surrealista, París 1940-1990, presenta grabados tardíos de artistas tan afamados como Man Ray, Max Ernst, René Magritte, Roberto Matta, Dorothea Tanning y Hans Bellmer, el creador de esas extrañas y eróticas muñecas-títeres que apenas se perciben a través de los volúmenes recortados por la incisión de algunas líneas. Sobresaliente por la sutileza del dibujo y la luminosidad cromática de las estampas, el conjunto, aun cuando se desequilibra en la narrativa con la presencia de Francis Bacon, Roy Lichtenstein, Henry Moore y Joan Miro, capta la atención y disfrute de la mirada especializada.

En el contexto de los talleres nacionales, se exhiben 30 piezas del mismo número de autores provenientes del Taller de Gráfica del Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita de Pátzcuaro, Michoacán. Realizadas en placa de cobre y restringidas al blanco y negro, la mayoría de las piezas manifiestan un notorio desequilibrio entre el dominio del oficio y la carencia de ideas que sustenten la figuración. Notorias por su diferencia, la propuesta abstracta de Alberto Castro Leñero y la impresión directa de Marisa Boullosa configuran la excepción de la muestra. Trabajada en un vocabulario ambivalente de transparencias y fuertes contrastes, la pieza Desaparecer de Boullosa evoca, a través de la estampa de una  camisa  y  cuatro palomas de papel, la fragilidad y vulnerabilidad de los migrantes desaparecidos en nuestras fronteras.